miércoles, 1 de noviembre de 2006

There is a light that never goes out

- Muchas gracias, dijo Luisa, por enseñarme esta tierra en los primeros días. Siempre es de agradecer que alguien te muestre tus nuevas calles, tu nuevo, espero, hogar.
- No te preocupes, respondió Carlos, parece que esa es mi función en estos días. Ha llovido tanto que acercarse a la pequeña plaza para hablar, ser escuchado y escuchar era imposible, sólo conversaciones en estos bares. Por cierto, supongo que has hablado con Antoin. Te encuentro un poco triste.
- Sí, cosas de la inexperiencia. Sé que me lo advertisteis pero parece que una sólo aprende si comete los errores por su cuenta.
- No te sientas mal. Ya te dijimos que todo el mundo lo hace. Normalmente el primer sitio que visitan es la casa de Antoin. Las sombras siempre atraen, aunque sean para buscar poco después la luz.
- Sí, eso parece. Salí asustada; una parte de mí, algo bajo mi piel todavía me dice: la vida no vale nada, todo es gris, por qué vives. Aterra un poco.
- Es terrible, pero poco a poco, Cactus puede decírtelo, sabrás salir de ese nudo en el estómago. Y todo quedará como un mal día.
- Todo el mundo, me dijo, lo culpa que el árbol que da sombra ya no entregue amor. Es injusto, ¿no?
- Probablemente, pero siempre necesitamos alguien a quien odiar. Alguien a quien temer para imaginar que este mundo tiene algún sentido.
- No deja de parecerme curioso, Carlos, que mucha gente acuda a ti para pedirte consejo, para escucharte consejo, para leer entre líneas y saber de la vida.
- No deja de ser irónico. Me expulsaron por mis ideas de la Universidad, de la cátedra Juan de Mairena, y sólo repito lo que dicen mis estudiantes, lo que dice la gente de esta tierra en la calle. Todo es saber escuchar, callar y saber escuchar. Ahora doy clases, podríamos decir, en la plaza. Escuchar las cosas que pasan en la calle.
- También tú tuviste que huir...
- Fue hace tiempo, y hubo suerte, así que no debo quejarme. Mucha gente acaba aquí, en esta tierra olvidada por todos y consigue ser feliz. Yo he logrado estar tranquilo. Es suficiente para ti.
- Me encanta hablar, aquí, ahora, contigo. En las pequeñas líneas del libro que encontré hablan, de forma breve, de muchas cosas, también de ti. No me arrepiento de estar aquí, aunque a veces el nudo en el estómago me duela en el corazón.
- No es una tierra muy grande, pero los pequeños lazos que se van creando parecen no desaparecer nunca. Como una luz que nunca muere.
- Así debería ser. Vengo de una ciudad con luces, con todas las comunicaciones disponibles a tu alcance, con los sonidos más anodinos, una ciudad en lo que más difícil parece ser hablar. Aquí hablar parece casi un rito, algo sin lo que no podéis vivir.
- Recuerda, Luisa, que aquí sin apenas comunicaciones, hablar es nuestra forma de ser sociales, de conocernos, de contarnos historias. De vivirlas después.
- Historias para contar, historias para vivir, supongo.
- Sí, Jose suele decir que se escribe porque no se está viviendo. A lo mejor tiene razón. hay que vivir, después contar, dice.
- A lo mejor: yo vine porque se contaba una historia y quería conocerla. Quién sabe.
- Ya es de noche, casi las dos de la mañana.
- Increíble: hemos estado dando vueltas y vueltas y creo que todavía no me has enseñado el famoso árbol del que todo el mundo habla.
- Debería hacerlo pero ahora es imposible. Hay muy poca luz.
- Pero hay luces que no mueren nunca. En mi ciudad hay luces para que la noche siga siendo día, y las conversaciones se apaguen con las primeras horas de la mañana.
- Cosas como esa son imposibles en este pequeño reino olvidado, donde se ve una película cada dos meses, no hay cobertura para móviles y el acceso a Internet parece imposible. Sólo tú, yo, y la luz de la luna.
- Otra luz que tampoco parece morir. Luna y sol, día y noche, un paseo, palabras y, a veces, un nudo en el estómago. Mis primeros días en estas tierras del sur.
- ¿Sabes por qué todo el mundo teme a Antoin?
- ¿Hay algo más?
- Creo que conoces, seguro que él te la ha contado su historia: su princesa prometida se acostó con cada súbdito. Cuando llegó aquí no quería saber nada de nadie, quería, simplemente, morir en paz pero, por ahora, no ha podido ser. Un día se acercó al árbol y, poco después, chicos que llegaban al árbol para pedir que chicas se enamoraran de ellos descubrían que estas estaban enamoradas de otros, y chicas que querían a chicos descubrían que estos no tenían el más mínimo interés en ella. Necesitan, es obvio, aunque injusto, tienes razón, alguien a quien odiar.
- Es extraño. En mi ciudad con luces, algunas noches, cuando salgo, voy a discotecas y sólo bailo toda la noche, nunca hablo con nadie. Y aquí me tienes hoy, al sur de todos los sitios, con poca luz, conversando durante horas con alguien que no conocía hace un mes. La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida.
- El olvidado placer de hablar por hablar sin otra cosa que las palabras.
- No hace mucho frío. Y es bueno estar aquí.
A lo lejos, las luces del único bar de esta tierra se apagaban. Era hora, pensaban algunos, no todos, de ir a dormir, de descansar para volver mañana al mundo, con ganas, con el deseo renovado de volver a pisar unas calles que muchos no dudaban en llamar hogar.

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