viernes, 29 de septiembre de 2006

El sur

En el sur las palabras se adelgazan hasta convertirse en calor y se pegan a las pieles de aquellos que habitan en estas tierras hasta que llegan a casa. Una vez allí, con el viento del interior, las palabras parecen caer al suelo. Si hay niños en casa puede ser muy divertido porque éstos cogen palabras que no habían usado nunca y, de repente, las utilizan de la forma más inverosímil. Si no hay niños en casa, y hombre y mujer conocen el significado cuanto hacen es arrojarla a la calle por si alguno de los que pasa por allí la desconocía y les parece útil. Parejas muy felices hasta entonces se perdieron por la curiosidad del chico o la chica, que se agachan a recoger las palabras que se encuentran cerca de ellos. Felices hasta entonces contemplan por primera vez la palabra ruptura y aparece en sus ojos una lágrima de dolor ante la realidad que se presenta ahora ante sus ojos. Ruptura trae consigo soledad, olvido, dolor, palabras que van creciendo a la sombra de la primera encontrada: ruptura, dicen, y dos personas que se amaban hasta entonces toman caminos diferentes. La palabra es la carne, dice Carlos, y nada es más real que la carne en estas tierras. Y la carne lleva al olvido, a la separación. Algunas veces, estos habitantes son más afortunados y encuentran una palabra, en cualquier calle, como dulzura y viven en sus carnes, en sus espíritus que el trato recibido hasta entonces cambia y la gente que se encuentra a su lado se acerca a ellos, les habla del tiempo en que se conocieron, de una invitación a un café, del fin de la soledad. Pero las palabras, lo dijo, como sabe Carlos, Dylan se las lleva el viento, y todo, casi todo, deberíamos decir, porque a veces la herida es demasiado profunda, vuelve a la normalidad. Cosa que congratula a algunos y decepciona a otros, a los que le gustaría hacer del sur un lugar mejor en el que vivir, y ser vivido. Siempre en el sur.

miércoles, 27 de septiembre de 2006

Eva

Eva ya no cuenta las gotas de lluvia en días grises. Hace mucho tiempo que no llueve en estas tierras y, por su propio bien, ha pensado siempre, era necesario cambiar de hábitos, reformar sus costumbres, vivir, como dice Carlos, el día a día de otra manera. Muchos fueron los intentos por cambiar de costumbres, algunos más afortunados que otros. Suele pasar. Al principio se encontraba, días y días de verano, días y días de sol, totalmente desubicada. No había nada que ella pudiera hacer en Cutrelandia. Un día, un buen día, cuando todos, al escuchar a Juan y su maravilloso amigo, era lo que todos decían, imaginario llegar a la plaza, se fueron rápidamente a sus casas, a sus trabajos, a sus noches solitarias o no tan solitarias, decidió quedarse: no tenía nada que hacer. Y Juan, también su amigo imaginario, comenzaron a hablar, a veces de asuntos que desconcertaban por completo a Eva: la conquista de pieles árabes que habían estado en todas las tierras del sur durante siglos y que, desvergonzadamente, no le había pedido perdón por su llegada. Y de una guerra que alguien hizo una vez y que nadie pareció entender, una guerra que siempre tendrá lugar en la historia, una historia pequeña, diminuta. Sin embargo, a medida que pasaba el tiempo, Juan parecía relajarse y su enemigo imaginario, al comprobar que el interés suscitado era nulo, decidió desaparecer un tiempo, toda una noche, después de años.
- ¿Por qué miras con tanta insistencia el cielo?- preguntó Juan.
- Porque me gustaría contar las gotas del cielo. Me relaja algo tan absurdo. Tan absurdo como la vida.
Y esa noche, la primera de muchas noches, Juan y Eva hablaron de soledad, de la muerte de seres queridos, del tiempo que se nos va, de las adicciones más absurdas, de una chica de 18 años adicta a los móviles que tuvo que irse de una ciudad con luces, aunque echara terriblemente de menos a su mejor amiga, para de alguna forma mantener conversaciones reales: el olvidado arte, diría Carlos, de los gestos, de contemplar la sonrisa de la persona que nos escucha, su impaciencia, sus ganas de hablar, el olvidado gesto de hablar y escuchar, acaso perdido ya. Y, poco a poco, Eva fue olvidando las gotas de lluvia, los móviles, y hablaba, para sorpresa de todos sus habitantes, a menudo con Juan, aunque a veces podía ser una tarea ardua, frustrante, cansina: si su enemigo imaginario se encontraba bien, las palabras podían ser las más absurdas (yo hice una guerra, peras y manzanas, una guerra para devolver al mundo su pureza espiritual, tito Paco es bueno, tito Paco es bueno, aunque tito Manolo me echó de mi país, para, lo sé, lo sé, repartir mi sabiduría espiritual por estos mundos de dios sin dios). Afortunadamente, si Juan se encontraba bien, sereno, las conversaciones, el olvidado arte de hablar y escuchar, podían ser enriquecedoras: dos soledades que se encontraban para olvidarse un poco de sí mismas. Y ambos contaban lo que habían dejado atrás, todo lo que habían perdido, la posibilidad de volver a estar vivos, de imaginar una mañana sin más preocupación que la de levantarse para preparar un café, un chocolate en días, los menos, con frío. ¿Llegaría ese día? Alguna vez, reían, lo descubriremos.

