martes, 31 de octubre de 2006

Cosas que pasan en la calle

Pasan, una semana de lluvia ya, nubes que dejan alegría en muchos de los habitantes de Cutrelandia y agua en muchos de los vasos que han de beberse en meses posteriores: cuenta la gente, los más viejos, más sabios a veces, que hace mucho, mucho tiempo, la gente solía desnudarse en estas primeras lluvias, agradecidos por el agua que llegaba, que nunca era mucha.
Pasan parejas: David y Ana, que se acercan al colegio de esta sin ningún miedo: aquí los niños pueden sentirse emocionados ante cualquier atisbo de vida, de cultura: aprender a leer, la primera letra, la primera palabra sigue siendo para ellos el más grande de los misterios. Muchos de ellos, al leer esa primera palabra, llevarán a sus labios otra: gracias. Ana empieza a saber que este es ahora su hogar. Pasan Juan y Eva, lejos de cualquier adicción, sus palabras hablan de serenidad, calma, de amistad inesperada: estas semanas se han sentido más cerca el uno de la otra para alegría de una gente, la de este reino, a la que le gustaría ver, después de lo que han pasado, a ambos tranquilos, incluso, si es posible, felices. Ahora se les puede ver en el único café de la ciudad, compartiendo palabras, silencios, un gestos, muy de cuando en cuando una caricia. Muchos se preguntan, desean que mucho sea el bien para los dos. Pasan Carlos y Luisa, a la que algunos siguen llamando Luz, y Luisa se muestra un tanto apagada, después de la visita a la casa de Antoin, al que invocan las madres cuando sus hijos no quieren comer nada.
Pasan Cactus, su diminuto cuerpo, su pequeña sonrisa, y Jose, deseando, son, hay que recordarlo, las primeras horas de la mañana, tomar un café, un chocolate, unos churros, una caricia, algunos besos, ánimo para el día que comienza y todos los días que vendrán. Pasa un hasta luego, nos veremos esta tarde, empiezo a quererte, te quiero, te esperaré: Leonard Cohen, Marvin Gaye y yo, no soy celoso. Pasan las piernas de Cactus, la mirada de Jose mientras se va, un último suspiro.
Pasa gente que habla de los lugares que han tenido que marchar para acabar en estas calles que nadie parece conocer, en las que uno parecen haber encontrado su segunda casa y otros sólo han encontrado un exilio más doloroso del que pudieron imaginar. Tantas historias que se nos cuentan, tantas cosas que se imaginan. Pasan los días, la gente, pasan historias aunque de algunas de ellas cuanto tengamos sea un recuerdo leve, fugaz, que nos estremece los dedos sin saber por qué.

lunes, 30 de octubre de 2006

Azul oscuro casi negro

Llamaron a la puerta y a Antonio le pareció un engaño de su imaginación, la última vez que llamaron fue hace más de seis meses pero pronto supo que realmente llamaban porque estuvieron golpeando la puerta durante algunos minutos. Una visita, tal vez no supiera qué debía hacer, pensó, mientras abría la puerta. Al otro lado de la puerta había una chica joven, de unos treinta años, como yo, se dijo, aunque nadie que lo viera podría decir que todavía no había cumplido los treinta, porque las sombras de sus ojos, de su piel lo acercaban a los cincuenta y más.
- Hola Luz, ¿qué te trae por aquí?
- No, no me llamo Luz, aunque mucha gente en estas calles empiece a llamarme así. Me llamo Luisa.
- Perdón. Luisa, ¿qué te trae por aquí?
- La verdad, no lo sé. Supongo que...
- Querías hablar con el hombre del que todo el mundo habla, el hombre de moda, el hombre de gris.
- NO lo sé, tal vez, simplemente pasaba por aquí y sentí la necesidad de acercarme, de hablar contigo. Es un poco extraño. Un nudo en mi estómago me decía que me acercara...
- No pasa nada. Todo el mundo, cuando llega a este reino, se acerca a mi puerta. Suele ser la primera visita que hacen. Hay algo en esta casa que atrae a toda la gente. ¿Quieres pasar? Te invito a un café.
- Gracias, no sé si será una molestia.
- Seguro que no, hace un montón de tiempo que no hablo con nadie. A lo mejor hasta es bueno.
- ¿Por qué no? Un café.
- Entremos entonces.
La casa, Antoin lo sabía despertaba la curiosidad de todos los que allí entraban: paredes de tonos apagados, escasos muebles, una música a media voz, circunstancias suficientes para que el ánimo de la gente que se sentaba a tomar un café se fuera apagando poco a poco, como habían apagado sus días. Príncipe un día, amargo en estos, la vida, siempre injusta, lo había condenado a no ser nadie. Tardó unos cinco minutos en preparar café y Luz, no, Luisa lo miraba con intensidad. Tal vez deseara realizar la pregunta qué todo el mundo le hacía pero Antoin preguntó primero:
- ¿Qué te trae por aquí, por estas tierras olvidadadas del tiempo? ¿Un amor, un desamor, un sistema político? ¿La necesidad de escapar de todo?
- No lo sé, unas líneas, dijo Luisa, un nudo en el estómago. Muchas cosas y ninguna, supongo. Y a ti, ¿qué te trajo aquí?
- ¿Cómo? No puedo creer que no lo sepas, toda la gente lo sabe en estas tierras. Un amor desafortunado, una mujer que durmió con cada súbdito de su reino, cuando yo era príncipe. Un amor desperdiciado.
- No tenía ni idea, no pregunté a nadie. Lo siento. Debe ser duro.
- ¿Duro? Estar en una tierra que me prometí no visitar jamás, con una gente que me culpa de casi todas sus desgracias, que apenas me hablan. Lo creas o no, se puede sobrellevar.
- ¿Cómo puedes soportarlo?
- Ley de vida. El tiempo no es ilimitado. Cada tragedia tiene su tiempo, y la mía es pequeña, diminuta. Y pasará, como pasaré yo. Como pasarás tú. Como pasará todo el mundo.
- Visto así, tienes razón. Pero no crees que por eso debes buscar la vida...
- ¿Disfrutar de la vida? ¿Buscar el amor y que no me encuentre? Ya he estado ahí, es patético. La vida es la peor de la tragedia. NO hay más color que el negro. Todos esos colores, esos juegos absurdos, literatura, arte, cine, el amor, no son sino disfraces para engañar a la muerte. Nada vale nada.
- Pero nosotros estamos aquí, vivos, y somos injustos si cuanto hacemos es quejarnos de esta porquería de vida. O se vive o se muere. Pero no podemos vivir para desear morir.
- ¿Quién lo dice? Un día tú y yo, que tomamos café ahora, estaremos en otro lugar. Y nadie se acordará de nosotros cuando hayamos muerto. Es como ese estúpido árbol que da sombra y entrega amor. Amor, ¿de qué tipo? ¿a quién? Yo nunca se lo pedí. Y aquí estoy, en esta casa en sombras, alejado de todo cuanto me define porque un día, una vez, la vida me quitó todo lo que me pertenecía.
Antoin hablaba y hablaba sin darse cuenta de que minutos antes Luisa, acaso cansada de tanto desánimo, de tanto cansancio de vida en palabras, se había marchado en silencio, sin despedirse de él, algo no muy soprendente, ya que sus últimos tres visitantes, Carlos, Cactus y alguien que vino de lejos para hablar de gente que amaba bajo estos árboles, habían hecho lo mismos. Irse cuando él, una y otra vez, con insistencia atacaba la vida, cuando la vida lo había atacado antes tantas veces. La soledad, pensó, es la más fiel de todas las mujeres, mientras sorbía con desgana las últimas gotas de un café tan negro como su corazón que, en momentos como estos, tanto echaba de menos su norte.

