martes, 3 de octubre de 2006

Ana

Ana recortaba los títulos de las noticias de los periódicos imaginando los tristes, a veces no tan tristes, sucesos a los que podían lugar. Siempre pensó: es mucho más interesante crear una historia que conocerla por completo. Y siempre quiso vivir en un lugar en el que no la conociera nadie, en el que el respeto fuera un instrumento para convivir en paz, en tranquilidad y no sencillamente una palabra que llevarse a los labios cuando nuestra libertad, ese hacer lo que nos daba la gana que tanto la irritaba, quedaba coartada de alguna manera. Buscó en un mapa antiguo, uno de esos mapas no contaminados todavía por la generación de la imagen, un lugar con el nombre más horrible que pudo encontrar y supo pronto que Cutrelandia era el sitio donde viviría, más pronto que tarde. Y el impulso defnitivo llegó un lunes de octubre cuando llegó a su instituto y conoció inmediatamente la agresión a una de sus amigas; la causa no podía ser más absurda: la profesora había dicho a uno de sus alumnos que jamás sería Cervantes, y el estudiante replicó que a él nunca, nadie lo insultaría. La agresión fue repentina y la sorpresa de la profesora, mayúscula: nunca antes la habían agredido. Ana se sintió sin fuerzas para dar clases todo ese día, así que acompañó a su amiga al hospital: estaba cansada, muy cansada de un mundo en el que todos parecían haber perdido el norte. La solución no pudo ser más fácil: perderse en el sur, en las tierras más al sur que pudo encontrar. Y, en un principio, acostumbrada a ver todo tipo de películas, leer, tener un acceso ilimitado a la cultura, fue trágico comprobar que sólo había películas en blanco y negro y que la cultura era por ahora una quimera. Pero le encantó saber que la educación compensaba en cierta forma la falta de cultura. La cultura se aprende leyendo, pensaba; la educación se olvidó en mi mundo. Y así pasó sus primeros días al sur, muy al sur. Hasta que encontró a David, con quien ahora parece compartir tantas cosas, como tantos otros habitantes de estas tierras, la necesidad, por ejemplo, de mantener el nombre de estas tierras para que nadie se acerque nunca a ellas, la necesidad de convertir las películas que estrenan, con suerte, cada tres meses en auténticas reuniones sociales que terminan en el único café de la ciudad con las discusiones sobre argumentos, personajes, historias secundarias. Reuniones sociales que le han servido para comprobar, como ya sabía antes, que la sencillez de una historia reside en la sencillez de aquellos que la han creado.