lunes, 28 de agosto de 2006

Balada de Antoin de los Lobos y Lisa de las Praderas

Érase una vez un príncipe feliz en su ignorancia y una princesa feliz en su voracidad que estaban, tristemente, destinados a encontrarse en algún momento de sus vidas para no volver a ser los mismos nunca. Antoin era un chico feliz de uno de los reinos más apreciados de las tierras del sur pero su padre pensaba que era hora ya de encontrar una esposa para que no sólo sus hijos pudieran vivir del pueblo; era necesario que también los nietos que vinieran después vivieran a costa de sus súbditos (pensar en la familia, que se llama). Y entonces buscaron entre innumerables contendientes la chica que más se adecuara a sus sentimientos, gustos, objetivos, en resumen, la más atractiva para un hijo poco interesado hasta entonces en las mujeres. Y buscaron durante semanas, tal vez meses, hasta encontrar, pensaron, una chica sencilla que no había trabajado, condición indispensable en toda su vida y cuyos padres eran reyes, no podía ser de otra forma, de uno de los reinos más cercanos, un nombre que Antoin ha prometido no volver a pronunciar en los días que le queden de vida (respetemos entonces su silencio).
Y los primeros meses de convivencia parecían esperanzadores: eran tal para cual, dos personas que no habían trabajado en su vida, que no habían cocinado en su vida, y cuya sangre podía ser tan azul como la de cualquier río, no contaminado, obviamente. Sin embargo, un día, acaso por el aburrimiento, acaso por la pereza de unas conversaciones que no parecían llegar a ninguna parte (era triste que dos personas de alta cuna no pudieran hablar de sus trabajos, de sus problemas financieros, del alquiler de su casa, y de los problemas para vivir juntos, era triste, bastante triste a veces) Lisa salió a las calles de sus reinos a conocer a sus súbditos, a los ciudadanos, decía ella, que tan amablemente prestaban su dinero, su sangre, aunque fuera roja, a la causa monárquica y a ella y su marido. Le conmovía tanto este altruísmo que un día de abril en que llovía a mares se quedó en casa de uno de sus súbditos para devolver de alguna manera cuanto a ella le había entregado la gente que la amaba. Y en uno de los gestos de su acogedor súbdito pareció entender que ella necesitaba su cuerpo y ella, pensó, no podía negarse: era devolver cuanto le habían dado, reconociendo después que era la noche en la que mejor le habían hecho el amor en años. Fue una sola noche, pero no la única.
Las primeras cuarenta y nueve noches no parecieron extrañar a Antoin de los Lobos que sí empezó a sospechar dos noches después, después de que Lisa le dijera que el mero hecho del contacto de su marido la asqueaba. El hecho de seguirla toda la noche y encontrarla en brazos de uno de los ciudadanos más pobres de este reino también ayudó, no podemos engañarnos. Antoin pensó en asesinarla, pero sabía que su pueblo la adoraba, algo nada extraño por otra parte en una mujer tan desprendida, así que entendió que el único camino que le quedaba era el exilio, partir hacia un país al que sabía que nadie acudiría, y supo que no había mejor lugar que Cutrelandia, donde espera que las noches sigan al día y los días sigan a la noche sin más objetivo que llenar de gris todos los colores de la vida, hasta que esta, un día, deje paso a la sombra más absoluta.
Si alguna vez le preguntas por el árbol que puede dar amor a quien se siente a su sombra, ésta será su respuesta: no es más que un árbol, marrón, y con hojas verdes, y seguirá su camino entristecido, nostálgico por un amor que tuvo, que tuvo que compartir con tanto hombre como vivió en su reino.

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