martes, 26 de septiembre de 2006

Un adiós

- Estamos demasiado lejos, el sol es imposible.
- ¿Por qué? Yo te amo.
- También yo amo las estrellas, la lluvia, pero aquí siempre es de día, nunca llueve.
- Pero nada acaba porque sí. Nada, nunca, acaba porque sí.
- Acaba el día, el mes, el año. Tantas cosas.
- Una vez me dijiste que siempre serías mi sol.
- Y supe pronto que ni siquiera el sol es eterno. Fue terrible entonces. Y ahora sé que estamos demasiado lejos.
- Pero tú estás a mi lado, aquí, puedo verte, oler tu pelo, ver cómo tus ojos me miran con desidia. Y duele.
- Duele como tantas otras cosas. Un día te levantarás y no te acordarás de mí. El sol saldrá en otro sitio, y tal vez tú estés en otra ciudad.
- NO pasará jamás. El sol no está tan lejos. Siempre te recordaré.

- Tal vez, pero tal vez un día no recuerdes cómo mi piel se estremecía cuando me tocabas. Cuando el sol era posible y llovía algunos días en esta ciudad. Todos tenemos que irnos. Todos debemos crecer. Ley de vida. Vivir, ya lo dijo Salinas, desde el principio es separarse.
- Pero el sol es posible todavía. Lloverá alguna vez y amaneceremos en la misma cama. Y todo será distinto entonces.
- Ya es tarde para tantas cosas. Di adiós al sol, llegará otro día, y nuestra cama será la de otros.

lunes, 25 de septiembre de 2006

Érase una vez

Érase una vez una tierra muy, muy al sur, una tierra casi perdida en el tiempo y en los lugares a la que unos llamaban Cutrelandia y otros llamaban hogar. Una tierra donde vivía un hombre que había perdido su corazón aunque, había días, en que esperaba recuperarlo. Y había una mujer que contaba las gotas de lluvia como antes había contado todos los hombres que la habían abandonado. En los días en que todavía llovía en este reino. Y había una chica que vivía lejos, en una ciudad con luces, que leía periódicos en día sin trabajo y desayunaba mañanas de domingo, una chica que a veces miraba al sur buscando una tierra como nunca había conocido. Y había una chica que había sido profesora, una vez, un día, hace tiempo, y ahora enseñaba a todo aquel que se lo pidiera. Y un chico del que se estaba enamorado, un chico perseguido un tiempo, que miraba ahora las calles de Cutrelandia con ternura. Había encontrado un sitio al que llamar hogar y una chica a la que llamar cuando estaba enamorado. Hablaban a veces de Antonio Machado, de todos aquellos que, como él, un día tuvieron que dejar su tierra sin saber dónde ir. Y su tristeza parecía desvanecerse poco a poco, con los primeros cafés del otoño. Hay, pensaba, palabras y palabras. Había una chica con poderes que dejó atrás una vida de fama, de éxito porque el amor que profesaba nunca fue correspondido. Y un hombre que empezaba a quererla por su sonrisa, la sonrisa más diminutamente hermosa de este mundo, pensaba. Cuando los dos compartían una mirada, un café, una sonrisa, una cama. Y había un árbol, cuya sombra, decían los más viejos del lugar, daba amor a todo aquel que se acercara con pasión. Y una plaza de pueblo donde el filósofo más conocido de estas tierras nos contaba a todos las verdades que nunca conocimos. Y un cine con películas en blanco y negro que un día fueron conocidas en todas las otras tierras. Pasó tiempo, algún tiempo, un verano difícil. Es otoño ahora: la vida sigue, aunque cuanto hagan algunos sea sólo contarla.

viernes, 22 de septiembre de 2006

Relato pornográfico de bajo presupuesto

Ana todavía siente los besos de David ahora que se ha ido. Todos son recuerdos ahora que la vida se ha ido con las primeras luces de la mañana. Una noche tan dulce como excitante. Comenzaron, era domingo, hablando de Los cuatrocientos golpes, para descubrir que la pasión que sentían el uno por el otro era mucho más que amistad; después tomaron algún aperitivo en el único bar de la ciudad. Entonces David y Ana hablaron de música, de Marvin Gaye entre otros, un auténtico desconocido para Ana, así que decidieron ir a casa de David para escuchar esa, según él, música maravillosa. A David, siempre tan tímido y torturado todavía por las voces que vienen de una radio lejana, le sorprendió oírse cómo invitaba a Ana a su casa. Pensó, seguramente, que sólo iban a tomar un café, a escuchar un poco de música. En primer lugar escucharon What´s going on, y David le contó a Ana la intrahistoria del disco, los problemas que había tenido para grabar, las conversaciones con su hermano cuando éste volvió de Vietnam, y otras cosas que despertaron el interés de su invitada. Un hombre que es la voz de su tiempo, dijo Ana, y David comprendió tantas cosas. A Ana pareció entusiasmarle la música y pidió más: un tinto de verano (siempre el sur) y alguna canción más de Marvin Gaye. David le dijo que el disco más sensual que nadie ha grabado jamás era el Let´s going on, de Marvin Gaye, y al escucharlo, Ana entendió tantas cosas. Estaban cansados y los labios de David durmieron sobre los labios de Ana durante algún tiempo. Fue una buena noche: Marvin Gaye, algún susurro, algún gemido y la promesa de una mañana mucho más apetecible, piensa Ana ahora que David se ha ido y sus besos todavía están en sus labios.

