miércoles, 4 de octubre de 2006

Intrahistoria

Cautivo y desarmado el ejército rojo hace siglos ya, salí de España el día, como muchos otros, en que Manuel Fraga ganó, a la tierna edad de los 142 años, la democracia por cuarta vez consecutiva. Algunas de las leyes impuestas en aquellos días es que los votantes debían tener al menos 60 años y conocer las virtudes del mejor político que había dado este país en los últimos doce años; todo aquel que no tuviera estas características, no tenía derecho a voto dado que, se decía, quien no ha cumplido más de cincuenta años no tiene inteligencia, sólo vida, y la vida nunca es suficiente para evitar. Eran estas ideas cuyo eco era ampliado por uno de los mejores medios de comunicación que existía en aquellos días, la Fundación Francisco Franco, que además de buscar la resurrección, mediante todos los medios posibles, de un general ya irremediablemente ido, (algunos de los mejores científicos habían ido a Estados Unidos para saber si la resurrección realizada allí de Walt Disney podía repetirse en otro país, en otras circunstancias), tenían en sus manos, en su voz la educación espiritual de toda una tierra, una tierra grande y libre. Y aquellos que no llegaban a los 60 años tenían que partir, encontrar, Carlos lo hubiera dicho así, su lugar en el mundo, su vida en otro lugar. La esperanza de uno siempre es la desesperanza de otros.