domingo, 29 de octubre de 2006

Relato pornográfico de bajo presupuesto II

Cactus parece cansada a estas horas de la tarde, cuando la noche ya es un hecho. Cansada pero tranquila, feliz en ocasiones, piensa, ahora que sabe que está muy lejos de los primeros días que pasó en estas calles. Llegar a este reino, sobrellevando la tristeza de un desamor que ya se fue, parecía suficiente para que ella y Antoin fueran grandes amigos en los primeros días, aquellos en que la vida no importaba y era apenas una tarde de domingo con desgana. Cada vez que pasa por la casa de Antoin sigue sintiendo escalofríos, recordando las veces que estuvo en esa casa oscura, sombría, donde sus seguidores alaban la desgana, la apatía. Fueron unos primeros días difíciles en los que sólo quería terminar con todo, olvidar que había casi existido, aunque pronto comprendiera que hay puertas que se cierran pero también que se abren, y supo ver en el momento adecuado las que se abrieron para escapar de tanto gris, de tanta sombra como había en sus ojos. Poco después salió a las calles, encontró gente que, como ella, había escapado de sus vidas intentando encontrar su lugar en el mundo. Como ella, todos tenían historias que contar, un nudo en el estómago cuando llegaron y, poco a poco, supieron que este podía ser su lugar. Descubrió entonces el único bar de la ciudad, donde tuvo varias citas con Jose que, cuando tiene tiempo, suele escribir historias aunque le guste decir que son las historias las que escriben a la gente. Me pregunto, se dice Cactus, que estará haciendo ahora, tal vez esté narrando las pequeñas anécdotas de unas tierras perdidas en el sur y más allá y de sus habitantes. Así son ahora sus días en estas calles, ahora que desea llegar a casa y encontrar a Jose sentado en su sofá, distraído como siempre, y besarle la nuca para despertarlo al mundo otra vez. No te he oído entrar, te dirá, perdido y solo, mientras tu sonrisa, tu diminuta sonrisa, lo devuelve a la realidad. Y te dirá, como cada día: me alegra saber que has vuelto, todo es mejor desde que estás aquí. Y os besaréis con la intensa ternura de aquellos que han vuelto a encontrarse por primera vez. Caerá la ropa, dance me to the end of love, caerá la lluvia y escucharéis, todo está tan lejos, el otoño en las ventanas, y sus manos acariciarán tu cuerpo, todo será distinto entonces, todo será nuevo otra vez en estos primeros días, todo será siempre en tan poco tiempo. Y a un beso le seguirá otro beso, a una caricia tantas caricias, y todo cuerpo, perderá su horizonte, será sólo un gemido entonces, un susurro que conmoverá la cama, y podremos olvidarnos del mundo entonces. Adentro, más adentro. Porque nada, más allá de nosotros, de nuestros cuerpos sin más, podrá importar entonces, porque nada importará excepto tú y yo, y el mundo podrá pararse entonces. Tú, yo. Algunos minutos más. Tal vez horas: olvidémonos de ti, de mí, de nosotros. Adentro, más adentro.

viernes, 27 de octubre de 2006

Coplas de la calle

En la cama sólo importan dos,
y tú, que todos lo tengan claro,
tú importas mucho más que yo.

jueves, 26 de octubre de 2006

Españolator

1. Dícese de aquella persona, de origen o nacionalidad española que cree que, por el mero hecho de vender muchos libros, Federico Jiménez Losantos es buen escritor; además, lo considera buen comunicador y, para colmo, piensa que sus textos invitan a la reflexión. 2. Dícese de aquella persona, de origen o nacionalidad española, que cree que, por el hecho de vender muchos discos, David Bisbalt, es un músico; además, lo considera, tras haber compuesto muchos de los temas de su último disco, buen intérprete y, para colmo, cree que es un gran compositor. A la pregunta de si conoce a Bob Dylan, Leonard Cohen, Joni Mitchell, Marvin Gaye, etc. suele contestar: no tengo ningún interés en política. 3. Dícese de aquella persona, de origen o nacionalidad española, que viaja a una ciudad perdida de Alemania, cena en un restaurante español una tortilla de patatas para decir después: no hay comida como la española. 4. Dícese de aquella persona, de origen o nacionalidad española, que opina que Los Serrano es la mejor serie de televisión que ha existido jamás y Fran Perea un gran cantante. Suelen ser adolescentes que creen que el instituto no es más que un mero apéndice de la serie y El Quijote, una telenovela argentina en la que La Mancha no es sino un instituto privado en que los rebeldes tratan de encontrar un amor verdadero. 5. Dícese de aquella persona, de origen o nacionalidad española que, aunque no se confiesa monárquica, se declara juancarlista. 6. Dícese de aquella persona, de origen o nacionalidad española, que comenta cada escena que contempla en el cine, en el teatro, etc. Este tipo de personas suele ser conocidas como notas a pie de página.
En realidad, podrían ser tantas las definiciones, infinitas, pero sería mejor dejar a la imaginación de nuestros lectores, tal vez cuatro, para qué engañarnos, otros ejemplos, definiciones o clasificaciones.

