jueves, 12 de octubre de 2006

Primeras lluvias

En el sur, la lluvia es un regalo. Es la señal inequívoca de que, una vez pasados los días de insoportable calor, es posible empezar a vivir de nuevo. A caminar bajo paraguas que podemos usar una o dos veces, con suerte, al año. Necesitamos lluvia, es la frase más repetida por todos nosotros, desde el rey, al que le queda poco tiempo para terminar su trabajo, hasta el albañil más modesto. Necesitamos lluvia, y una vez la lluvia aparece, por primera vez, en los primeros días de octubre, dejamos cuanto estamos haciendo sólo por ver la lluvia caer, por ver el espectáculo único de las gotas de agua golpeando un suelo seco en tantas ocasiones. Todo se detiene en esos momentos: nos miramos unos a otros, hablamos con alegría de todas las cosas que la lluvia se llevará consigo hasta hacerlas desaparecer. Y nuestras conversaciones tendrán ahora otro tono, acorde al de las lluvias; algunas, incluso, nos calarán los huesos, y saldremos a la calle sólo por ver nuestros cuerpos bajo el agua, y se besarán algunos sólo por sentir cómo los cuerpos nos mojan los cuerpos. Y el café estará cerca: caminaremos con calma, dejaremos los paraguas en cualquier sitio, y tomaremos el primer chocolate calentito del que algunas veces hemos hablado. Algunos se sentarán solos y pensarán en los besos que les envían las chicas del norte, chicas en ciudades con luz y lluvia, en ciudades donde la vida existe cada día, y el cine es en aburrido color, donde hay muchos cafés, y muchos cafés son iguales; algunas pensarán en los caminos no tomados, en un profesor que quedó atrás y no volverá jamás, en la posibilidad de una felicidad, por decir algo, cercana. Otros, incluso hoy, incluso en un día de lluvia se quedarán en casa, y soñarán que el tiempo será siempre, si te llamas Antoin, tan gris como sus días, una de sus quejas preferidas. Será la lluvia, entonces. Y el chocolate hará que el descanso sea más tranquilo aún. Y hablaré contigo del verano ya pasado, del día que nos conocimos, de tu cuerpo diminuto bajo la lluvia, inmenso en mis manos, y me gustará beber de la misma taza en la que tomas el chocolate sólo por sorber tus labios, y me dirás, otra vez entre risas, sigo creyendo que venir aquí ha sido el peor error de mi vida, y me besarás, y sentiré tus labios húmedos, ardientes, y no sabré con qué quedarme. Otra vez tú. Otra vez, bajo la lluvia. Tomando un café, tocando mis dedos mientras mis dedos toman tu chocolate. Y la lluvia volverá a las calles. Y me dirás no quiero dormir sola, nunca bajo la lluvia, y querrás que estemos juntos en casa, entre sábanas, al amparo de una lluvia que durará toda la noche y que mañana, con las primeras nubes de la mañana, nos hará saber que otras cosas han despertado en estas tierras, tan alejadas del norte, de ciudades con luces, de noticias de periódicos que algún día, hace mucho tiempo, hicieron que te conociera. Es hora de dormir, me dices, y el chocolate, sigue lloviendo, sigue en mis manos.

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