lunes, 30 de octubre de 2006

Azul oscuro casi negro

Llamaron a la puerta y a Antonio le pareció un engaño de su imaginación, la última vez que llamaron fue hace más de seis meses pero pronto supo que realmente llamaban porque estuvieron golpeando la puerta durante algunos minutos. Una visita, tal vez no supiera qué debía hacer, pensó, mientras abría la puerta. Al otro lado de la puerta había una chica joven, de unos treinta años, como yo, se dijo, aunque nadie que lo viera podría decir que todavía no había cumplido los treinta, porque las sombras de sus ojos, de su piel lo acercaban a los cincuenta y más.
- Hola Luz, ¿qué te trae por aquí?
- No, no me llamo Luz, aunque mucha gente en estas calles empiece a llamarme así. Me llamo Luisa.
- Perdón. Luisa, ¿qué te trae por aquí?
- La verdad, no lo sé. Supongo que...
- Querías hablar con el hombre del que todo el mundo habla, el hombre de moda, el hombre de gris.
- NO lo sé, tal vez, simplemente pasaba por aquí y sentí la necesidad de acercarme, de hablar contigo. Es un poco extraño. Un nudo en mi estómago me decía que me acercara...
- No pasa nada. Todo el mundo, cuando llega a este reino, se acerca a mi puerta. Suele ser la primera visita que hacen. Hay algo en esta casa que atrae a toda la gente. ¿Quieres pasar? Te invito a un café.
- Gracias, no sé si será una molestia.
- Seguro que no, hace un montón de tiempo que no hablo con nadie. A lo mejor hasta es bueno.
- ¿Por qué no? Un café.
- Entremos entonces.
La casa, Antoin lo sabía despertaba la curiosidad de todos los que allí entraban: paredes de tonos apagados, escasos muebles, una música a media voz, circunstancias suficientes para que el ánimo de la gente que se sentaba a tomar un café se fuera apagando poco a poco, como habían apagado sus días. Príncipe un día, amargo en estos, la vida, siempre injusta, lo había condenado a no ser nadie. Tardó unos cinco minutos en preparar café y Luz, no, Luisa lo miraba con intensidad. Tal vez deseara realizar la pregunta qué todo el mundo le hacía pero Antoin preguntó primero:
- ¿Qué te trae por aquí, por estas tierras olvidadadas del tiempo? ¿Un amor, un desamor, un sistema político? ¿La necesidad de escapar de todo?
- No lo sé, unas líneas, dijo Luisa, un nudo en el estómago. Muchas cosas y ninguna, supongo. Y a ti, ¿qué te trajo aquí?
- ¿Cómo? No puedo creer que no lo sepas, toda la gente lo sabe en estas tierras. Un amor desafortunado, una mujer que durmió con cada súbdito de su reino, cuando yo era príncipe. Un amor desperdiciado.
- No tenía ni idea, no pregunté a nadie. Lo siento. Debe ser duro.
- ¿Duro? Estar en una tierra que me prometí no visitar jamás, con una gente que me culpa de casi todas sus desgracias, que apenas me hablan. Lo creas o no, se puede sobrellevar.
- ¿Cómo puedes soportarlo?
- Ley de vida. El tiempo no es ilimitado. Cada tragedia tiene su tiempo, y la mía es pequeña, diminuta. Y pasará, como pasaré yo. Como pasarás tú. Como pasará todo el mundo.
- Visto así, tienes razón. Pero no crees que por eso debes buscar la vida...
- ¿Disfrutar de la vida? ¿Buscar el amor y que no me encuentre? Ya he estado ahí, es patético. La vida es la peor de la tragedia. NO hay más color que el negro. Todos esos colores, esos juegos absurdos, literatura, arte, cine, el amor, no son sino disfraces para engañar a la muerte. Nada vale nada.
- Pero nosotros estamos aquí, vivos, y somos injustos si cuanto hacemos es quejarnos de esta porquería de vida. O se vive o se muere. Pero no podemos vivir para desear morir.
- ¿Quién lo dice? Un día tú y yo, que tomamos café ahora, estaremos en otro lugar. Y nadie se acordará de nosotros cuando hayamos muerto. Es como ese estúpido árbol que da sombra y entrega amor. Amor, ¿de qué tipo? ¿a quién? Yo nunca se lo pedí. Y aquí estoy, en esta casa en sombras, alejado de todo cuanto me define porque un día, una vez, la vida me quitó todo lo que me pertenecía.
Antoin hablaba y hablaba sin darse cuenta de que minutos antes Luisa, acaso cansada de tanto desánimo, de tanto cansancio de vida en palabras, se había marchado en silencio, sin despedirse de él, algo no muy soprendente, ya que sus últimos tres visitantes, Carlos, Cactus y alguien que vino de lejos para hablar de gente que amaba bajo estos árboles, habían hecho lo mismos. Irse cuando él, una y otra vez, con insistencia atacaba la vida, cuando la vida lo había atacado antes tantas veces. La soledad, pensó, es la más fiel de todas las mujeres, mientras sorbía con desgana las últimas gotas de un café tan negro como su corazón que, en momentos como estos, tanto echaba de menos su norte.

4 comentarios:

Sorel dijo...

Hey, el sábado al final no fui al cine porque no encontré aparcamiento, y me cansé de dar vueltas. Entonces, volvimos a Cutrelandia, y alquilamos una peli, que es esta de Azul oscuro casi negro... Ya te contaré, que me echan de aquí... Pero me hizo gracia leer el título de tu post :)
hugs

Sorel dijo...

Hey, el sábado al final no fui al cine porque no encontré aparcamiento, y me cansé de dar vueltas. Entonces, volvimos a Cutrelandia, y alquilamos una peli, que es esta de Azul oscuro casi negro... Ya te contaré, que me echan de aquí... Pero me hizo gracia leer el título de tu post :)
hugs

Moi dijo...

Sorel, ya lo dice Auster: las casualidades no existen. El sábado hablamos. Un abrazo.

Unbeso dijo...

Sabes, hay dias que entiendo a Antoin. No comparto su forma de vivirlo, pero entiendo el dolor ... no de la infidelidad sino del desazon y la desgana de volver a intentar. Es como en azul oscuro, su vida se vuelve un callejon, tan casi negra... es dificil volver al azul, cuando te pintas de negro.