jueves, 23 de noviembre de 2006

En los ojos de Aurora III

El más largo de los caminos, se dice Aurora, empieza siempre con un primer paso y yo ya no veo el lugar del que venía; todo ahora es un horizonte nuevo, unas calles que piso por primera vez, desayunos que puedo saborear sola todas las mañanas y la inevitable nostalgia de perder una vida para ganar otras. Si pudiéramos estar en dos sitios, que nuestros labios susurraran dos canciones al mismo tiempo, pero no puede ser. Ya nunca nada nos será devuelto. Otro pueblo, otro pequeño reino donde dormir hasta buscar la cama adecuada en la que ser yo hasta que Antoin vuelva a mi vida para ser nosotros. Crecer significa visitar otros cuerpos, sorber otras palabras, vivir otras almohadas para, al llegar otra vez a casa, escuchar: te amo, te veo muy cambiada. Y ahora Aurora camina hacia el sur, siempre al sur, mientras se aleja de todos aquellos que un día la conocieron. Volverá a verlos y sabrá entonces que pocos serán aquellos que un día estuvieron con ella. La gente cambia, pero no toda, imagina, y camina un poco más. Le han hablado varias veces de este lugar; lo llaman el camino de los desterrados y le han contado, también Antoin, que aquí acaban los que han sido expulsados de todo aquel lugar en el que han estado, y no deja de preguntarse a quién podrá encontrarse en estos caminos perdidos de dios y de los hombres. A su izquierda, alguien se acerca:
- Hola, Aurora, ¿cómo estás?
- Perdona, ¿cómo sabes mi nombre?
- Aurora, todo el que está aquí sabe el nombre de los demás. Expulsado de todos sitios, ¿cómo no saberlo?
- Pero yo no he sido expulsada. Me fui porque quise, porque...
- Entiendo que tú también querías irte, pero también los padres de Antoin hicieron todo lo posible...
- ¿Y cómo sabes todo eso?
- Porque todo se sabe en este camino. Todo.
- Pero yo no sé nada. Ni siquiera sé cómo te llamas.
- Me llamo Chema, aunque también me han llamado muchas otras cosas. Gente que no sabe nada, que supone que la vida y su seguridad provienen de las calles. Yo hice una...
Sin saber por qué, Aurora sintió un escalofrío en todo su cuerpo; no llegó a escuchar la última palabra pero no suponía nada bueno ahora que sus ojos echaban terriblemente de menos a Antoin, aunque quien caminaba a su lado se llamaba Chema y le hablaba de guerras y de amigos imaginarios. Empezaba a tener un poco de frío.
- Creo, Aurora, que somos iguales. Ambos fuimos expulsados de nuetras vidas por hacer lo correcto, por cumplir con nuestro deber. Y, que yo sepa, no hay nada más importante, en este mundo.
- YO nunca hice una guerra. No te confundas.
- Tal vez por eso estés aquí, por no haber tenido el valor. Tenemos que demostrar que no somos como los demás; somos mejores. No todo el mundo es igual. Si todo el mundo fuera igual, sería...
- Un mundo más justo.
- No, sería comunismo. Comunismo. Y no es el mundo en que Tito Paco educó a Manolito Palomares y en el que éste me educó a mí. Ese era el mundo real, un mundo bueno en el que todo hijo de Dios cumplía con su deber.
- Y ahora, Manolito Palomares, a sus 143 años decidió que lo mejor era que yo me fuera, que difundiera las ideas del glorioso Tito Paco por todos los rincones pero no puedo salir de este camino. No sé cómo hacerlo. Y no importa: cuento mi historia a todos los que pasan por este camino. Y espero el glorioso regreso de Tito Paco cuando, como han hecho con Walt Disney, creen su clon. Será glorioso. Y allí estaré otra vez.
- Pasará mucho tiempo, espero, susurra Aurora. Perdóname, Chema, pero conoces algún sitio donde iría alguien que quisiera perderse. No ser encontrado jamás.
- Me han hablado de un lugar llamado Cutrelandia; todos aquellos que desean perderse, que desean de algún modo recuperar su vida, acaban allí. Es una segunda oportunidad para ellos. Y todos parecen olvidarse de ellos; el lugar perfecto para recuperar, en muchos casos, me dijeron, tu dignidad. Aunque yo no pude entrar...
- ¿Por qué?
- Es el problema de los desterrados; no podemos entrar en ningún sitio. Pero no me importa; pronto Manolito Palomares me hará volver a casa. Y yo escribiré, con mi mano derecha, cartas a Tito Paco, para que ni la muerte le detenga. Con la esperanza de que vuelva cuanto antes mejor.
- Yo... tengo que irme. Necesito descansar un poco. Se hace tarde.
- NO puedo acompañarte, lo siento. Sólo puedo pisar este camino. Todo lo que esté fuera de él me es imposible. Pero pronto Manolito Palomares, pronto...
- Si no puedes acompañarme no pasa nada. Te recordaré durante mucho tiempo. Mucho mucho tiempo. Y, mientras Aurora camina hacia el sur, sabiendo que Antoin, alguna vez, irá a Cutrelandia, el lugar donde van aquellos que quieren recuperar su vida, su dignidad. Y ella espera estar allí, esperándolo, una vez haya crecido lo suficiente. Sin embargo, al pensar en el camino de los desterrados, en su primer acompañante, no deja de sufrir una terrible desazón que ocupará sus pies, ya no podrá sentir las raíces, durante mucho tiempo.

2 comentarios:

Unbeso dijo...

Nunca te ha pasado, que cuando lees (con tu voz interior, jeje) no le sacas el mismo jugo a las palabras que cuando lees en voz alta. Tu blog hay que leerlo en voz alta, y entonces te cala hondo, y ya no puedes distinguir de quien habla o quien habla.

Moi dijo...

Tendré que comprobarlo. Y gracias por los halagos; es bueno que el blog o las palabras calen hondo. Es lo que se intenta.