miércoles, 25 de octubre de 2006

Presentaciones (II)

- ¿Cómo te llamas?, preguntó Ana, pero la chica del norte parecía despistada, así que volvió a preguntar.
- Perdón, estaba pensando. Luisa, me llamo Luisa.
- Hola Luisa. No te preocupes demasiado. Lo que hace todo el mundo la primera vez que está en este bar es mirar a Antoin. Nos puede la curiosidad, dijo Carlos.
- ¿Por qué está así? Parece triste, amargado.
- Sí, creo que es la palabra que mejor lo define. El Príncipe Amargo. Su historia es una historia triste, como la de casi todos. Algunos los superan, otros no. Otros, simplemente, odian la vida y se odian a sí mismos.
- Algunas, antes de venir, añadió Ana, estábamos perdidas. Ahora, en estas tierras olvidadas por el tiempo, todo parece distinto. Pero duele que la primera impresión que tengas de estas calles sea amarga.
- Entiendo, continuó David, que mucha gente lo odie. Sobre todo los que le culpan de que el árbol que da sombra no entregue amor en los últimos meses.
- Pero no deberías preocuparte. Son calles, porque son pocas, que te ganan en algún momento.
- Así lo decían las notas del libro. Poco a poco son tierras que forman parte de ti. Y tú esperas formar parte de ella. Sería bueno también visitar ese árbol. ¿Quién sabe?
- Si pasara algo bueno, serías la nueva heroína de estas tierras.
- Y el rey, ¿cómo aquí, con todos los demás? Sí, ha decidido comer en el bar de la ciudad. El anterior solía comer lo que cazaba: carne de jabalí, carne de cerdo, carne de oso. Alguno vieron por aquí, pero no parecía demasiado peligroso.
- Es extraño. Ahora hay poca gente en el bar ¿no?
- Cosas que pasan. Tal vez estén en casa, leyendo un libro, contemplando la lluvia, pensando en lo que se ha ido. O, tal vez, simplemente estén comiendo en casa.
- Decían las notas del libro que aquí llovía poco pero parece...
- Lleva una semana lloviendo, también a nosotros nos parece increíble.
- Bueno, dijo Carlos, tengo que irme. Nos veremos otro día.
También Luisa tenía que irse, quería descansar aunque Carlos le prometió que le enseñaría el resto de estas tierras, un lugar pequeño, dijo, muy pequeño, el día que ella quisiera. Ana y David se quedaron cerca de la mesa donde el rey y sus más allegados disfrutaban de una comida en abundancia.

martes, 24 de octubre de 2006

Presentaciones

- Vaya primer fin de semana- dijo la chica del norte. Menos mal que la gente se ha negado a acpetar el dinero de ese tipo. Conozco ciudades que sólo son cemento y cristal y un parque, claro, que no falte la naturaleza.
- No es muy común, pero Antoin dice que vendrán y vendrán hasta que un día digamos sí- respondió David.
- Antoin, tan optimista como siempre, se sumó Carlos. Por ahora, parece que este seguirá siendo un pueblo pequeño, con árbol y leyenda, también con un cine en blanco y negro.
- Sí, las razones que me trajeron aquí. Las anotaciones en un libro que encontré en uno de los pequeños parques que había en mi ciudad. Alguien estuvo aquí.
- Y, preguntó Carlos, tienes el libro aquí.
- Sí, no aquí, pero sí en casa.
- Si lo recuerdas, me encantaría que lo trajeras, dijeron David y Carlos al unísono. Ambos miraban un tanto absortos a esta chica que había venido del norte a una de las tierras más perdidas que se podían encontrar en el sur. En sus ojos aparecía por qué. Ella lo sabía pero no supo dar una respuesta: pensó que tal vez necesitara, como tantos, alejarse de su vida, no quiero madurar, pensó, aquellas páginas me trajeron a estas tierras y era pronto para lamentarse o alegrarse. Ambos, David y Carlos, entendieron que no podía encontrar la razón más pronunciada y le preguntaron si quería acercarse al único bar de la ciudad.
- He estado una vez pero no conocía a nadie, dijo.
- Nosotros, le aseguró David, haremos las presentaciones.
Caminaron poco tiempo porque pocas eran las calles por donde pasear. En el bar había poca gente; Carlos y David le hablaron de Juan, su amigo imaginario, que parecía haberse desvanecido, y Eva, adicta a los móviles, a la lluvia, y mucho más tranquila ahora. Ambos se habían hecho mucho bien, algo que encantaba a toda la gente. A su lado estaba el rey, cansado de la música que sus predecesores le habían dejado, buscando soluciones que no llevaran al paredón a los clones de Bisbalt y demás, decidiendo que en estos meses sólo fuera posible escuchar música de los años 60 y 70, apasionado como él siempre había sido de estas décadas. Ana esperaba a David, que fue recibido con una pequeña caricia. El encanto de las pequeñas cosas, pensó David, mientras Ana y la chica del norte se besaban en la mejilla. No había nadie más; sólo el dueño del único café de la ciudad que, a su vez, era el camarero. Un pequeño saludo fue suficiente. Un poco más lejos, a unos metros de la puerta del bar, alguien, de rostro triste, caminaba; supo inmediatamente que era Antoin y volvió al bar, a sus nuevos amigos.
- ¿Cómo te llamas?, preguntó Ana. No he escuchado tu nombre.

