jueves, 10 de agosto de 2006

Historias mínimas

En Cutrelandia pasan cosas, algunas cosas, no demasiadas. Y al ser una tierra pequeña todo el mundo parece conocerlas, cuando no compartirlas. Algunos hablan en estos días del pequeño romance que parecen estar viviendo Cactus y el escritor cansado de la gran ciudad. Un café es todo acontecimiento. A todos impresionan los inmensos ojos verdes de Cactus y la ternura con que habla el escritor. Algunas mujeres hablan de cómo la mujer llega al hombre por los ojos y el hombre a los mujeres por los oídos.
Cada nuevo habitante es una gran noticia, un hecho del que hablar durante meses. A veces no para bien, aunque nada sepan los habitantes de esta ciudad del mundo que les rodea. No les interesa, se dicen, no tenemos medios. Cualquier excusa es buena para ser, sencillamente, una pequeña porción de este mundo, perdida en ninguna parte. A veces hablan de la inmensa tristeza y desgana del Príncipe Amargo, Antoin de los Lobos, y se dicen que algunos estarían mejor en otra parte.
Otras veces toman un café en el bar de la calle Principal, cosa que no deja de ser irónica, porque sólo hay una calle en esta tierra. Una calle, la calle principal, y jóvenes de veinte años que tienen que irse cuanto antes de este maldito lugar en medio de la nada. Y escuchan con el corazón encogido los relatos de algún tipo que ha acabado en esta tierra, y que tiene tanta vida en sus ojos, en sus zapatos. Algunos no pueden imaginar su vida en otro sitio. La tranquilidad, se dicen, en ningún lugar como aquí. Cuestión de perspectiva.
Son pequeñas historias, cuentos que empiezan, amores que nacen, relaciones que mueren, días cualesquiera, en definitiva, en una ciudad del sur que alguna vez tuvo la intención de ser conocida pero cuyo interés ahora es casi nulo para todos excepto para los que viven allí, una tierra al que algunas personas llaman hogar.

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