martes, 19 de septiembre de 2006

Domingos en Cutrelandia

No hay periódicos en Cutrelandia. Pocas son las noticias en un reino que casi nadie conoce, y que parece conoce, problemas de comunicación, poco de otras tierras. Los domingos todo el mundo se reune en la plaza más conocida de estas tierras, la plaza donde algunos esperamos con paciencia las ideas de Carlos, nuestro filósofo particular (españolators, la conocida teoría de los tres músculos). Sin embargo, parece que hoy se ha quedado dormido. Una pena. En ocasiones el rey se acerca a la plaza y cuenta a todos los habitantes su agenda semanal. No hay un domingo en que tarde más de cinco minutos; los que no han trabajado en su vida contemplan con impaciencia a su rey, esperando que algún día todas las miradas se dirijan hacia ellos, un día en el que el trabajo de rey les haga conocidos. Pocas veces, si una película se estrena, los habitantes comentan con pasión la película, la trama, sus personajes, los actores, y deciden si tendrá lugar en sus corazones. Las dos últimas, El apartamento, y Los cuatrociento golpes parecen haber calado en todos los espectadores, aunque, como siempre, algunos han criticado que el color no haya llegado a esta tierra, aunque muchos siguen prefiriendo la vida en blanco y negro, luces y sombras, películas como vidas, se escucha en muchas discusiones. Algunas parejas enamoradas se besan apasionadamente a la sombra del único árbol que da amor, y pasan todo el día bajo su sombra, sobre todo en días de mucho calor, en esta ardiente tierra del sur. Algunos chicos, y chicas, también se acercan al único árbol que da amor para que el amor que un día conocieron vuelva a sus vidas y, si nunca lo conocieron, para saber a qué sabe el amor cuando tú amas y eres correspondido. Y al árbol le crecen cada día más raíces.
Otros se quedan en casa, y ni siquiera el domingo parece alegrarles. Antoin dice que los domingos son la antesala del lunes como la vida es la antesala de la muerte, poco después de desayunar apenas un café solo y una magdalena más solo aun. Mira el cielo soleado de Cutrelandia y se pregunta si los besos de Lisa de las Praderas siguen siendo para cada uno de sus súbditos. Se levanta entonces para pasear por las calles más solitarias de la ciudad hasta perderse en ellas, y no encontrar en su camino más que las sombras que aparecen en un camino, imagina, siempre tortuoso. Otros tienen más suerte y encuentran a su lado, aunque no acaben de entenderlo, una preciosidad diminuta llamada Cactus que los despierta con la mejor de sus sonrisas. Una mañana con desayuno y compañía. Así son algunos domingos en Cutrelandia.

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