miércoles, 20 de septiembre de 2006

Un pequeño resumen

Han sido días agotadores en Cutrelandia. Muchas parejas parecen contruirse, David y Ana, que pasaron todo el domingo bajo la sombra del único árbol que da amor. Cactus, la preciosa y diminuta Cactus y el que escribe estas líneas, con tantos cafés como caricias en los brazos. Antoin y su infinita tristeza. Carlos y sus perlas de sabiduría, aunque a veces, como todo genio que se precie, se quede dormido cuando algunos más lo necesitamos. Juan y su enemigo imaginario, "YO hice una guerra". Eva y la lluvia, las gotas de lluvia que mojan sus labios cuando mira hacia el cielo contando cuánto se mojará su vida hoy. Personas que, desde lejos, aman esta tierra y personas que lo darían todo por irse cuanto antes. La eterna cuestión de la perspectiva. Juan, que tras pasar noventa y nueve noches a la sombra del único árbol que da amor, hiciera calor o lloviera, rara vez, hay que decir, consiguió seducir a Margarita, aunque esta antes amara a Rafael. Parece por lo tanto que el poder del árbol no se ha debilitado tanto como creíamos. Acaso tenga algo que ver el hecho de que hace un mes que Antoin no se acerca a sus raíces. El rey de Cutrelandia y su pasión por los habitantes que un día fueron como él. Han pasado bastantes cosas aunque, como casi siempre, no todas las que debieran y las que habrán de pasar. Muchas cosas que aquí vendrán. Han pasado muchas cosas y, como dijo Carlos, si se escribe es porque no se está viviendo. Así que en estos días pocas han sido las palabras en esta tierra, viviendo como muchos estamos, olvidando por completo la tarea, ardua en ocasiones, de transmitir a las generaciones venideras nuestras andanzas para que puedan, en la medida de lo posible, aprender de ellas. O desaprender.

martes, 19 de septiembre de 2006

Domingos en Cutrelandia

No hay periódicos en Cutrelandia. Pocas son las noticias en un reino que casi nadie conoce, y que parece conoce, problemas de comunicación, poco de otras tierras. Los domingos todo el mundo se reune en la plaza más conocida de estas tierras, la plaza donde algunos esperamos con paciencia las ideas de Carlos, nuestro filósofo particular (españolators, la conocida teoría de los tres músculos). Sin embargo, parece que hoy se ha quedado dormido. Una pena. En ocasiones el rey se acerca a la plaza y cuenta a todos los habitantes su agenda semanal. No hay un domingo en que tarde más de cinco minutos; los que no han trabajado en su vida contemplan con impaciencia a su rey, esperando que algún día todas las miradas se dirijan hacia ellos, un día en el que el trabajo de rey les haga conocidos. Pocas veces, si una película se estrena, los habitantes comentan con pasión la película, la trama, sus personajes, los actores, y deciden si tendrá lugar en sus corazones. Las dos últimas, El apartamento, y Los cuatrociento golpes parecen haber calado en todos los espectadores, aunque, como siempre, algunos han criticado que el color no haya llegado a esta tierra, aunque muchos siguen prefiriendo la vida en blanco y negro, luces y sombras, películas como vidas, se escucha en muchas discusiones. Algunas parejas enamoradas se besan apasionadamente a la sombra del único árbol que da amor, y pasan todo el día bajo su sombra, sobre todo en días de mucho calor, en esta ardiente tierra del sur. Algunos chicos, y chicas, también se acercan al único árbol que da amor para que el amor que un día conocieron vuelva a sus vidas y, si nunca lo conocieron, para saber a qué sabe el amor cuando tú amas y eres correspondido. Y al árbol le crecen cada día más raíces.
Otros se quedan en casa, y ni siquiera el domingo parece alegrarles. Antoin dice que los domingos son la antesala del lunes como la vida es la antesala de la muerte, poco después de desayunar apenas un café solo y una magdalena más solo aun. Mira el cielo soleado de Cutrelandia y se pregunta si los besos de Lisa de las Praderas siguen siendo para cada uno de sus súbditos. Se levanta entonces para pasear por las calles más solitarias de la ciudad hasta perderse en ellas, y no encontrar en su camino más que las sombras que aparecen en un camino, imagina, siempre tortuoso. Otros tienen más suerte y encuentran a su lado, aunque no acaben de entenderlo, una preciosidad diminuta llamada Cactus que los despierta con la mejor de sus sonrisas. Una mañana con desayuno y compañía. Así son algunos domingos en Cutrelandia.

