martes, 5 de septiembre de 2006

Un día de octubre

Llegaron un día de octubre con nubes y lluvia en el que nadie se había levantado todavía, pero fueron los primeros y su gritos los que despertaron a los habitantes de Cutrelandia. Y lo cierto es que el sueño, todavía el sueño, hacía que las palabras de los nuevos habitantes de este reino eran ininteligibles a estas horas de la mañana. Además, muchos de los habitantes de Cutrelandia no dejaban de preguntarse cómo podía alguien acercarse a sus tierras, cuando muchos de ellos se habrían ido en cuanto hubiesen tenido la oportunidad. Y las nubes amenazando lluvia. Gente que salía de sus casas semidesnuda intentando descubrir de dónde procedía todo ese ruido, esos gritos ensordecedores que provenían de caras que no habían visto en sus vidas. y que proclamaban palabras que no habían escuchado jamás. Dios vendrá a esta tierra impura un día, y los súbditos de Cutrelandia se preguntaban entre ellos si Dios era el nombre que a veces se aba el rey para vivir de tantos otros. Una tierra impura, no como la tierra pura, qué casualidad, gritaron algunos, de la que nosotros venimos, tierra de sol que traeremos para vosotros un día. Una tierra en la que hombres y mujeres caminan separadamente sin pecar en momento alguno concebidos sus cuerpos sólo para procrear. La mujer es la semilla, la mujer es la semilla, gritaban, y las nubes empezaban a desaparecer. Pronto, cansados, hombres y mujeres volvieron a casa y los nómadas, tal habían llegado, se fueron. Y muchos de los habitantes de Cutrelandia se preguntaron dónde tendrán éxito esas extrañas ideas que nos han traído leginarios como estos. En pocas partes, pensaron, en pocas partes, mientras hombres y mujeres compartían cama, niños y niñas compartína juego, chicos y chicas escuchaban la música que en estas tierras existían. La pureza, pensaron, algunos de ser un lugar perdido en el mundo, en el que las costumbres, las tradiciones son muy otras.

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