miércoles, 27 de septiembre de 2006

Eva

Eva ya no cuenta las gotas de lluvia en días grises. Hace mucho tiempo que no llueve en estas tierras y, por su propio bien, ha pensado siempre, era necesario cambiar de hábitos, reformar sus costumbres, vivir, como dice Carlos, el día a día de otra manera. Muchos fueron los intentos por cambiar de costumbres, algunos más afortunados que otros. Suele pasar. Al principio se encontraba, días y días de verano, días y días de sol, totalmente desubicada. No había nada que ella pudiera hacer en Cutrelandia. Un día, un buen día, cuando todos, al escuchar a Juan y su maravilloso amigo, era lo que todos decían, imaginario llegar a la plaza, se fueron rápidamente a sus casas, a sus trabajos, a sus noches solitarias o no tan solitarias, decidió quedarse: no tenía nada que hacer. Y Juan, también su amigo imaginario, comenzaron a hablar, a veces de asuntos que desconcertaban por completo a Eva: la conquista de pieles árabes que habían estado en todas las tierras del sur durante siglos y que, desvergonzadamente, no le había pedido perdón por su llegada. Y de una guerra que alguien hizo una vez y que nadie pareció entender, una guerra que siempre tendrá lugar en la historia, una historia pequeña, diminuta. Sin embargo, a medida que pasaba el tiempo, Juan parecía relajarse y su enemigo imaginario, al comprobar que el interés suscitado era nulo, decidió desaparecer un tiempo, toda una noche, después de años.
- ¿Por qué miras con tanta insistencia el cielo?- preguntó Juan.
- Porque me gustaría contar las gotas del cielo. Me relaja algo tan absurdo. Tan absurdo como la vida.
Y esa noche, la primera de muchas noches, Juan y Eva hablaron de soledad, de la muerte de seres queridos, del tiempo que se nos va, de las adicciones más absurdas, de una chica de 18 años adicta a los móviles que tuvo que irse de una ciudad con luces, aunque echara terriblemente de menos a su mejor amiga, para de alguna forma mantener conversaciones reales: el olvidado arte, diría Carlos, de los gestos, de contemplar la sonrisa de la persona que nos escucha, su impaciencia, sus ganas de hablar, el olvidado gesto de hablar y escuchar, acaso perdido ya. Y, poco a poco, Eva fue olvidando las gotas de lluvia, los móviles, y hablaba, para sorpresa de todos sus habitantes, a menudo con Juan, aunque a veces podía ser una tarea ardua, frustrante, cansina: si su enemigo imaginario se encontraba bien, las palabras podían ser las más absurdas (yo hice una guerra, peras y manzanas, una guerra para devolver al mundo su pureza espiritual, tito Paco es bueno, tito Paco es bueno, aunque tito Manolo me echó de mi país, para, lo sé, lo sé, repartir mi sabiduría espiritual por estos mundos de dios sin dios). Afortunadamente, si Juan se encontraba bien, sereno, las conversaciones, el olvidado arte de hablar y escuchar, podían ser enriquecedoras: dos soledades que se encontraban para olvidarse un poco de sí mismas. Y ambos contaban lo que habían dejado atrás, todo lo que habían perdido, la posibilidad de volver a estar vivos, de imaginar una mañana sin más preocupación que la de levantarse para preparar un café, un chocolate en días, los menos, con frío. ¿Llegaría ese día? Alguna vez, reían, lo descubriremos.

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