lunes, 18 de septiembre de 2006

Un café

- Me encanta tomar café en este bar. Hace años que no lo hago.
- No está mal. Yo era un adicto al café. Mientras escribía, café. Si leía café. Siempre café.
- ¿Y lo dejaste?
- Lo intenté numerosas veces, pero sólo conseguí tomar menos.
- YO, dice Cactus, nunca lo probé en la ciudad, pero la tranquilidad de estas calles hace que me pueda tomar un café contigo tranquilamente. Es genial.
- ¿Cómo era la vida en tu ciudad?
- En realidad, no sé porque hay veces en que la echo de menos. Cuanto hacíamos era estar a las órdenes de Utonio. Me gustaría saber si mis hermanas están bien. Espero que lo estén. Es difícil separarte de la gente que tienes.
- Creo que sí. Pero lo bueno es que tú puedes volver a verlas. Yo perdí a mi padre con ochenta años. Es terrible perder a alguien, aunque sea a los ochenta años. Además, murió por una idea, un lugar sin Fraga, un lugar más libre. Los viejos rebeldes los llamaban, y tenían razón. Morir por una causa, a esa edad, parece increíble.
- Lo siento. Nunca me dijiste nada. Debió ser difícil para ti.
- Nunca se lo dije a nadie. Por eso espero que alguna vez puedas ver a quien quieres. Además, entonces tu perspectiva es otra. Cosas que parecían importantes son triviales. Absolutamente triviales.
- ¿Por qué estás aquí?
- Por lo que estamos casi todos, supongo. Porque no deseamos que nadie pueda encontrarnos. Por perdernos. Por ser otros, aunque nunca dejemos de ser otros.
- También yo necesitaba cambiar. Y aquí estamos, en medio de ninguna parte, viendo películas en blanco y negro.
- Y tomando café en el único café de la ciudad. En la única calle principal.
- Viendo películas en blanco y negro que no me gustan demasiado. Aunque todo cambia si me abrazas.
- Imagino que es la necesidad de saber que tengo tanta vida cerca. Y tú pareces tan vital.
- Debe ser ahora porque, al principio, te lo prometo, parecía uno de los apéndices más amargos de Antoin. Todo era gris, todo era triste, todo era...
- Todavía me cuesta creerlo. Hay tanta vitalidad en ti. Eres ese tipo de mujer con la que a todo hombre le gustaría estar.
- ¿Qué tipo de mujer?
- No sé cómo describirlo. Alguien que hace nos queramos levantar un domingo temprano sólo por contemplar su sonrisa cuando le hacemos el desayuno.
- Gracias. Este fin de semana iré a tu casa.
- Allí estaré.
- Allí estaremos. Yo llevaré la sonrisa, tú lleva el desayuno.
- Seguro que sí.
- Hasta el próximo café.
- Hasta el próximo café. ¿En tu casa o en la mía?

sábado, 16 de septiembre de 2006

Hice una guerra

Fragmento tomado de las conversaciones que Chema, más conocido, como "Yo hice una guerra, tengo un lugar en la historia", mantiene con su creador, Juan, alejado ya de otros amigos imaginarios, para mal suyo y de Cutrelandia:
"Me han traído aquí, pero mi lugar es otro, mi lugar siempre es otro, el sitio de los grandes, de los más grandes: Julio César, Nerón, Isabel y Fernando, Tito Paco, todos los que, como yo, hicieron de la tierra en la crecí la más grande. Tito Paco y Tito Manuel, el de Palomares, tan fieles a una causa, a una idea. Y he tenido que apartar a tus amigos para que te des cuenta, de que yo, sólo yo, merezco un sitio en tu cabeza. Yo, que hice una guerra, casi solo, e hice que del mundo un lugar feliz.
Pero Tito Manolo entendió que debía irme a expandir su mensaje, yo, que hice cuanto estuvo en mis manos, en mi corazón, en la botella para encontrar la grandeza perdida, que empecé la guerra en le tercer ataque al corazón de Tito Manolo, y estuve susurrando a sus oídos, para que se recuperara: Españoles, Franco ha muerto, para que él supiera que no podía irse todavía, a sus ciento treinta y nueve años. No puedes irte, susurraba, España, grande y libre, te necesita. Y volvió, y tuve que irme, a, dijo, repartir nuestra palabra por los más diversos lugares. Y supo que yo había empezado una guerra, y me rechazó. La envidia de no tener el valor para lograr un lugar en la historia. Y me dejaron ir, perdido entre tantos otros, perdido, me dijeron, para encontrar otra vez la palabra, España, pero la palabra era yo, yo era la palabra, y pronto todos lo entenderán. Pronto, muy pronto".