lunes, 23 de octubre de 2006

Humo


Llegó un viernes tarde, y algunos, entre ellos David, sintió, sin saber por qué, un escalofrío. LLovía otra vez, y el viento molestaba a todo aquel que llevaba paraguas. Llegó un viernes por la tarde y se alojó en el único hotel de la ciudad. Casualmente, estaba a escasos metros del único café que había en la ciudad. Descansó toda la tarde del viernes y el sábado habló con todo aquel que estaba tomando un chocolate (eran, recordemos, los primeros días de octubre y comenzaba ahacer frío) de que casi nadie podía tener acceso, las carreteras eran muy malas, a estas maravillosas tierras. No entendía, por otra parte, repitió una y otra vez, por qué llaman a esta tierra Cutrelandia. Algunos pensaron, mientras se sonreían, para que poca gente llegue aquí: queremos seguir siendo unas diez calles tranquilas, un café y películas en blanco y negro, queremos salir a la calle, saludar y ser saludados. Dijo: conseguiré que todo el mundo pueda llegar a este reino, conseguiré que este pueblo tenga más dinero, que podáis tener más dinero del que nunca pudisteis soñar, y algunos lo escucharon, aunque no entendieran demasiado ese concepto. Eran amables y estaban acostumbrados, por ejemplo, al amigo imaginario de Juan, que parecía haber desaparecido. Este nuevo hombre se le parecía en algunos gestos. Habló de pequeños sacrificios: si queréis que venga más gente, especulemos, dijo, tendremos que construir más carreteras, hacer más amplias las calles, pero, a la larga, todo será bueno: habrá más trabajo, más vida en las calles, más comercios donde comprar, y algunos escucharon. A lo lejos el Príncipe Amargo contemplaba la escena imaginando que pronto también estas calles desaparecerían, para dar lugar, tal vez, a unas avenidas sin alma. Y siguió hablando; dijo: el precio será pequeño, sólo necesitamos, para mejorar las comunicaciones, talar algunos árboles. Todos, entonces, dejaron de escucharlo. El árbol que da sombra y entrega amor. Algunos de ellos decidieron acercarse a él y jugar a humo, humo y ladrillos. ¿Humo y ladrillos?, preguntó él. Humo: tu política es humo, no hay nada en ella, sólo ciudades que lo devoran todo. Tu política es humo: desaparece en cinco minutos o todos los ladrillos que hay en nuestras manos acabarán en tu cabeza.

sábado, 21 de octubre de 2006

Heidi ya no vive aquí (II)

Heidi volvió a las montañas. Era julio y Heidi volvió a las montañas. A la brisa suave de los días en los que sí se podía salir a la calle. Volvió a un pueblo pequeño al norte, muy al norte, aunque el sur fuera con ella. El sur la acompañaba a muchas partes, en el sur, pensaba, he vuelto a ser yo misma, a recuperar tanta libertad perdida. Tantas cosas en las manos, tantas cosas en la imaginación. Le hubiese encantado quedarse pero, a veces, quedarse es lo más difícil. Recordarlo era hermoso, recordarlo era saber que ella había sido feliz con 40 grados, un poco de felicidad a sol y sombra. Sol a las diez, a las once de la noche incluso. Sol y gente en las calles, la vida era en las calles, y la sonrisa de todos la hacía sentir mejor. Y pasear por los pasillos de un viejo palacio, de unos viejos alcázares la llevaba a perderse en el tiempo. En las casas del norte ahora era octubre y hacía frío, llovía en ocasiones, en ocasiones llovían manzanas y el sueño era más difícil. En días como estos lo mejor era escuchar música. A veces escuchaba a Kiko Veneno, y podía escuchar el sur. Kiko era el sur, era las calles con sol, Kiko Veneno era si tú no te das cuenta de lo que vale, el mundo es una tontería, Kiko Veneno era bilonguis, era el fuego en el Monte de venus. Era todo un lince. Kiko Veneno, siempre que lo escuchaba era el sur. Llegaban entonces los paseos cerca del río, las tapas y algún kilo de más. Un buen año, pensaba y contemplaba la lluvia desde lejos. Un buen año. Siempre se puede volver, esperaba, siempre es posible. Y pensaba en la gente que había dejado allí, en las palabras que había compartido, en los silencios que había escuchado. A veces, llovían manzanas y era muy temprano. La vida sigue, pensaba entonces, pero el sur siempre será un refugio. Y, alguna vez, mientras ella pensaba en la gente que había dejado al sur, alguien pensaba en ella.

miércoles, 18 de octubre de 2006

Heidi ya no vive aquí

- Hey, Heidi, ¿qué haces por aquí?
- Otra vez Heidi, llevas haciendo el mismo chiste más de medio año. Tienes que cambiar. Ya no es divertido.
- Imagino que no, ¿qué hace una chica austríaca en el sur?
- Una chica italiana, italiana. Es el mismo chiste, durante seis meses. Muy divertido. Ja.
- Rubia, ojos verdes, habla alemán y es italiana. Ni Groucho Marx lo diría.
- Venía a verte, pero no sé si he hecho bien. A lo mejor quedo con otro amigo.
- No, sólo son tonterías. Un minuto más, me lavo la cara. La siesta es la siesta. Y damos una vuelta.
- Perfecto. Sólo un minuto.
- Sólo un minuto. Ya podemos irnos.
- ¿Qué quieres hacer, Heidi? ¿Tomar un café? ¿Tomar un tinto de verano? Recuerda que no podrás hacerlo en tu tierra.
- ¿Por qué no lo hacemos todo? Son mis últimos días y me encantaría pasar mucho tiempo contigo en estos días. Vuelve a enseñarme la ciudad, las calles, los bares, la gente, la vida...
- Lo que quieras. Todo lo que quieras. Me encanta tu pelo rasta, me encanta. Sé que te lo digo cada día. También tenía que decírtelo hoy. Soy repetitivo, ya lo sabes.
- Me lo voy a cortar.
- Si lo haces, no volveré a hablarte en la vida, ni a escribirte ningún email. Nada de nada.
- Cuando vuelva al norte de Italia, me lo cortaré. No lo dudes.
- ¿Por qué?
- Ganas de cambiar, sólo son ganas de cambiar. En estos meses mi vida ha cambiado tanto. Rompí con mi novio, recuperé una sensación de libertad que creía perdida...
- No hay nada como la libertad...
- Siempre interrumpiendo, siempre. Es una broma. La libertad es genial, he conocido a tanta gente, he ido al teatro, al cine, he vivido casi en la calle. Una pena no encontrar trabajo.
- Una auténtica pena. Me hubiese encantado que te quedaras aquí. Tienes que volver, alguna vez.
- Me encantaría. Y que me grabaras más música. Me encanta Joni Mitchell. All I want es genial. Otra vez la sensación de libertad de la canción.
Mientras habla, miras a Heidi con atención recordando tanta escenas sueltas, tantos momentos: el día en que bebiste con ella hasta emborracharte durante más de cinco horas, visteis entonces un partido de fútbol y ella estaba tan hermosa, con ese pequeño mechón cayendo sobre su mejilla, los cafés compartidos en su universidad, y tantas tantas otras cosas. y resulta extraño saber que alguien con quien has compartido palabras, comida, gestos, detalles, vaya a estar pronto en su propia vida. Todo es un paréntesis, te dices, todo es un paréntesis. Tan hermosa como sexy. Tan sexy como genial
- ¿En qué piensas?
- ¿Qué?
- ¿En qué piensas?
- En todo, en ti, en mi, en la gente, en el tiempo, en Joni Mitchell.
-¡Cuántas cosas! Caminar es genial. Sirve para pensar, siempre.
- Sí, es cierto. Heidi, tengo algo para ti.
- ¿Qué es? Dime, dime.
- En realidad sólo son palabras. Una película, música, algunas cartas. Sólo palabras.
Imaginas entonces que cuando ella esté en el norte, y tú sigas aquí, ella, alguna vez, sentirá nostalgia por el tiempo vivido en esta ciudad y leerá de nuevo las líneas que le has escrito, verá la película con una sonrisa en la boca y se acordará, con ternura, de ti. Una caricia, entonces, recorrerá tus manos.
- Eres genial, Heidi, genial.
- ¿Por qué dices eso?
- Por nada. Simplemente... ¿Paseamos? Me encantaría.

