domingo, 13 de agosto de 2006

Adicciones

En Cutrelandia existen las adicciones más variopintas. Hablaremos sólo de las que más nos han llamado la atención. De todas formas, si alguna vez desean saber más sobre adicciones, amoríos varios pueden hacerlo en esta página: www.salsacutre.com, cuyo último programanos trajo las discusiones a viva voz de Nietszche y Kant. De todo hay en la viña del señor.
Como decimos, muchas son las adicciones que pueden darse en esta tierra pero las que más nos han llamado la atención son aquellas que hacen de sus habitantes personajes únicos. Uno de ellos, Emilio, es adicto a las palabras y se le puede observar escuchando detalladamente cada conversación que se produce intentando descubrir paalbras que desconoce. Su rostro se ilumina cuando aparece en los labios de otra persona una palabra desconocida hasta entonces. Y la pronuncia una y otra vez hasta adivinar cómo sabe: siempre es un placer hablar con él, claro.
Otra de las adicciones más conocidas es la de Juan, aficionado a amigos imaginarios. Uno de sus últimos amigos, lamentablemente, es un muñeco diabólico al que llama Aznar que afirma, según Juan, una y otra vez: yo empecé una guerra, tengo un lugar en la historia.
Eva, adicta a los móviles, en su ciudad sustituyó aquí esa adicción por una un tanto peculiar, caminar bajo la lluvia contando las gotas que se encontraba en su camino. Una forma como otra cualquiera, asegura, de sustituir una obsesión. Dice que a veces se ha quedado dormida en las calles cantando gotas de lluvia. Nunca hemos sabido si exagera o no.
Acaso una de las peores adicciones sea la de Antoin de los Lobos, experto en destrozar su felicidad y la de los demás. Jamás, nos cuenta la gente de su calle, ha tenido una palabra de ánimo hacia sí mismo o hacia los demás, y su única frase conocida parece ser: Vivir, ¿para qué? Es penoso mantener una conversación con él; durante media hora puede repetir esta frase más de quince veces. Y más penosa es su autocomplacencia: sólo yo comprendo mi dolor, nadie puede comprender mi tristeza. Nadie. Y todo porque su princesa, la chica con la que iba a casarse, se acostó con casi todos los súbditos de su reino anterior. Decidió, afirma, irse al sitio más amargo del mundo, sin comprender que él es el sitio más triste del mundo. Hay gente que vive para amargarse a sí mismo y para amargar a los demás. Sal de la vida, que lo llaman.
Y, bueno, otro día hablaremos de más adicciones porque ahora Juan viene con su amigo, el muñeco diabólico, y estamos hartos de escuchar: tengo un lugar en la historia. Perdón por las molestias, pero tenemos prisa.

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