miércoles, 25 de octubre de 2006

Presentaciones (II)

- ¿Cómo te llamas?, preguntó Ana, pero la chica del norte parecía despistada, así que volvió a preguntar.
- Perdón, estaba pensando. Luisa, me llamo Luisa.
- Hola Luisa. No te preocupes demasiado. Lo que hace todo el mundo la primera vez que está en este bar es mirar a Antoin. Nos puede la curiosidad, dijo Carlos.
- ¿Por qué está así? Parece triste, amargado.
- Sí, creo que es la palabra que mejor lo define. El Príncipe Amargo. Su historia es una historia triste, como la de casi todos. Algunos los superan, otros no. Otros, simplemente, odian la vida y se odian a sí mismos.
- Algunas, antes de venir, añadió Ana, estábamos perdidas. Ahora, en estas tierras olvidadas por el tiempo, todo parece distinto. Pero duele que la primera impresión que tengas de estas calles sea amarga.
- Entiendo, continuó David, que mucha gente lo odie. Sobre todo los que le culpan de que el árbol que da sombra no entregue amor en los últimos meses.
- Pero no deberías preocuparte. Son calles, porque son pocas, que te ganan en algún momento.
- Así lo decían las notas del libro. Poco a poco son tierras que forman parte de ti. Y tú esperas formar parte de ella. Sería bueno también visitar ese árbol. ¿Quién sabe?
- Si pasara algo bueno, serías la nueva heroína de estas tierras.
- Y el rey, ¿cómo aquí, con todos los demás? Sí, ha decidido comer en el bar de la ciudad. El anterior solía comer lo que cazaba: carne de jabalí, carne de cerdo, carne de oso. Alguno vieron por aquí, pero no parecía demasiado peligroso.
- Es extraño. Ahora hay poca gente en el bar ¿no?
- Cosas que pasan. Tal vez estén en casa, leyendo un libro, contemplando la lluvia, pensando en lo que se ha ido. O, tal vez, simplemente estén comiendo en casa.
- Decían las notas del libro que aquí llovía poco pero parece...
- Lleva una semana lloviendo, también a nosotros nos parece increíble.
- Bueno, dijo Carlos, tengo que irme. Nos veremos otro día.
También Luisa tenía que irse, quería descansar aunque Carlos le prometió que le enseñaría el resto de estas tierras, un lugar pequeño, dijo, muy pequeño, el día que ella quisiera. Ana y David se quedaron cerca de la mesa donde el rey y sus más allegados disfrutaban de una comida en abundancia.