Interludio

Viajas en tren. De repente, encuentras frente a ti una versión distorsionada del niño que nunca fuiste. Tantas cosas que pasaron, tantas que pasan. Y esperas que nadie, nunca, tenga que pasar lo que pasamos. Sé más feliz que yo, pensamos tantos. De vuelta a tu ciudad, otra vez la vida.

martes, 17 de octubre de 2006

Gestos

Es bueno, siempre, observar lo que no pueden, tal vez no quieran, los demás. Saber qué hay más allá de una copa de tinto en una noche húmeda, de un chocolate con churros una mañana de domingo, de una palabra de más, siempre una palabra de más en una tarde tibia. Te sientas, los ha hecho tantas veces, solo en un rincón del único café de la ciudad y contemplas con curiosidad, siempre es divertido, nostálgico, triste, siempre es la vida, cómo se comportan los demás, aquellos que un día decidieron vivir en estas calles, en las que tantas veces has caminado, en la que tantas veces has observado una lágrima, una sonrisa, un dolor en el pecho que agotaba las manos, una fiebre adolescente y un amor tardía. Todo está en los detalles, sin duda. Y escuchas, a tu izquierda, cómo un chico vuelve a decir a su novia (son ya varios años en pareja) te quiero pero su mano, la mano de la chica espera con impaciencia los dedos de su chico. Nunca llegarán, por mucho que sus labios acentúen su amor, sus dedos no mienten. El amor desapareció; sólo queda ahora la amistad de dos personas que han compartido todo hasta no tener casi nada. Sólo monotonía, la monotonía de unos dedos que se buscan sin remedio. Algunas otras cosas, sin embargo, invitan a la esperanza: el modo en que David mira a Ana cuando ésta se levanta para tomarse su enésimo café del día, cuando apenas hay palabras. Podría alguien pensar que ambos son extremadamente aburridos pero los gestos de ternura no pueden engañar: Ana vuelve a su lado y David tiene ya el café que había pedido, sus codos se rozan y una sonrisa asoma a sus rostros. La vida, siempre. En otra esquina, más lejos, Eva y Juan parecen enfrascados en una discusión, una pequeña discusión en la que ella abre sus ojos, sus inmensos ojos cada vez, prestando, tal vez se diga ella, la atención que hasta entonces nadie le había concedido. En sus gestos, Juan parece más relajado, más tranquilo. Toda una buena noticia para esta ciudad. Ahora, se acerca a la entrada la chica del norte y su porte señala seguridad y timidez. Acaso sea demasiado pronto para saber algo de ella. Poco a poco, sin duda, poco a poco. Al otro lado de la calle, como casi siempre, hay una imagen gris, de alguien que sólo denota, en cada gesto nostalgia de unos días que ya se han ido, cansancio de un Príncipe Amargo que perdió tantas cosas, de un hombre que no ha sabido crecer tras sus pérdidas, un niño que juega a amargar a los demás y, a veces, desgraciadamente, lo consigue.

lunes, 16 de octubre de 2006

En años

- Alguna vez, estuvimos cansados.
- Alguna vez, y hablábamos de escapar, de irnos a cualquier otro sitio.
- Entonces, ¿qué hacemos aquí todavía?
- Comprendimos que no importa el sitio, sólo la gente.
- ¿Lo dices por Antoin de los Lobos y su pequeña secta?
- También hay gente interesante por aquí. Olvida lo gris.
- ¿Quién? ¿Qué hay interesante por aquí?

