sábado, 5 de agosto de 2006

Españolators

A menudo, muchas de las personas que acaban por vivir tienen los mismos motivos. Están cansados de vivir en una España en la que Fraga ha ganado, a sus ciento cuarenta y tres años, las elecciones por cuarta vez consecutiva. Tristemente, cada que vez que ha accedido al poder, el discurso ha sido el mismo: desarmado el ejército rojo... Algunos de los últimos habitantes aseguran, sin rubor, que tenían que irse antes de escuchar otra vez el absurdo discurso que una u otra vez repite. Como si la foto de Palomares, dicen, no fuera suficiente. Otros, simplemente, se han ido porque no soportaban el espectáculo que daban sus amigos, o conocidos, en un avión, en un autobús, en un tren. Qué más da, me dicen, el transporte. Lo penoso es el espectáculo que dan en cualquier lugar. Basta que las azafatas del avión digan que el cinturón debe estar aborchado para que todo españolator que se precie se desabroche el cinturón; basta un viaje a la playa para que todo españolator que se precie vocifere durante todo el trayecto; basta ir de una ciudad a otra en tren para conocer vida, hazañas y miserias de todo españolator que se precie ya que la discreción no es, sin duda, su mejor virtud. Se dice, en algunos lugares, que el nombre de Cutrelandia obedece a la genial idea de algún españolator, pero no es algo que nadie parezca tener claro. Lo cierto es que, a pesar de sus numerosos defectos, a veces el silencio de este pequeño reino es reconfortante para todos aquellos que huimos del fragor de las batallas más absurdas. Y de sus numerosos defectos e historias tiempo tendrán los habitantes de esta ciudad para hablar, y yo para escucharlos atentamente. Vendrán otras historias, y otras gentes a esta ventana del mundo que algunos se empeñan en llamar hogar.

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