sábado, 5 de agosto de 2006

Tierra


Cutrelandia. Una tierra de unas dos, con suerte, tres mil personas, un rey que vive a costa, como todo rey que se precie, del esfuerzo de sus ciudadanos, súbditos sería más correcto, nos diría él, una princesa que se levanta una vez el alba ha llegado, a veces mucho después de que el alba haya llegado y deja el trabajo a sus ciudadanos. Algunos de sus súbditos más cercanos lo llaman generosidad. Otros, simplemente suspiran, sin entender muy bien por qué la sangre que siempre corrió roja bajo sus venas tiene otro calor en los cuerpos ajenos. Cutrelandia, al sur, siempre al sur, con reyes, reinas, príncipes, princesas y trabajadores, trabajadoras que sueñan con otra vida mientras dejan sus días pasar en un trabajo, a veces sin contrato, otras con un contrato indefinido (nunca sabemos, dicen, si voy a trabajar hasta el lunes, el miércoles o el viernes). Cutrelandia, rodeada de hermosas montañas. Una tierra, como tantas otras, para amar y para odiar.

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