- Me encanta el árbol que da sombra y entrega amor. Cactus, ese diminuto cuerpo con el que haríamos tantas delicias. Carlos nos ha enseñado algunas cosas.
- Tal vez tengas razón. Si estuviera en otro sitio, es probable que ahora me estuviese quejando. La naturaleza humana, supongo.
- ¿Te imaginas? Más al norte, con luces en la ciudad, con cine en color.
- Seguro que entonces querríamos otra cosa. Las luces nos cansarían, el cine en color sería horrible. Creo que yo, estuviera donde estuviera, me quejaría una y otra vez. Total, quejarse es gratis. Me quejaría y que otro encuentre las soluciones.
- Como aquí: es lo que hacen Carlos o el rey que esté los cinco años con la corona. Este mes, su idea de cambiar de estados de ánimo según las palabras que encontremos en el suelo me parece genial. Ojalá fuera rey alguna vez.
- Vas a tener suerte. Tienes treinta años, vives con tus padres, no has trabajado jamás, cocinan para ti. Dentro de tres años te va a tocar a ti, lo sé.
- Ojalá. ¿Te imaginas? Paseando por las calles de estas tierras, diciendo que esto cansado de mis actividades cotidianas mientras mis súbditos me entregan la sonrisa más irónica. Y yo prometiendo que lo haré todo por ellos durante cinco años. Todo por ellos. Será genial.
- Espero que entonces te acuerdes de mí. Y que elimines a los clones desquiciantes de David Bisbal y Enrique Iglesias. Casi todo el mundo los escucha. Es horrible. Necesito buena música. Alguna vez, si no recuerdo mal, pudimos escuchar alguna emisora genial, con Dylan, Cohen, Joni Mitchell, Marvin Gaye. ¿Dónde están ahora?
- Probablemente en el norte, más al norte.
- Pues tienes que traerlos de vuelta. Dirás que has decidido educar musicalmente a todo el mundo, pasarás del estado de ánimo de las palabras y dirás que quieres educar a la gente en música y en literatura.
- También en cine.
- También. Queremos películas buenas pero que al menos sean en color. Con un poco de suerte, podremos conseguirlas. Con un poco de suerte.
- ¿Y la educación en literatura?
- Dejarás libros por las calles, libros que la gente tendrá que leer y comentar en los bares. Y quemaremos libros, como los de Sánchez Dragó. Será genial.
- Sí, ¿qué más le podemos pedir a la vida?
- Podemos pedirle muchas cosas pero tampoco estará mal nuestra vida en tres años. Es obvio: serás el encargado de cultura.
- Serán buenos tiempos.
- Buenos tiempos en el sur para nosotros.

sábado, 14 de octubre de 2006

Una chica del norte

Con las primeras lluvias, también llegó, intrigada por las tierras de la que se hablaban en uno de esos libros libres, uno de esos libros liberados que habían dejado en una de las calles de la ciudad donde había vivido hasta entonces, una ciudad con luces, con tráfico, con días de trabajo y fines de semana sin descanso. Intrigada por las líneas que aparecían en las primeras páginas del libro, que no hablaban en ningún momento del texto que iba a leer, sino de un reino muy al sur donde sólo había películas en blanco y negro, un único café donde conocer a todo el mundo, donde hablar al aire libre, sin descanso, en verano y donde tomar chocolate los inviernos, donde se contaba la leyenda de un árbol que daba sombra y entregaba amor, de romances que comenzaban en el único cine de la ciudad, de tantas otras cosas que llamaron la atención de esta chica de una ciudad del norte. Eran las primeras lluvias de un domingo y ella, como todos, ya había olvidado cómo había llegado al sur, tan al sur sólo porque un día, mientras escuchaba a Bob Dylan, había tenido la sensación de que éste, en en algún momento, le había dicho: tu vida te espera en el sur, deberías ir. Y entonces, después de descubrir estas tierras del sur en las primeras páginas de un libro: Vida en Cutrelandia, y escuchar las palabras de Bob Dylan supo que debía irse. Era domingo y llovía, pero a ella no parecía importarle. Sólo quería pasear, la lluvia no era demasiado intensa, por las calles de estas tierras, por ver si eran cómo ella las había imaginado. Se acercó al único café de la ciudad y todos susurraron algunas palabras ante una chica que por entonces nadie conocía, tomó un chocolate, invitada por el dueño del bar. Ya se sabe: siempre es difícil empezar una nueva aventura, hablaron un poco, y el dueño del bar, a la vez camarero, le dijo que volviera pronto. Todos la vieron marchar con tranquilidad y retornaron a las conversaciones que habían dejado atrás, paseó por la calle principal y vio, sumido en la más absoluta de las nostalgias a Antoin de los Lobos que ignoró su saludo, ensimismado como estaba en su gris de todos los días. Se acercó al cine y intuyó entonces que se quedaría en estas tierras mucho tiempo. La película, no podía ser de otro modo, era en blanco y negro: Sabrina, otra de las películas de Billy Wilder, cine, chocolate o café y conversación en un reino diminuto. No podía decir que no al sur.
- Hola, ¿ha visto esa película?- le preguntaron mientras observaba fijamente el rostro de Audrey Hepburn.
- Sí, respondió ella, hace mucho mucho tiempo.
- Es lo que pensaba. Parece usted del norte. ¿Qué le trae, como dirían por aquí, a estas tierras olvidada por el tiempo?
- ¿Qué me trae? Difícil responder: un libro que no he leído y una canción, supongo.
- Sí, es el tipo de cosas que suele atraer a la gente a acercarse a esta ciudad. Perderse, encontrarse. ¿Quién sabe?
- Una tierra muy pequeña...
- Pequeña y difícil de encontrar. Trenga cuidado, es de ese tipo de cosas que parece no tener importancia y luego se le va metiendo en el cuerpo hasta no dejarla. Dentro de poco estas tierras podrían ser sus raíces.
- Es lo que una parte de mí espera.
- Mucha suerte; tengo que entrar en el cine para preparar la película, el cine y demás. Por cierto, ¿qué tal la película?
- Una historia de amor muy bien narrada, tan ácida en ocasiones como El apartamento.
- Espero, aunque ya la haya visto, que la vea otra vez.
- ¿Por qué no? Creo en las segundas oportunidades. Seguro que me gusta tanto como la primera. Y tal vez los personajes hayan cambiado cuando la vea.
- Tal vez: es la magia del cine, imagino. Bueno, ha sido un placer. Tengo que irme.
- También ha sido un placer para mí. ¿Cómo se llama?- pregunta la chica del norte pero no hay ya nadie a quien dirigir la palabra. ¡Qué rapidez! piensa y decide, ha dejado de llover, contemplar un poco las montañas, que rodean totalmente estas tierras. Empieza a sentirse un poco cansada y se dirige a la casa que ha alquilado, cuya dirección encontró también en las primeras páginas del libro, una casa cercana al árbol que da sombra y entrega amor. Una nueva vida, piensa, mientras entra en casa y descansa viendo la lluvia, una lluvia fina que ha vuelto a caer. La vida en perspectiva, piensa, la vida poco a poco. Se imagina entonces cómo serán los días por llegar. Un besazo, se dice, y buenas noches.

