domingo, 24 de diciembre de 2006

Cuento de Navidad

Érase una vez un chico que intentaba encontrar sus raíces. Y miraba en el interior de todos los lugares, por saber si allí estaba cuanto había perdido. Y escuchaba las historias que existían dentro de la gente. Había examinado los engranajes de los relojes por saber dónde estaba el latido del tiempo, el camino que disfraza la muerte. Se fue a una ciudad del norte. Porque allí, había oído, había alguien que sabía cosas tan viejas como el mundo. Las cosas que mueven, y unen el mundo. Porque lo vivo, pensaba, siempre es lo junto.
Érase una vez una chica que sabía palabras. Alguien gritaba: dolor; ella susurraba: sonrisa. Y el sufrimiento de un corazón cercano empezaba a disminuir mientras la alegría afloraba en muchos labios. Alguien sufría hambre de deseos, de pensamientos no expresados; ella decía: un vaso de agua. Y el apetito de muchos se hacía cada vez más escaso. Una voz que calmaba el corazón de las personas.
Érase una vez un chico que estaba enamorado de una sombra. Se marchó al norte por saber si en otros lugares habría menos sol, menos lugares donde encontrar una sombra de la que llevaba enamorado demasiado tiempo. Hace tiempo, mucho tiempo, la sombra había sido una mujer y sus besos, lo más seguro es el adiós, se habían convertido en huellas imposibles de borrar. Una larga sombra que devoraba los pies de toda nueva historia. En el norte, pensaba mientras sus pasos le llevaban allí, pocas veces hay sol, pocas veces estarás conmigo.
David, el chico que intentaba encontrar sus raíces y Carlos, el chico que estaba enamorado de su sombra, se encontraron el alguna ciudad del norte de extraño nombre, Jena, e inusuales comportamientos. Ambos venían del sur y tenían dolor en sus manos. Era un esfuerzo brutal, lo supieron la primera vez que hablaron, contar a otros la vida que habían tenido, el camino que les había traído aquí. El sur estaba lejos, sus raíces también: amigos, familia, habían quedado atrás. Para crecer, salir es necesario, pensaban. Y ambos habían oído de alguien que sabía cosas tan viejas como el mundo.
David y Carlos pasearon por las calles de la ciudad del norte; descubrieron entonces lo difícil que les resultaba hablar de sus propias vidas, del camino que los había traído hasta aquí. Pasearon por calles con poco sol y mucho frío. No había sombras, pensó Carlos, en ningún rincón y casi nadie en las aceras. Un lugar, lo habían pensado antes, de costumbres extrañas en el sur. Ahora el mundo era otro y la mirada diferente. Va a nevar, dijo David, lo dicen todos los relojes. Mientras paseaban, encontraron a la chica que sabía cosas tan viejas como el mundo, como ambos esperaban, rodeada de muchísimas personas.
La chica que sabía palabras que curaban, le habían gritado algunos. No dejaba de ser curioso: si alguna vez algún gesto asomaba a su rostro, alguna lágrima a sus labios, alguien afirmaba: el orgullo de saber cosas que no sabemos los demás, el cinismo de ayudar a los demás sólo por salir en las historias. No había comprensión con su dolor, era sólo el dolor de alguien que siempre debía encontrar las letras necesarias para alegrar a los otros. David, desde lo lejos, podía saborear con tristeza su cansancio. Nadie, decían las manos de Susana, la chica que sabía cosas tan viejas como el mundo, puede comprender mi silencio. Y David, que conocía el interior de las personas, supo pronto del cansancio de Susana, de las lágrimas que ocultaba en sus dedos.
David supo entonces, se lo dijo a Carlos inmediatamente, que debían acercarse al centro de la ciudad, al lugar donde estaba ella. Susana dijo: hay calorcito en mi corazón. Se llenaron entonces todos sus bolsillos. David encontró, Carlos estaba a su lado, hojas secas en sus pantalones, alguna raíz y una invitación a disfrutar de la primera de tantas tardes juntos. Todo en sus bolsillos. David, Carlos se quedó detrás, se acercó a Susana y sus manos se rozaron (se habían callado algunos de los que la rodeaban, se habían apartado otras). Coge mi mano, dijo Susana: hay calorcito en mi corazón y tus pies están en mis zapatos. Ante el estupor generalizado, ella y David se marcharon juntos; entendieron los dos que era necesario volver a sus vidas, recorrer algún camino juntos para regresar después al mundo y ayudar a algunos de los que hoy quedaban detrás. Ahora, David le dijo, necesitamos construir nuestra propia casa, desde la que salir después a la ciudad. Estaré en tus calles, le respondió Susana. Sólo alguien los despidió sonriendo, Carlos, que los miraba con alegría. David tenía razón: empezó a nevar y supo entonces que la sombra de la que estaba enamorado no volvería a devorar sus pies. Un momento tan solo, cayeron las primeros copos de nieve, y Carlos comenzó a caminar. Y eran las calles nevadas de esta ciudad del norte, Carlos lo supo con rapidez, un papel en blanco donde escribir otra vez sus memorias, un mundo mágico, lleno de posibilidades, donde crecer hasta ser otra vez una historia.

