lunes, 13 de noviembre de 2006

Sospechosos habituales

A la noche siguiente volvimos a las raíces del árbol que da sombra y entrega amor. El cadáver de la chica, tendría unos 25 años, seguía allí, pero su cuerpo parecía hoy más hundido en las raíces del árbol. Acaso el árbol, sintiéndose solo, necesitara de alguien que, sencillamente quisiera estar con él no por lo que representara, por lo que cada día o noche podía entregar, sino sólo por el color de sus hojas, por el olor de sus sombras, por las hojas que a veces caían en otoño, hojas a las que todos en esta ciudad, también yo, no podría mentir, besábamos por saber si algo del amor que caía de sus ramas podía llegar a nuestros labios. El árbol, el cuerpo de la chica olían a mandarinas, rosas, violetas, olor que parecía impregnar a todos los que estábamos más cerca, aunque no pareciéramos demasiado sorprendidos ya que este árbol había logrado milagros más absolutos. Si el crimen había sido brutal cómo no pensar en que el árbol deseaba entregar todo el amor del mundo a una chica que había encontrado la muerte en un lugar que no la conocía, un lugar al que no teníamos ni idea de por qué había llegado. Y allí estábamos: Cactus, mi diminuta Cactus, para resolver toda dificultad que pudiéramos encontrar, Carlos, filósofo y detective ocasional, David, profesor en zonas conflictivas en la España fraguista de la que venía por lo que el contacto con futuros criminales era algo habitual y yo, dispuesto a contar sus andanzas. Y todos, dispuestos a resolver el único crimen que se había llevado a cabo en las lejanas tierras de Cutrelandia, un sitio al que tantos llamamos hogar. Pensamos, en primer lugar, en aquellos que habían podido cometer el crimen y estas fueron nuestras reflexiones.
Carlos, parafraseando a Gila: Antoin, ¿por qué? Porque lo digo yo y a callar todo el mundo.
David, parafraseando a la ministra de Educación: es un hecho aislado. Aunque, añadió, si viviéramos en la España fraguista podría ser cualquiera de mis estudiantes. Cualquiera, repitió.
Cactus, parafraseando a Iker Jiménez: tal vez sea el amigo imaginario de Juan, Chema "YO hice una guerra".

Y empezamos a pensar en motivos, sospechosos, en la identidad de la chica. Tantas preguntas y tan pocas respuestas.

Hasta aquí, queridos lectores y lectoras, llega otro capítulo radiofónico de la serie conocida como Un crimen en Cutrelandia, folletín radiofónico de gran éxito, a causa de sus cinco lectores. Sí, señores y señoras, hemos ganado un lector más. ¿Qué pasará a continuación? ¿Conoceremos la identidad de la chica? ¿Sabremos realmente cuántos años tiene? ¿Sabremos quién es el culpable? ¿Descubriremos las razones por las que la chica ha llegado a estas tierras? ¿Volverá el profesor a la vida de Cactus? ¿Será Antoin culpable? ¿Será Antoin feliz? ¿Será Antoin rubio? ¿Moreno? Apuesten, apuesten: no perderán nada. Sueñen esta noche con dulces angelitos o diablos de lengua afilada pero, sobre todo, no olviden volver mañana a las tierras del sur para conocer más de este serial conocido como Un crimen en Cutrelandia. A lo mejor incluso nos encuentran por aquí.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Me ha encantado, es precioso. Me has animado la tarde no sabes cuánto.
Oye, amigo escritor, y muy buena la reducción de edad entre una entrega y otra.
Un beso.