sábado, 21 de octubre de 2006

Heidi ya no vive aquí (II)

Heidi volvió a las montañas. Era julio y Heidi volvió a las montañas. A la brisa suave de los días en los que sí se podía salir a la calle. Volvió a un pueblo pequeño al norte, muy al norte, aunque el sur fuera con ella. El sur la acompañaba a muchas partes, en el sur, pensaba, he vuelto a ser yo misma, a recuperar tanta libertad perdida. Tantas cosas en las manos, tantas cosas en la imaginación. Le hubiese encantado quedarse pero, a veces, quedarse es lo más difícil. Recordarlo era hermoso, recordarlo era saber que ella había sido feliz con 40 grados, un poco de felicidad a sol y sombra. Sol a las diez, a las once de la noche incluso. Sol y gente en las calles, la vida era en las calles, y la sonrisa de todos la hacía sentir mejor. Y pasear por los pasillos de un viejo palacio, de unos viejos alcázares la llevaba a perderse en el tiempo. En las casas del norte ahora era octubre y hacía frío, llovía en ocasiones, en ocasiones llovían manzanas y el sueño era más difícil. En días como estos lo mejor era escuchar música. A veces escuchaba a Kiko Veneno, y podía escuchar el sur. Kiko era el sur, era las calles con sol, Kiko Veneno era si tú no te das cuenta de lo que vale, el mundo es una tontería, Kiko Veneno era bilonguis, era el fuego en el Monte de venus. Era todo un lince. Kiko Veneno, siempre que lo escuchaba era el sur. Llegaban entonces los paseos cerca del río, las tapas y algún kilo de más. Un buen año, pensaba y contemplaba la lluvia desde lejos. Un buen año. Siempre se puede volver, esperaba, siempre es posible. Y pensaba en la gente que había dejado allí, en las palabras que había compartido, en los silencios que había escuchado. A veces, llovían manzanas y era muy temprano. La vida sigue, pensaba entonces, pero el sur siempre será un refugio. Y, alguna vez, mientras ella pensaba en la gente que había dejado al sur, alguien pensaba en ella.

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