viernes, 29 de septiembre de 2006

El sur

En el sur las palabras se adelgazan hasta convertirse en calor y se pegan a las pieles de aquellos que habitan en estas tierras hasta que llegan a casa. Una vez allí, con el viento del interior, las palabras parecen caer al suelo. Si hay niños en casa puede ser muy divertido porque éstos cogen palabras que no habían usado nunca y, de repente, las utilizan de la forma más inverosímil. Si no hay niños en casa, y hombre y mujer conocen el significado cuanto hacen es arrojarla a la calle por si alguno de los que pasa por allí la desconocía y les parece útil. Parejas muy felices hasta entonces se perdieron por la curiosidad del chico o la chica, que se agachan a recoger las palabras que se encuentran cerca de ellos. Felices hasta entonces contemplan por primera vez la palabra ruptura y aparece en sus ojos una lágrima de dolor ante la realidad que se presenta ahora ante sus ojos. Ruptura trae consigo soledad, olvido, dolor, palabras que van creciendo a la sombra de la primera encontrada: ruptura, dicen, y dos personas que se amaban hasta entonces toman caminos diferentes. La palabra es la carne, dice Carlos, y nada es más real que la carne en estas tierras. Y la carne lleva al olvido, a la separación. Algunas veces, estos habitantes son más afortunados y encuentran una palabra, en cualquier calle, como dulzura y viven en sus carnes, en sus espíritus que el trato recibido hasta entonces cambia y la gente que se encuentra a su lado se acerca a ellos, les habla del tiempo en que se conocieron, de una invitación a un café, del fin de la soledad. Pero las palabras, lo dijo, como sabe Carlos, Dylan se las lleva el viento, y todo, casi todo, deberíamos decir, porque a veces la herida es demasiado profunda, vuelve a la normalidad. Cosa que congratula a algunos y decepciona a otros, a los que le gustaría hacer del sur un lugar mejor en el que vivir, y ser vivido. Siempre en el sur.

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