martes, 24 de octubre de 2006

Presentaciones

- Vaya primer fin de semana- dijo la chica del norte. Menos mal que la gente se ha negado a acpetar el dinero de ese tipo. Conozco ciudades que sólo son cemento y cristal y un parque, claro, que no falte la naturaleza.
- No es muy común, pero Antoin dice que vendrán y vendrán hasta que un día digamos sí- respondió David.
- Antoin, tan optimista como siempre, se sumó Carlos. Por ahora, parece que este seguirá siendo un pueblo pequeño, con árbol y leyenda, también con un cine en blanco y negro.
- Sí, las razones que me trajeron aquí. Las anotaciones en un libro que encontré en uno de los pequeños parques que había en mi ciudad. Alguien estuvo aquí.
- Y, preguntó Carlos, tienes el libro aquí.
- Sí, no aquí, pero sí en casa.
- Si lo recuerdas, me encantaría que lo trajeras, dijeron David y Carlos al unísono. Ambos miraban un tanto absortos a esta chica que había venido del norte a una de las tierras más perdidas que se podían encontrar en el sur. En sus ojos aparecía por qué. Ella lo sabía pero no supo dar una respuesta: pensó que tal vez necesitara, como tantos, alejarse de su vida, no quiero madurar, pensó, aquellas páginas me trajeron a estas tierras y era pronto para lamentarse o alegrarse. Ambos, David y Carlos, entendieron que no podía encontrar la razón más pronunciada y le preguntaron si quería acercarse al único bar de la ciudad.
- He estado una vez pero no conocía a nadie, dijo.
- Nosotros, le aseguró David, haremos las presentaciones.
Caminaron poco tiempo porque pocas eran las calles por donde pasear. En el bar había poca gente; Carlos y David le hablaron de Juan, su amigo imaginario, que parecía haberse desvanecido, y Eva, adicta a los móviles, a la lluvia, y mucho más tranquila ahora. Ambos se habían hecho mucho bien, algo que encantaba a toda la gente. A su lado estaba el rey, cansado de la música que sus predecesores le habían dejado, buscando soluciones que no llevaran al paredón a los clones de Bisbalt y demás, decidiendo que en estos meses sólo fuera posible escuchar música de los años 60 y 70, apasionado como él siempre había sido de estas décadas. Ana esperaba a David, que fue recibido con una pequeña caricia. El encanto de las pequeñas cosas, pensó David, mientras Ana y la chica del norte se besaban en la mejilla. No había nadie más; sólo el dueño del único café de la ciudad que, a su vez, era el camarero. Un pequeño saludo fue suficiente. Un poco más lejos, a unos metros de la puerta del bar, alguien, de rostro triste, caminaba; supo inmediatamente que era Antoin y volvió al bar, a sus nuevos amigos.
- ¿Cómo te llamas?, preguntó Ana. No he escuchado tu nombre.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Guapo, estoy enganchada ya y miro cada día por si hay algo nuevo. Muchos besos desde la verdadera lluvia.