jueves, 12 de octubre de 2006

Primeras lluvias

En el sur, la lluvia es un regalo. Es la señal inequívoca de que, una vez pasados los días de insoportable calor, es posible empezar a vivir de nuevo. A caminar bajo paraguas que podemos usar una o dos veces, con suerte, al año. Necesitamos lluvia, es la frase más repetida por todos nosotros, desde el rey, al que le queda poco tiempo para terminar su trabajo, hasta el albañil más modesto. Necesitamos lluvia, y una vez la lluvia aparece, por primera vez, en los primeros días de octubre, dejamos cuanto estamos haciendo sólo por ver la lluvia caer, por ver el espectáculo único de las gotas de agua golpeando un suelo seco en tantas ocasiones. Todo se detiene en esos momentos: nos miramos unos a otros, hablamos con alegría de todas las cosas que la lluvia se llevará consigo hasta hacerlas desaparecer. Y nuestras conversaciones tendrán ahora otro tono, acorde al de las lluvias; algunas, incluso, nos calarán los huesos, y saldremos a la calle sólo por ver nuestros cuerpos bajo el agua, y se besarán algunos sólo por sentir cómo los cuerpos nos mojan los cuerpos. Y el café estará cerca: caminaremos con calma, dejaremos los paraguas en cualquier sitio, y tomaremos el primer chocolate calentito del que algunas veces hemos hablado. Algunos se sentarán solos y pensarán en los besos que les envían las chicas del norte, chicas en ciudades con luz y lluvia, en ciudades donde la vida existe cada día, y el cine es en aburrido color, donde hay muchos cafés, y muchos cafés son iguales; algunas pensarán en los caminos no tomados, en un profesor que quedó atrás y no volverá jamás, en la posibilidad de una felicidad, por decir algo, cercana. Otros, incluso hoy, incluso en un día de lluvia se quedarán en casa, y soñarán que el tiempo será siempre, si te llamas Antoin, tan gris como sus días, una de sus quejas preferidas. Será la lluvia, entonces. Y el chocolate hará que el descanso sea más tranquilo aún. Y hablaré contigo del verano ya pasado, del día que nos conocimos, de tu cuerpo diminuto bajo la lluvia, inmenso en mis manos, y me gustará beber de la misma taza en la que tomas el chocolate sólo por sorber tus labios, y me dirás, otra vez entre risas, sigo creyendo que venir aquí ha sido el peor error de mi vida, y me besarás, y sentiré tus labios húmedos, ardientes, y no sabré con qué quedarme. Otra vez tú. Otra vez, bajo la lluvia. Tomando un café, tocando mis dedos mientras mis dedos toman tu chocolate. Y la lluvia volverá a las calles. Y me dirás no quiero dormir sola, nunca bajo la lluvia, y querrás que estemos juntos en casa, entre sábanas, al amparo de una lluvia que durará toda la noche y que mañana, con las primeras nubes de la mañana, nos hará saber que otras cosas han despertado en estas tierras, tan alejadas del norte, de ciudades con luces, de noticias de periódicos que algún día, hace mucho tiempo, hicieron que te conociera. Es hora de dormir, me dices, y el chocolate, sigue lloviendo, sigue en mis manos.

miércoles, 11 de octubre de 2006

Hoy

Llorar, dijo, no te lleva a ninguna parte, sólo podemos derramar algunas lágrimas, pocas sería suficiente, y seguir adelante. Empezar de nuevo, respondió, es difícil, lo sé, pero también excitante. Es la vida, se supone, levantarte y caer, reír y llorar, llorar un poco y seguir caminando. Escuchábamos el primer frío del otoño aunque todo siguiera en las calles, en las escasas calles que dan forma a Cutrelandia, escasas pero amplias, donde todo, alguna vez, sucede. No debes llorar, insistió, sólo caminar un poco, beber cuanto encontremos en las esquinas, recoger los papeles que los primeros vientos de octubre hayan dejado en el suelo, sólo aquellos que hablen de aventuras, no de felicidad, nunca de felicidad, sólo de paz, de tranquilidad, un papel que diga estoy en paz conmigo mismo. Recorreremos, dijo, estas tierras buscando las palabras que te alegren cuando vayas cada noche a dormir solo, a dormir conmigo, a dormir con quien quieras. Porque hay tanto que dar, tanto que compartir. Puertas que no debemos cerrar, ventanas desde las que ver el mundo. Y salir, pasear, tomar un café, tener todo el tiempo del mundo hasta perderlo. Perderlo todo y empezar de nuevo. Porque las lágrimas no llevan a ningún río, dijo, y yo quiero bañarme contigo, desnuda, y sentir tu sonrisa, tu risa en mis pechos, tu boca en mi risa. Reír y llorar, mientras Leonard Cohen, olvida todo lo pasado, que todo empiece hoy, nos susurra al oído es tiempo otra vez de reír...

martes, 10 de octubre de 2006

Otoño en el sur

Han llegado los primeros días de frío incluso al sur. Se ha ido ya, algún tiempo pasará, el calor de meses anteriores y muchos de los que estuvieron con nosotros han marchado al norte, buscando un trabajo, un amor, un lugar en el mundo ahora que este no parece el suyo, esperando por una vez llegar a tiempo a la vida. Aquí los días empiezan a ser más cortos aunque el sol sigue tardando en despedirse cada día de nosotros. Busca, como un buen amigo, un último abrazo. Ahora salir a la calle se nos hace más difícil aunque es difícil renunciar a los primeros chocolates calientes del único café de la ciudad. Para algunos de nosotros, el norte sigue estando tan lejos. Al amparo de un chocolate bien caliente, comenzamos una conversación sobre las próximas dos o tres películas, con suerte, que echarán en el único cine de la ciudad, un cine en el que esperamos con ansiedad películas en blanco y negro. Ahora muchos de nosotros empezamos a entender por qué Cutrelandia es una ciudad olvidada por el tiempo, ya que a nadie parecen importarle muchas de las personas que vivimos aquí. Para algunos no es un problema: empezamos a hacer de esta tierra nuestro hogar, nuestra pequeña porción del mundo. Perder es menos importante ahora. Algunos, Carlos dice que cuando una puerta se cierra, otra se abre, han encontrado aquí los besos más profundos, las caricias más vitales, las palabras más alegres. Otros siguen observando el tren que se fue un día pensando que tal vez ese tren no vuelva hasta dentro de cinco o seis meses, imaginando el tiempo que les queda para irse, temiendo que en ese espacio de tiempo se queden en una ciudad que, a veces, se te va metiendo en el cuerpo hasta formar parte de ti. El mundo, se dicen, el mundo, cuánto hemos perdido, el mundo sigue girando. Aunque otoño haya llegado otra vez a estas tierras para vivir durante algunos meses.

