viernes, 24 de noviembre de 2006

En los ojos de Aurora IV

- Hola, Aurora, volvió a escuchar mientras se estremecía de nuevo. Quién sería ahora, era una voz femenina, la mujer que le acompañaría durante un tiempo por los olvidados rincones del camino de los desterrados.
- Hola, dijo, cansada, ya que apenas había podido dormir la noche anterior. Había tenido pesadillas con un lugar, cuyo nombre desconocía, donde Manolito Palomares era un héroe, había reyes porque tenían sangre azul, y Antoin no estaba allí, con casas de treinta metros, y ciudades donde había casas con playas. Todo había sido muy extraño. Y la primera luz de la mañana, sencillamente, la había despertado un poco. ¿Te conozco?
- NO, no puedes conocerme. Estás en estos caminos porque quieres. Nosotras fuimos expulsadas. Pero no importa: volveremos a ser amadas, nos lo merecemos. Nos lo merecemos. Me llamo Luci, y vivía en la tierra a la que vas.
- ¿Cómo sabes adónde voy?
- Era escritora. Digan lo que digan, todavía lo soy. Era una gran contadora de historias. El problema es que yo contaba historias y luego los habitantes de Cutrelandia hacían realidad esas historias. Eran mis historias, mis historias.
- No sé si irás a Cutrelandia. Irás y yo lo contaré alguna vez. Como he contado tantas otras cosas. Historias que hablen de Antoin y de ti, de los pasos que habéis dado para encontraros. De la maldad de los hombres y la bondad de toda mujer. De las huellas a las que aferrarse en el camino. Y volveré a abrir mi casa a todo el mundo. A todo el mundo. Para que sepan que no guardo rencor a aquellos que me echaron de mis calles. Pronto volveré a Cutrelandia y veremos películas en blanco y negro en el único cine de la ciudad. Las películas que yo elija.
- ¿Y qué contarás de mí y de Antoin?
- Todo, todo lo que me digan tus palabras.
- Hay historias que no pueden contarse, sólo deben ser vividas. Se cuenta porque no se vive.
- Te equivocas. YO vivo, vivo contando, y las palabras de otros, porque yo he perdido todas las palabras, son mi vida, mis aceras, las almohadas en las que duermo. ALgún día, todo el mundo se dará cuenta. Fui bendecida, no lo olvides, bendecida. Y querrás que yo cuente tu historia aunque tú la hayas vivido.
- Tal vez tengas razón, pero queda demasiado tiempo hasta encontrar Cutrelandia. Primero he de encontrarme a mí, encontrar las raíces en mis huellas. Las huellas que Antonio necesite cuando vuelva a su vida.
- Pero irás a Cutrelandia, irás, como todo aquella que no tiene lugar al que ir. Y tal vez aprendas a amarla. Y yo lo contaré, como he contado las palabras de todos aquellos a los que he escuchado entre sombras. Así será. Y mi casa en Cutrelandia será tu casa. Y hablaré a todo el mundo con las palabras más correctas, más alambicadas que pueda encontrar. Hablaré de dualidades, de dicotomías, de álgidos placeres que alcanzan la carne. No seré todavía de la RAE pero como si lo seriese.
- Bueno, me encuentro un poco cansada. Tal vez debería irme.
- Si estás cansada, duerme, sueña, y yo escribiré tus sueños. Seré Luci, tu amiga escritora, la amiga que imaginó tu vida cuando la habías perdido, la amiga que...
- Sé lo que quieras. Sé agua, si quieres, pero yo no tengo sed, sólo hambre y debería irme.

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