viernes, 15 de septiembre de 2006

Diálogo

- ¿Cómo ha ido la semana?
- Bien, bien, cada vez me siento mejor aquí. Parece increíble pero un día podré llamar a esta tierra mi ciudad.
- Yo también me estoy encariñando. Dicen que lo importante de cualquier lugar no es el lugar en el que estás sino la gente con la que estás.
- En ese caso, es bueno estar aquí.
- Es bueno, a pesar de las películas en blanco y negro.
- A mí me gustan las películas en blanco y negro. El problema es que hay una cada no sabemos cuánto tiempo.
- Será que yo soy de la generación de los colores. Acostumbradas a verlo todo en colores y por televisión.
- Yo me acostumbré a ver películas en blanco y negro cuando era crítico. Y ver las mismas películas que veía entonces me parece genial. Aunque un poco aterrador.
- Eres demasiado viejo. Aunque un poco atractivo, diría yo. NO demasiado.
- Gracias por el cumplido. Tú eres un pequeño bombón. Diminuto pero sabroso, supongo.
- Algún día lo descubrirás, ¿no?
- Si tú quieres y yo me dejo, claro que sí.
- Me gustó mucho el final de la película. Esa sensación de libertad es la que busco.
- Y es la que yo espero que encuentres aquí, Cactus. Me gustaría que estuvieras aquí mucho tiempo.
- Al principio, y lo sabes, fue duro. Sólo buscaba perderme, desaparecer, ser otra, pero parece que, a veces, perderse es la mejor forma de encontrarse.
- Cosas que pasan. Tener la suerte de reencontrarse en unas tierras que nadie conoce apenas.
- Cosas que pasan. Aunque echo de menos la televisión en color.
- Yo estoy como en casa. Como en casa.
- ¿Quieres un café?
- ¿Un café? ¿En el único café de la ciudad? Claro que sí.
- Te invito entonces.

miércoles, 13 de septiembre de 2006

Lucía

Mucha gente nos ha hablado de personas que se han ido de estas tierras; muchos se fueron más al norte buscando una vida más interesante, un trabajo, un amor. Todo lo que no habían encontrado en sus vidas en este reino. Muchos se fueron para no volver jamás. Hubo otros que se marcharon porque nunca encontraron aquí el reconocimiento social que, según ellos, se merecían, tan inteligentes, tan geniales.
Acaso el caso más claro sea el de Lucía, que vivió en estas tierras sus primeros veinticinco años, y dedicó su vida a escribir, a imaginar palabras que pudieran tranquilizar a la gente, que pudieran llamar a las lágrimas, llamar a las sonrisas de la gente que tantas veces la leía. Poco a poco, se convirtió en la escritora favorita de todos estos habitantes, que repitían con placer cada una de sus frases, de sus expresiones hasta que un día, alguien, alguno de los habitantes de esta tierra llamada Cutrelandia se percató de que muchas de estas expresiones que aparecían en los libros de Lucía le eran conocidas. Y una cosa llevó a la otra. Muchos habitantes se percataron entonces de que mucha de las frases que aparecían en sus párrafos eran tomadas de conversaciones en la plaza y algunos de ellos, de memorias fotográficas, recordaron entonces que a veces las palabras eran transcripciones literales, algo que molestó a muchos. Sin embargo, ella aclaró, una y otra vez, ante sus vecinos que lo hacía en homenaje a ellos, pero estos respondían que, entonces para leer sus novelas, preferían escuchar las conversaciones en las que se basaban. Además, después de todas estas discusiones, cada vez que Lucía se acercaba a una de estas charlas, todos sus participantes bajaban la voz para que el homenaje de esta escritora partiera del silencio, de los susurros más cansados. Y Lucía se quedó sin palabras. Pensaba que el hecho de haber estado durante tanto tiempo cerca de ellas le permitiría volver a crear, volver a escribir, a pensar expresiones que consolaran, que alegraran a tanta gente, pero no ocurrió así. Las palabras, lamentablemente para Lucía, se habían ido. Y ella, a la que esta tierra la fue sumiendo en el olvido, decidió marcharse a otra tierra, también más al norte, para recuperar su confianza, su honor. Ahora es secretaria y su función es la de transcribir los discursos de sus jefes para que nadie, nunca, pueda olvidar sus palabras. Aunque muchos de los habitantes de Cutrelandia la hayan olvidado incluso a ella.

martes, 12 de septiembre de 2006

Buenas noticias

Hoy mucho de los habitantes de esta tierra se han encontrado, al levantarse y, después, caminar por las calles, una buena noticia: habrá nueva película en el cine después de que durante casi dos meses, El apartamento, de Billy Wilder, se haya emitido día tras día en el cine, aunque muchos de estos habitantes la han disfrutado numerosas veces. Sin embargo, ya se sabe, todo debe cambiar para que, poco después, todo siga igual. Como dice Carlos, el filósofo de estas tierras, todo el mundo se aferra a sus costumbres. Algunos habitantes, ilusos, han pensado si la película será en color. Y lo cierto es que sí, que la película será en colores: en blanco y negro, para ser más exactos. Y la película que darán en estos días, tal vez meses será Los cuatrocientos golpes, de un director francés que pocos habitantes de esta ciudad conocen, Francois Truffaut, cineasta de fama universal en años anteriores. Muchos habitantes se preguntan cuál será el argumento de la película, cuál su final, su principio, preguntas que convierten la película, cada película en una verdadero acontecimiento social en el que muchos invitan a personas que en algún momento podrían estar interesadas en ellas, personas como Cactus, que, con confianza, con una seguridad que ella creía perdida, invita al autor de estas líneas a la película después de haber compartido risas en el único café de este reino. También David invita a Ana, la profesora, a la película, para, dice él, observar el comportamiento de los niños en un entorno extremo (él sí conoce el argumento de esta película), y hay otros: chicos que invitan a chicas, chicas que invitan a chicos. Aunque también hay excepciones: Antoin de los Lobos piensa que el cine sólo es una forma de disfrazar la muerte, circunstancia inevitable que a todos, pronto o tarde, nos ha de llegar. Carlos no sabe si ir sólo, o acompañado por una chica argentina que conoció en uno de sus muchos viajes para, como siempre dice, conocer otras formas de pensar la vida; también Juan y alguno de sus amigos imaginarios verá la película (esperemos, por nuestro propio bien, que no sean todos). En fin, todo un acontecimiento del que formo parte y que no quiero perderme sobre todo cuando ha sido esa belleza diminuta llamada Cactus la que me ha invitado. Los cuatrocientos golpes, una forma como otra cualquiera de compartir un mundo, una conversación, una sonrisa. Una sonrisa en blanco y negro.

