martes, 17 de octubre de 2006

Gestos

Es bueno, siempre, observar lo que no pueden, tal vez no quieran, los demás. Saber qué hay más allá de una copa de tinto en una noche húmeda, de un chocolate con churros una mañana de domingo, de una palabra de más, siempre una palabra de más en una tarde tibia. Te sientas, los ha hecho tantas veces, solo en un rincón del único café de la ciudad y contemplas con curiosidad, siempre es divertido, nostálgico, triste, siempre es la vida, cómo se comportan los demás, aquellos que un día decidieron vivir en estas calles, en las que tantas veces has caminado, en la que tantas veces has observado una lágrima, una sonrisa, un dolor en el pecho que agotaba las manos, una fiebre adolescente y un amor tardía. Todo está en los detalles, sin duda. Y escuchas, a tu izquierda, cómo un chico vuelve a decir a su novia (son ya varios años en pareja) te quiero pero su mano, la mano de la chica espera con impaciencia los dedos de su chico. Nunca llegarán, por mucho que sus labios acentúen su amor, sus dedos no mienten. El amor desapareció; sólo queda ahora la amistad de dos personas que han compartido todo hasta no tener casi nada. Sólo monotonía, la monotonía de unos dedos que se buscan sin remedio. Algunas otras cosas, sin embargo, invitan a la esperanza: el modo en que David mira a Ana cuando ésta se levanta para tomarse su enésimo café del día, cuando apenas hay palabras. Podría alguien pensar que ambos son extremadamente aburridos pero los gestos de ternura no pueden engañar: Ana vuelve a su lado y David tiene ya el café que había pedido, sus codos se rozan y una sonrisa asoma a sus rostros. La vida, siempre. En otra esquina, más lejos, Eva y Juan parecen enfrascados en una discusión, una pequeña discusión en la que ella abre sus ojos, sus inmensos ojos cada vez, prestando, tal vez se diga ella, la atención que hasta entonces nadie le había concedido. En sus gestos, Juan parece más relajado, más tranquilo. Toda una buena noticia para esta ciudad. Ahora, se acerca a la entrada la chica del norte y su porte señala seguridad y timidez. Acaso sea demasiado pronto para saber algo de ella. Poco a poco, sin duda, poco a poco. Al otro lado de la calle, como casi siempre, hay una imagen gris, de alguien que sólo denota, en cada gesto nostalgia de unos días que ya se han ido, cansancio de un Príncipe Amargo que perdió tantas cosas, de un hombre que no ha sabido crecer tras sus pérdidas, un niño que juega a amargar a los demás y, a veces, desgraciadamente, lo consigue.