miércoles, 15 de noviembre de 2006

Una visita inesperada de lo más esperada

Carlos sabía que Antoin aparecería en algún momento de la noche. ¿Por qué? Como él nos dijo, porque lo digo yo y callar todo el mundo. Antoin, no podía ser de otra forma, tenía un semblante de lo más triste. Todo aquel que no lo hubiese visto jamás pensaría que acaba de perder alguna de las cosas que más amaba. Carlos se acercó a él y antes de que pudiera dirigirle una sola palabra Antoin le respondió: Yo no la he matado, no podría hacerlo jamás, pero la conocía. Cuando nos dijo que la conocía pensamos inmediatamente en Lisa de las Praderas, la chica que le había destrozado el corazón, pero, aunque estas vidas se habían cruzado en algún momento, nada más alejado de la realidad. Todos esperábamos ansiosos sus primeras palabras, aquellas que nos ayudaran a resolver un misterio que, muy a pesar nuestro, se había instalado en las calles de Cutrelandia. Y sus primeras palabras, fueron, no lo dudéis, las primeras. Y nos hablaban de un mundo que no conocíamos hasta entonces. Hace mucho, mucho tiempo (qué original), dijo, yo vivía más al norte, como casi todo el mundo, y mis padres, como a todo príncipe le impusieron una princesa, que no era periodista además, a la que debía amar todos los días y algunas noches. Pero no había princesas en mi vida, sólo alguna estudiante de Historia del Arte que se había interesado por la casa en que vivíamos, de ahí que empezara a concerla. Ella me abrió las puertas de casa que no conocía: mi padre que era y, todavía es rey, porque en ese país pasan cosas tan absurdas como ser rey por el mero hecho de haber nacido hijo de rey, parecía contrariado a medida que nuestra amistad aumentaba. Me enseñó tantas cosas: me enseñó ese cómic que tú, Carlos, tienes entre tus manos, un cómic que invitaba a vivir; me enseñó el mundo de la literatura y el hecho de que en este mundo, más allá de lo que nos enseñen, hay una cantidad de cosas por las que merecía la pena vivir. Al observar que nosotros parecíamos sorprendidos, siguió con su triste historia. Un día, sé que mis padres la obligaron a ello, tuvo que dejar el país. Mi vida estaba hecha y mis días pertenecían a Lisa de las Praderas, a la que jamás, aunque lo haya dicho siempre, amé, con la que jamás compartí nada, excepto conversaciones vacías y palabras que nos cerraban todas las puertas. NO quería que nadie supiera jamás que, más allá de Lisa de las Praderas, existía alguien extraordinaria que me había enseñado a quererme y a querer la vida. Y ahora ella está aquí, y el árbol que da sombra y entrega amor, ha encontrado alguien tan puro como ella, alguien que lo entregó todo perdiendo tantas cosas en el camino. Todos, mientras hablaba, empezó a llorar, guardábamos el silencio más absoluto. Ella se fue pero compartimos siempre libros, historias, que hablaban de lugares que no existían, de personas que eran ficción, de sitios, decía sonriendo, donde tú y yo, Antoin hubiéramos sido siempre felices, algunas veces tristes, donde nos hubiéramos amado. No pudo ser. Me casé con Lisa un día de domingo con sol en que ella ya no estaba conmigo. Y Lisa decidió, como venganza, acostarse con todos los súbditos de nuestro reino o, sencillamente, como siempre me decía, por devolver a nuestros súbditos lo que les habíamos robado. Nunca me importó: mis dedos pertenecían a las huellas que la mujer que yo amaba dejaba en mis libros. Y ahora no está. Como dejó de estar conmigo durante tanto tiempo en que mis días se apagaron, en que todo el amor que sentí por la vida se fue. Y, un día, estaba cansado, harto, la vida en mi reino no era nada excepto caricias sin caricias, besos sin besos, miradas sin pupilas, decidí irme iamaginando que jamás volvería a verla. Y ahora la encuentro aquí, a mi lado, muerta, y desearía no saber que no equivoqué en nada excepto en las cosas que más quería.

1 comentario:

Unbeso dijo...

Deberiamos ayudar a Antoin. Sacarle de su reino de tristeza y enseñarle los amaneceres en una isla. No se merece el castigo de una sangre azul... porque no le hacemos una dialisis y cambiamos su sangre por una roja como los soles cuando desaparecen?
Y luego le enseñamos a sonreir (poco a poco que te duelen los musculos cuando no estas acostumbrado)