lunes, 11 de septiembre de 2006

Un lugar de reflexión

En Cutrelandia, como en toda tierra que se precie hay un lugar para la reflexión, un lugar para el pensamiento, único en ocasiones, diverso en otras, un sitio donde compartir ideas, escuchar, sobre todo, las de los demás si las tuyas te resultan insípidas, un sitio en el que refexionar sobre la vida, la muerte, el amor, todas estas casualidades que, como dice el filósofo más conocido de estos contornos, están permitidas a este lado del río ya que más allá, los problemas son muy diferentes, mucho más graves. Un sitio... la plaza del pueblo, vamos.
Y aquí podemos encontrar a todo tipo de personajes, desde ancianos que no tienen más de la vida que palabras y una mirada tranquila a todo aquello que les rodea, hasta antiguos reyes de Cutrelandia que, como dice nuestro más conocido filósofo, acostumbrados como estaban a una vida de contmplación y trabajo, trabajo de otros, claro, saben que pensar es el mejor trabajo que pueden seguir haciendo después de terminar con sus cinco años de reinado (de ellos han salido algunas ideas como la clonar a algunos músicos para actualizar la música en estas tierras), pensar y contemplar la vida desde lejos; también puedes encontrar incomprendidos, exiliados, amigos imaginarios que pretenden tener un lugar en el mundo aunque entre todos ellos, como nos han dicho muchos habitantes de por aquí destaca el filósofo más conocido, de nombre poco llamativo, pero de ideas brillantes.
Es quien acuñó el término de españolators (es fácil adivinar de dónde viene) para todos aquellos españoles que dan el espectáculo allá donde estén, y los viajes en avión, además de la serie Los serrano le sirvió para conocer a muchos. Cansado también de los españolators de cuerpo esbelto y cerebro vació dio en el clavo con su teoría de los tres músculos: sólo tres son los músculos necesarios en un hombre, pensaba y así se lo dijo a los que estaba en la plaza del pueblo que divulgaron sus ideas de forma rápida, tres, el del cerebro, el del corazón y... (no, no seáis mal pensados) el de la lengua. Ahora muchos, cuando lo ven llegar a la plaza, salen de la casa por escucharlo, por ver sus ideas son, como casi siempre, más brillantes que las de aquellos que un día fueron reyes. Y a él, por ahora, no parece importarle porque por ahora sus ideas fluyen sin ninguna dificultad, para bien de los habitantes de esta tierra.

domingo, 10 de septiembre de 2006

Sueña

Me voy a dormir, o a ver una peli, piensa, mientras son las doce de la noche de un día cualquiera en una gran ciudad y el cansancio, otra vez, una vez más, se apodera de ella. Hoy no me apetece salir, se dice, mientras mira las luces de la ciudad desconcertada, sin entender muy bien para quién se han encendido hoy. Me apetece quedarme en casa, fumarme un canuto (que no tengo), recuerda, y perderme en humos que me lleven a otra parte, a cualquier otra tierra, algún lugar donde nadie pueda conocerme, pasear por alguna de las calles de esta tierra y ver una película en blanco y negro, algo que hace tiempo, evoca, que no hago, que no he hecho desde que te has ido. Me apetece recordar cada beso tuyo, incluso los que no me diste, pensando a veces dónde estarás y si este tiempo te ha tratado bien, si al final, como siempre, dijiste, fuiste al sur, sólo por ver cómo el sol cegaba tus labios. Creo que abriré una botella de vino, leeré algunas palabras, palabras que vienen de lejos, pero me sienten cerca, que beberé algún vaso de vino mientras Dylan mastica cada palabra al viento y descubro cómo su voz ronca llena la habitación y me bebo, se dice, una copa a tu salud, para que los dos nos olvidemos alguna vez de nosotros mismos y seamos uno con lo que escuchamos. Me gustaría, por una vez, olvidarme de mí misma, no saber quién soy, sólo la música, sólo palabras que a veces es difícil descifrar pero que llegan al alma.
Buenas noches, hasta mañana, o hasta cuando nos volvamos a ver. Un beso, dice, un beso, imagina, y sueña que hay una tierra al sur, muy al sur que pocos conocen, una tierra pequeña, con un cine en el que sólo hay películas en blanco y negro y donde verá por primera vez El apartamento, recordando entonces que todas las buenas historias nos han hecho reír y llorar, reír y llorar, donde sólo hay una calle principal, y un café en el que todos se conocen, y conocen la vida de todos los demás, para bien y para mal. Y sueña que se pierde en esas calles y nadie podrá conocerla entonces y cómo, en las montañas que rodean la montaña se fuma un porro en la más absoluta de las tranquilidades esperando la próxima película, que tardará en llegar, en blancoy y negro que pondrán en el único cine de la ciudad. Un beso, se dice, y alguien, a lo lejos, en sueños parece contestarle.

