viernes, 10 de noviembre de 2006

Who by fire

A lo lejos, siempre cerca en estas calles, se escuchó un grito: tanta sangre. Ha sido asesinada. Cactus y yo, que disfrutábamos de una noche de calor en la plaza del pueblo, comprendimos que la mujer que gritaba estaba cerca del árbol que daba sombra y entregaba amor. Ambos corrimos en la misma dirección, conmovidos por el dolor de ese grito, y contemplamos una imagen que permanecería en nuestros ojos mucho tiempo. La imagen, teniendo en cuenta que ninguno de nosotros, ni siquiera Cactus, había presenciado jamás un crimen, resultaba dantesca. Cerca de nosotros estaba la mujer que había gritado, señalando el cadáver de una mujer que estaba a la sombra del árbol más querido de nuestras tierras. Poco a poco, mucha gente de estas tierras se acercó a la escena. Aquí, pensamos tantos de nosotros, jamás había ocurrido nada jamás, nunca. ¿Qué debíamos hacer entonces? Poco después de llegar, Carlos pareció tomar el mando; se acercó al cadáver de la chica, una chica joven, de unos treinta años, pensamos algunos, cuyos ojos, marrones, todavía abiertos transmitían, es extraño, dijo, tanta vida se dio cuenta de que era alguien que nadie de ellos, por ahora, parecía conocer. Otros miramos con la misma curiosidad y descubrimos, como él, que no era nadie que nosotros conociéramos, así que el misterio parecía aumentar. Una vez sobrellevado la tristeza de descubrir que el mal parecía haberse instalado entre nosotros, también había otros detalles que observar cerca del cadáver de la desconocida: llevaba un vestido de una pieza de flores, manchadas inevitablemente por la cantidad de sangre que había perdido. Alguien la había apuñalado. Y algunas partes de su cuerpo parecían, todo un hallazgo, perderse en las raíces del árbol. Cerca de su cuerpo sin vida, todos seguimos prestando atención, pudimos encontrar una pequeña mochila abierta cuyas pertenencias estaban desparramadas por el suelo. Un libro de Juan Rulfo, Pedro Páramo, dos tomos de un cómic llamado Palomar, algunos dvds de una serie que nadie de nosotros conocía, Everwood y un disco de Kiko Veneno, El hombre invisible.
Nos preguntábamos, mientras sus ojos marrones, tan repletos de vida, se iban cerrando, ¿quién era su chica? ¿de dónde era? ¿qué la había traído a estas tranquilas calles? ¿por qué tenía esas pertenencias? ¿por qué estaba su mochila abierta? ¿le habían quitado algo que llevaba? ¿quién la había asesinado? ¿podía ser alguien de nosotros?
Después de discutir, no demasiado, es cierto, decidimos que los mejores investigadores -aquí no teníamos ni policía, ya que jamás ocurrió nada- serían Carlos, porque filosofía y la investigación de un crimen a veces podían ser tan similares y David por su pasado en la España fraguista en la que era considerado un criminal por lo que suponíamos podría ponerse en la piel de uno de ellos. Cactus también sería necesaria por si en algún momento necesitaban la inmensa fuerza de su diminuto y hermoso cuerpo. Y también decidieron que yo les acompañara para narrar todo aquello que pudiera pasarnos en el desarrollo de la investigación. El rey nos dio su bendición y volvimos a acercarnos al árbol que da sombra y entrega amor para empezar nuestras, todos lo sabíamos, difíciles pesquisas, acciones que, esperábamos, nos llevaran a descubrir pronto al criminal. La tranquilidad, era nuestra intención, debía volver al sur, a las serenas calles de Cutrelandia.

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