lunes, 23 de octubre de 2006

Humo


Llegó un viernes tarde, y algunos, entre ellos David, sintió, sin saber por qué, un escalofrío. LLovía otra vez, y el viento molestaba a todo aquel que llevaba paraguas. Llegó un viernes por la tarde y se alojó en el único hotel de la ciudad. Casualmente, estaba a escasos metros del único café que había en la ciudad. Descansó toda la tarde del viernes y el sábado habló con todo aquel que estaba tomando un chocolate (eran, recordemos, los primeros días de octubre y comenzaba ahacer frío) de que casi nadie podía tener acceso, las carreteras eran muy malas, a estas maravillosas tierras. No entendía, por otra parte, repitió una y otra vez, por qué llaman a esta tierra Cutrelandia. Algunos pensaron, mientras se sonreían, para que poca gente llegue aquí: queremos seguir siendo unas diez calles tranquilas, un café y películas en blanco y negro, queremos salir a la calle, saludar y ser saludados. Dijo: conseguiré que todo el mundo pueda llegar a este reino, conseguiré que este pueblo tenga más dinero, que podáis tener más dinero del que nunca pudisteis soñar, y algunos lo escucharon, aunque no entendieran demasiado ese concepto. Eran amables y estaban acostumbrados, por ejemplo, al amigo imaginario de Juan, que parecía haber desaparecido. Este nuevo hombre se le parecía en algunos gestos. Habló de pequeños sacrificios: si queréis que venga más gente, especulemos, dijo, tendremos que construir más carreteras, hacer más amplias las calles, pero, a la larga, todo será bueno: habrá más trabajo, más vida en las calles, más comercios donde comprar, y algunos escucharon. A lo lejos el Príncipe Amargo contemplaba la escena imaginando que pronto también estas calles desaparecerían, para dar lugar, tal vez, a unas avenidas sin alma. Y siguió hablando; dijo: el precio será pequeño, sólo necesitamos, para mejorar las comunicaciones, talar algunos árboles. Todos, entonces, dejaron de escucharlo. El árbol que da sombra y entrega amor. Algunos de ellos decidieron acercarse a él y jugar a humo, humo y ladrillos. ¿Humo y ladrillos?, preguntó él. Humo: tu política es humo, no hay nada en ella, sólo ciudades que lo devoran todo. Tu política es humo: desaparece en cinco minutos o todos los ladrillos que hay en nuestras manos acabarán en tu cabeza.