jueves, 7 de septiembre de 2006

Conversaciones de café

Hay dos bares en Cutrelandia e, incluso así, algunos de sus habitantes pueden equivocarse a veces, aunque los dos no estén demasiado lejos, uno en la calle principal y otro en una de las bocacalles de la principal. No hay más de cinco minutos entre ambos pero muchos aparecen en el bar erróneo si tienen la oportunidad. Es el lugar de encuentro de muchos de ellos, que forman una gran familia en ocasiones. Sólo dos bares en una ciudad hacen que todos se conozcan, todos aquellos, claro, que van a esos bares, ya que algunos como Antoin de los Lobos suelen decirse que ir a un bar es una inútil forma de gastar el dinero que puede necesitar para tantas otras cosas, aunque todos piensen que ese dinero irá a la tumba con él porque lleva más de seis meses sin visitar algo que esté más allá de su calle. Otros nuevos vecinos empiezan a tomar café, una cerveza, de forma habitual, y aquí están algunas de las conversaciones que hemos podido ir en estos días, recogidos de forma casual porque nada más lejos de nuestra intención intentar conocer lo que dicen los demás:

- Cuando estás en tantos sitios, tienes la certeza de que no perteneces a ninguno.
- En realidad, no importa donde estás sino la gente con la que estás.
- Tienes razón: me encanta estar aquí contigo.
- Tantos me han dicho lo mismo. Pero gracias. Tomaremos otro café, claro que sí. Pero sólo si tú pagas.
- Cómo no. Todo sea por una buena charla, y unos mejores silencios.

- ¿Quién será ella?
- Lo cierto es que me suena. Tan pequeña, con esos ojos verdes tan expresivos.
- Tal vez la hayamos visto en una de esas películas que vemos en el cine.
- Chico, las películas son en blanco y negro así que parece difícil.
- Deja volar tu imaginación. ¿Quién sabe?
- Mi imaginación vuela, pero mucho menos que la tuya por lo que veo. Necesitamos otra cerveza.
- Cerveza, siempre.

- Y aquel fue el último día que nos vimos. Fue un poco raro.
- Ahora parece estar más loco que antes.
- Es una pena. Era brillante. Pero la muerte de sus padres...
- Hay tragedias que nos marcan de por vida. Y la de él fue de las peores. y ahora verlo solo es triste.
- Fue un gran amigo y tengo la sensación de que le hemos fallado.
- Nunca supimos qué hacer, excepto huir cuando se acercaba.
- Ahí viene, y parece ido. Deberíamos saludarle.
- YO... no puedo. Tengo cosas que hacer. Otro día.
- Yo también. Además, no creo que recuerde quiénes somos.
- NO, seguro que no...

- Ayer vi Salsacutre.
- Yo también. Cada día es más patético.
- Tienes razón: no acabo de entender el odio hacia Manolito Kant.
- NO deja de ser gracioso: la señal de ese programa nos llega con suerte dos veces al mes, pero siempre es el mismo odio atroz.
- Es verdad. Kant no salió de su pueblo, vale, pero sigue siendo un gran filósofo, aunque sea el tipo más aburrido del mundo.
- Abandoné cuando empezaron con Marx. Hay gente a la que no deben tocar, jamás.
- Empieza a ser aburrido. Tanto ataque verbal, tan estupidez. Marx, además, parecía agotado y no lo dejaron en todo el programa.
- ¿Y el proletariado, Marx, y el proletariado?
- Yo creía que iba a decirles el proletariado sois vosotros, desgraciados pero es demasiado gentil.
Hay otras conversaciones, siempre las hay, pero se perdieron, como dijo Dylan, en el viento, así que si alguna vez llegan a tus oídos, haz el favor de contárnoslas para construir las historias cotidianas de uan tierra que unos llaman hogar y otros Cutrelandia.


