lunes, 18 de septiembre de 2006

Un café

- Me encanta tomar café en este bar. Hace años que no lo hago.
- No está mal. Yo era un adicto al café. Mientras escribía, café. Si leía café. Siempre café.
- ¿Y lo dejaste?
- Lo intenté numerosas veces, pero sólo conseguí tomar menos.
- YO, dice Cactus, nunca lo probé en la ciudad, pero la tranquilidad de estas calles hace que me pueda tomar un café contigo tranquilamente. Es genial.
- ¿Cómo era la vida en tu ciudad?
- En realidad, no sé porque hay veces en que la echo de menos. Cuanto hacíamos era estar a las órdenes de Utonio. Me gustaría saber si mis hermanas están bien. Espero que lo estén. Es difícil separarte de la gente que tienes.
- Creo que sí. Pero lo bueno es que tú puedes volver a verlas. Yo perdí a mi padre con ochenta años. Es terrible perder a alguien, aunque sea a los ochenta años. Además, murió por una idea, un lugar sin Fraga, un lugar más libre. Los viejos rebeldes los llamaban, y tenían razón. Morir por una causa, a esa edad, parece increíble.
- Lo siento. Nunca me dijiste nada. Debió ser difícil para ti.
- Nunca se lo dije a nadie. Por eso espero que alguna vez puedas ver a quien quieres. Además, entonces tu perspectiva es otra. Cosas que parecían importantes son triviales. Absolutamente triviales.
- ¿Por qué estás aquí?
- Por lo que estamos casi todos, supongo. Porque no deseamos que nadie pueda encontrarnos. Por perdernos. Por ser otros, aunque nunca dejemos de ser otros.
- También yo necesitaba cambiar. Y aquí estamos, en medio de ninguna parte, viendo películas en blanco y negro.
- Y tomando café en el único café de la ciudad. En la única calle principal.
- Viendo películas en blanco y negro que no me gustan demasiado. Aunque todo cambia si me abrazas.
- Imagino que es la necesidad de saber que tengo tanta vida cerca. Y tú pareces tan vital.
- Debe ser ahora porque, al principio, te lo prometo, parecía uno de los apéndices más amargos de Antoin. Todo era gris, todo era triste, todo era...
- Todavía me cuesta creerlo. Hay tanta vitalidad en ti. Eres ese tipo de mujer con la que a todo hombre le gustaría estar.
- ¿Qué tipo de mujer?
- No sé cómo describirlo. Alguien que hace nos queramos levantar un domingo temprano sólo por contemplar su sonrisa cuando le hacemos el desayuno.
- Gracias. Este fin de semana iré a tu casa.
- Allí estaré.
- Allí estaremos. Yo llevaré la sonrisa, tú lleva el desayuno.
- Seguro que sí.
- Hasta el próximo café.
- Hasta el próximo café. ¿En tu casa o en la mía?

1 comentario:

Un beso dijo...

Como son los domingos en cutrelandia? Son iguales que en los de la ciudad de las luces? Para mi los domingos son algo especial. Da igual la hora que sea cuando amanezco, me gusta comprar el periodico (aunque nunca lo lea entero) y prepararme un desayuno digno de reyes (preguntale a Anton que desayuna). Es el unico dia que desayuno y preparo como en un ritual el cafe recien hecho, el zumo de naranja, el pan tostado y el tomate recien cocinado. Son las mejores mañanas, nada puede estropearlas. Espero que tus domingos en cutrelandia tambien sean asi, aunque de fondo todavia oigas los dialogos de esa pelicula en blanco y negro.