sábado, 7 de octubre de 2006

Inteligencia

Hay gente que, por mucho que sepa de todo, es y seguirá, siempre, siendo imbécil.

jueves, 5 de octubre de 2006

Pérdidas

Se fueron tantas cosas en los primeros días de otoño: la alegría de haber conocido tantas calles, la tristeza de haber olvidado tantas esquinas. El placer de pasear por las calles a altas horas de la noche, la nostalgia de saber qua Antoin de los Lobos volvería a salir, como la tristeza, con las primeras luces de esta estación para aseverar que a los días sólo pueden seguirle días y a las noches, días también, jornadas de trabajo en que nunca nadie podría encontrarse a sí mismo y ni a los demás. Un tren hacia el norte donde iban algunos de los que habían vivido en estas tierras durante tanto tiempo, y su recuerdo, que, poco a poco, se iría perdiendo. La posibilidad de habernos conocido. Se fueron tantas cosas, y ninguno de nosotros llegó a tiempo, llegó a punto. Si quieres vivir, nos decían, no llegues tarde, no llegues nunca tarde a tu vida. Pero nosotros ya habíamos perdido el tiempo escuchando lo que nos decían. Llegaron los primeros días de otoño, el mundo seguía girando, aunque la vida siguiera igual.

miércoles, 4 de octubre de 2006

Intrahistoria

Cautivo y desarmado el ejército rojo hace siglos ya, salí de España el día, como muchos otros, en que Manuel Fraga ganó, a la tierna edad de los 142 años, la democracia por cuarta vez consecutiva. Algunas de las leyes impuestas en aquellos días es que los votantes debían tener al menos 60 años y conocer las virtudes del mejor político que había dado este país en los últimos doce años; todo aquel que no tuviera estas características, no tenía derecho a voto dado que, se decía, quien no ha cumplido más de cincuenta años no tiene inteligencia, sólo vida, y la vida nunca es suficiente para evitar. Eran estas ideas cuyo eco era ampliado por uno de los mejores medios de comunicación que existía en aquellos días, la Fundación Francisco Franco, que además de buscar la resurrección, mediante todos los medios posibles, de un general ya irremediablemente ido, (algunos de los mejores científicos habían ido a Estados Unidos para saber si la resurrección realizada allí de Walt Disney podía repetirse en otro país, en otras circunstancias), tenían en sus manos, en su voz la educación espiritual de toda una tierra, una tierra grande y libre. Y aquellos que no llegaban a los 60 años tenían que partir, encontrar, Carlos lo hubiera dicho así, su lugar en el mundo, su vida en otro lugar. La esperanza de uno siempre es la desesperanza de otros.

martes, 3 de octubre de 2006

Ana

Ana recortaba los títulos de las noticias de los periódicos imaginando los tristes, a veces no tan tristes, sucesos a los que podían lugar. Siempre pensó: es mucho más interesante crear una historia que conocerla por completo. Y siempre quiso vivir en un lugar en el que no la conociera nadie, en el que el respeto fuera un instrumento para convivir en paz, en tranquilidad y no sencillamente una palabra que llevarse a los labios cuando nuestra libertad, ese hacer lo que nos daba la gana que tanto la irritaba, quedaba coartada de alguna manera. Buscó en un mapa antiguo, uno de esos mapas no contaminados todavía por la generación de la imagen, un lugar con el nombre más horrible que pudo encontrar y supo pronto que Cutrelandia era el sitio donde viviría, más pronto que tarde. Y el impulso defnitivo llegó un lunes de octubre cuando llegó a su instituto y conoció inmediatamente la agresión a una de sus amigas; la causa no podía ser más absurda: la profesora había dicho a uno de sus alumnos que jamás sería Cervantes, y el estudiante replicó que a él nunca, nadie lo insultaría. La agresión fue repentina y la sorpresa de la profesora, mayúscula: nunca antes la habían agredido. Ana se sintió sin fuerzas para dar clases todo ese día, así que acompañó a su amiga al hospital: estaba cansada, muy cansada de un mundo en el que todos parecían haber perdido el norte. La solución no pudo ser más fácil: perderse en el sur, en las tierras más al sur que pudo encontrar. Y, en un principio, acostumbrada a ver todo tipo de películas, leer, tener un acceso ilimitado a la cultura, fue trágico comprobar que sólo había películas en blanco y negro y que la cultura era por ahora una quimera. Pero le encantó saber que la educación compensaba en cierta forma la falta de cultura. La cultura se aprende leyendo, pensaba; la educación se olvidó en mi mundo. Y así pasó sus primeros días al sur, muy al sur. Hasta que encontró a David, con quien ahora parece compartir tantas cosas, como tantos otros habitantes de estas tierras, la necesidad, por ejemplo, de mantener el nombre de estas tierras para que nadie se acerque nunca a ellas, la necesidad de convertir las películas que estrenan, con suerte, cada tres meses en auténticas reuniones sociales que terminan en el único café de la ciudad con las discusiones sobre argumentos, personajes, historias secundarias. Reuniones sociales que le han servido para comprobar, como ya sabía antes, que la sencillez de una historia reside en la sencillez de aquellos que la han creado.

domingo, 1 de octubre de 2006

Antropología de los sentimientos

¿Confiáis en vuestros sentimientos?, preguntó Carlos a todos los que estábamos en la plaza en aquel momento. Todos, sin excepción, respondimos que sí: amaríamos a nuestras parejas siempre, conoceríamos nuestros sentimientos, nos pertenecen, dijo alguien. Y Carlos volvió a reírse: deberías escuchar un poco más a Leonard Cohen, beber de sus canciones, y saber, como él dice, que nadie debería confiar en sus sentimientos porque cambian cada día. Y somos nosotros, concluyó, los que pertenecemos a nuestros sentimientos, no deberíamos olviadarlo. Algunos, que habíamos escuchado alegres hasta entonces, dibujamos una sonrisa triste en nuestros labios, al entender que los sentimientos podían cambiar no ya en cuestión de días, sino de horas, incluso de minutos.