miércoles, 6 de septiembre de 2006

Algún día

Algún día, Cactus, te contaré cómo, cuando menos lo pensamos, la vida nos puede sorprender gratamente, te hablaré del lugar en el que crecí, de cómo en mis treinta años de vida una de las imágenes que más conservo en la retina es la de un hombre bañándose en Palomares. Estaba en los más diversos lugares: en las noticias, en series como Cuéntame, en programas del corazón, en las series infantiles con las que tantas veces crecí. En Verano azul la imagen de su cuerpo saliendo de turbias aguas, un día después de la muerte de Chanquete, despertó tantos miedos en niños sensibles como yo. Así vivíamos el día a día: nosotros frente a nuestro pasado, presente y futuro. Así era la historia y así nos la contaban los héroes de nuestro tiempo.
Algún día te contaré por qué tuve que irme de esas tierras para perderme en un reino, siempre lo repites, olvidado por el tiempo; después sonríes y empiezo a entender por qué nos hemos encontrado aquí, como un café puede llevar a otro café, una conversación a otra conversación, y una silla a una cama (perdóname, soy un hombre, no lo olvides). Y tendré una historia para ti, la que siempre me pides, por qué, me dices curiosa, por qué te fuiste. y será una historia triste, con la que nos reíremos tantas veces, con la que olvidaremos que cuantos estamos aquí tenemos profundas cicatrices que esperamos borrar algún día con una pequeña ayuda de nuestros amigos. Y habrá cosas que nunca podré contarte porque me duelen cuando están en mis labios.
Algún día, te contaré que las palabras sólo tienen valor si se usan para ayudar a los demás, para calmar a quien tienes a tu lado, para arrancar a una sonrisa a tu vida. Y nos reíremos hablando del Príncipe Amargo. Me dirás: ahora lo sé, ahora sé que la vida es para reírse. Para descojonarse, te susurraré al oído, y tú sonreirás entonces. Nos espera la cama, pensaremos mientras caminamos olvidando todo lo que nos trajo hasta aquí. Algún día.

martes, 5 de septiembre de 2006

Un día de octubre

Llegaron un día de octubre con nubes y lluvia en el que nadie se había levantado todavía, pero fueron los primeros y su gritos los que despertaron a los habitantes de Cutrelandia. Y lo cierto es que el sueño, todavía el sueño, hacía que las palabras de los nuevos habitantes de este reino eran ininteligibles a estas horas de la mañana. Además, muchos de los habitantes de Cutrelandia no dejaban de preguntarse cómo podía alguien acercarse a sus tierras, cuando muchos de ellos se habrían ido en cuanto hubiesen tenido la oportunidad. Y las nubes amenazando lluvia. Gente que salía de sus casas semidesnuda intentando descubrir de dónde procedía todo ese ruido, esos gritos ensordecedores que provenían de caras que no habían visto en sus vidas. y que proclamaban palabras que no habían escuchado jamás. Dios vendrá a esta tierra impura un día, y los súbditos de Cutrelandia se preguntaban entre ellos si Dios era el nombre que a veces se aba el rey para vivir de tantos otros. Una tierra impura, no como la tierra pura, qué casualidad, gritaron algunos, de la que nosotros venimos, tierra de sol que traeremos para vosotros un día. Una tierra en la que hombres y mujeres caminan separadamente sin pecar en momento alguno concebidos sus cuerpos sólo para procrear. La mujer es la semilla, la mujer es la semilla, gritaban, y las nubes empezaban a desaparecer. Pronto, cansados, hombres y mujeres volvieron a casa y los nómadas, tal habían llegado, se fueron. Y muchos de los habitantes de Cutrelandia se preguntaron dónde tendrán éxito esas extrañas ideas que nos han traído leginarios como estos. En pocas partes, pensaron, en pocas partes, mientras hombres y mujeres compartían cama, niños y niñas compartína juego, chicos y chicas escuchaban la música que en estas tierras existían. La pureza, pensaron, algunos de ser un lugar perdido en el mundo, en el que las costumbres, las tradiciones son muy otras.

lunes, 4 de septiembre de 2006

A veces

A veces, como hemos dicho anteriormente, es difícil en este país obtener las comunicaciones necesarias para hablar al resto del mundo. Durante unos días hemos perdido todo rastro, toda señal de que más allá de las montañas que rodean este reino pudiera existir algo más. Ahora empiezo a comprender el dicho de que estas tierras parecen olvidadas, absoluta y completamente, por el tiempo. En este tiempo han pasado algunas cosas: Cactus ha tenido alguna cita más, con el mismo chico, aunque ahora no podamos recordar su nombre, y cada día parece más feliz. Algunas veces, se acerca al árbol que da sombra y parece agredecerle que las cosas empiecen a ir bien en su vida, aunque pocos sepan que la chica, esa diminuta belleza con carácter, fue durante unos años toda una heroína. David parece menos torturado ahora por las voces de la COPE y algunas de sus conversaciones, es de agradecer, empiezan a tener sentido: parece que quiere quedarse en estas tierras a pesar de que su hijo no parezca demasiado feliz. Otras cosas siguen igual: a veces, el muñeco diabólico hace su aparición: hice una guerra, tengo un lugar en la historia, y nos sume en la más absoluta de las nostalgias, ya que el mal nunca, hasta ahora, se había instalado aquí. Como mucho, había llegado a las montañas. A veces, el alcalde invita al cine a aquellos que no han conseguido un trabajo, pero lo tuvieron en algún momento, con lo que la posibilidad de ser reyes se ha desvanecido. Y ellos parecen felices con algunas películas, siempre en blanco y negro. El color en las pantallas es desconocido por el momento aquí. Y, a veces, se abren las puertas de algunas cosas y unos hablan con otros de tantas cosas: el romance de Cactus, la tristeza infinita del que nos tiene harto, ese maldito Príncipe Amargo, las locuras de los amigos, y enemigos imaginarios. Aquí todavía hay tiempo para sentarse, hablar, disfrutar de un tiempo irremediablemente perdido, irremediablemente ganado. A veces, vivir en reinos pequeños tiene sus ventajas, y todos intentan disfrutarlas. A veces.