martes, 22 de agosto de 2006

La triste historia de Juan y su enemigo imaginario

Hay gente con suerte. Gente que, de un modo u otro, tiene su vida solucionada. Gente que no ha tenido un solo problema en los días de su vida, gente a la que, como dicen los viejos de esta tierra, todo le viene rodado. Desafortunadamente, Juan no es uno de ellos; perdió sus padres con quince años, en el momento en que todo parecía que iba a ser bueno para él: era uno de los mejores estudiantes de su clase, una de las chicas más atractiva de la clase parecía tener mucho interés en él. Un día de agosto con lluvia todo cambió. En una de las escasas carreteras que van a Cutrelandia sus padres, que habían salido a comprarle un regalo por su actitud, perdieron la vida.
A partir de entonces, todo fue diferente: Juan se hizo más esquivo ante todo el mundo, apenas salía de la casa de sus tíos, los que lo acogieron entonces, empezó a perder interés en todas sus clases y no dejaba de pensar que la culpa de sus padres era culpa suya. A ello ayudó el hecho de que por aquel entonces empezó a tener sus amigos imaginarios, amigos que le repetían en tantas ocasiones que nadie tiene la culpa de nada. Eva, una de sus primeras amigas imaginarias, pelirroja y con pecas, le decía que la vida debía seguir, que había que levantarse. Como Eva no tuvo ningún éxito, apareció otro amigo imaginario, Juan Manuel, que tomó el nombre y los rasgos de su padre, que instaba a Juan una y otra vez a que siguiera con su vida. Ante esta imagen Juan parecía desconcertado, feliz a veces, aterrado otras, perplejo siempre. Era la vida, y se le escapaba. Cuántas veces se le podía escapar. Y Juan Manuel le pedía una y otra vez que volviera a su vida. Fue inútil también.
Sus tíos no sabían qué hacer, pero cuando vieron que la televisión parecía relajarlo en tantos momentos decidieron que lo mejor sería que viera la televisión, aunque la televisión que podía sintonizarse en Cutrelandia es la oficial de la España fraguista, algo que acabó por desquiciar completamente a Juan. Ahora algunos de sus amigos eran un señor con bigote que había hecho una guerra y tenía un lugar en la historia y un señor que había tenido los huevos, si no se los había dejado en esa playa, de bañarse en Palomares. En estos días, tristemente, parece que en la mente de Juan sólo habita el señor de bigote y una guerra ya que los demás amigos imaginarios, cansados tal vez de este tipo, decidieron abandonar a Juan, con lo que éste ahora se debate entre su tristeza y la crueldad de un amigo imaginario que sólo sabe decirle que vendrán tiempos más duros, algo que siempre deprime a Juan, que camina ahora siempre sólo por las calles a la espera de que su maldito habitante anterior alguna vez lo deje en paz, algo que, sinceramente, deseamos todos.

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