miércoles, 13 de septiembre de 2006

Lucía

Mucha gente nos ha hablado de personas que se han ido de estas tierras; muchos se fueron más al norte buscando una vida más interesante, un trabajo, un amor. Todo lo que no habían encontrado en sus vidas en este reino. Muchos se fueron para no volver jamás. Hubo otros que se marcharon porque nunca encontraron aquí el reconocimiento social que, según ellos, se merecían, tan inteligentes, tan geniales.
Acaso el caso más claro sea el de Lucía, que vivió en estas tierras sus primeros veinticinco años, y dedicó su vida a escribir, a imaginar palabras que pudieran tranquilizar a la gente, que pudieran llamar a las lágrimas, llamar a las sonrisas de la gente que tantas veces la leía. Poco a poco, se convirtió en la escritora favorita de todos estos habitantes, que repitían con placer cada una de sus frases, de sus expresiones hasta que un día, alguien, alguno de los habitantes de esta tierra llamada Cutrelandia se percató de que muchas de estas expresiones que aparecían en los libros de Lucía le eran conocidas. Y una cosa llevó a la otra. Muchos habitantes se percataron entonces de que mucha de las frases que aparecían en sus párrafos eran tomadas de conversaciones en la plaza y algunos de ellos, de memorias fotográficas, recordaron entonces que a veces las palabras eran transcripciones literales, algo que molestó a muchos. Sin embargo, ella aclaró, una y otra vez, ante sus vecinos que lo hacía en homenaje a ellos, pero estos respondían que, entonces para leer sus novelas, preferían escuchar las conversaciones en las que se basaban. Además, después de todas estas discusiones, cada vez que Lucía se acercaba a una de estas charlas, todos sus participantes bajaban la voz para que el homenaje de esta escritora partiera del silencio, de los susurros más cansados. Y Lucía se quedó sin palabras. Pensaba que el hecho de haber estado durante tanto tiempo cerca de ellas le permitiría volver a crear, volver a escribir, a pensar expresiones que consolaran, que alegraran a tanta gente, pero no ocurrió así. Las palabras, lamentablemente para Lucía, se habían ido. Y ella, a la que esta tierra la fue sumiendo en el olvido, decidió marcharse a otra tierra, también más al norte, para recuperar su confianza, su honor. Ahora es secretaria y su función es la de transcribir los discursos de sus jefes para que nadie, nunca, pueda olvidar sus palabras. Aunque muchos de los habitantes de Cutrelandia la hayan olvidado incluso a ella.

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