sábado, 23 de diciembre de 2006

Fragilidad

Sucedió así: un suspiro, una lágrima, un beso hambriento. Y Cactus calló un momento. Se cerraron todas las puertas y poca gente quedó dentro. Algún amigo, alguien llegó de lejos para recorrer las lejanas calles del sur convertidas casi en un cuento, en un mito, en una pequeña historia que algunos dedos intentaban escribir. No pudo ser: todo estaba por descubrir y todo había sido descubierto ya. Carlos susurró al oído: somos tan frágiles, y todo se detuvo un instante. Un momento de silencio irremediablemente roto. Somos tan frágiles, se escuchó en algunas casas de Cutrelandia y algunas camas se estremecieron. Un suspiro, una lágrima, un beso hambriento. Aquí, dijo alguien, había lágrimas en sus manos, no pasa nada excepto tiempo.

miércoles, 20 de diciembre de 2006

Hombres libro

Yo fui un hombre libro. En la España de Manolito Palomares yo fui uno de tantos. Dije cosas que jamás debí decir y me enviaron a la hoguera por ello. Ardían mis dedos y me dolían las rodillas. Era la vida entonces; son hoy mis cenizas.

martes, 19 de diciembre de 2006

Ayer

Ayer, dijiste, y se apagaron todas las ventanas. Salí a la calle por saber si el sol derramaba frío en las aceras y la vida era nuestra todavía. Ayer, y mis dedos no supieron de tu cuerpo sus caricias. Se fugaron todos los relojes y los minutos se hicieron años en mi pelo. Mañana, dijiste, Cactus, mañana será otro día pero hoy todavía duele en nuestros pies. Ayer, dijiste, y se agotaron todas las pisadas. Ya no hay huellas en las calles ni alegría en las miradas.

lunes, 18 de diciembre de 2006

Un pequeño aviso

Como el blog será un poco diferente a partir de ahora, olvidando, aunque volveré a ellos algunas veces, los personajes de Cutrelandia, el nombre cambia: cosas que pasan en el sur. No creo que escriba, como ahora, casi cada día sino cada vez que termine un cuento, un pequeño relato, algunas palabras, de personajes muy diversos, espero. También espero que no haya ningún adicto a la dosis diaria de este blog que amenace con pegarme si no lo hago cada día: serían demasiadas coincidencias con mi amiga Luci. En fin, gracias por leerme, abrazos para ellos, besos para ellas, pasad una buena navidad y que todo aquello que queréis se cumpla en el año que se acerca. Saludos desde, a partir de mañana, dicen, el frío sur.

domingo, 17 de diciembre de 2006

Ilusiones

Para Sorel

Hay ciudades en las que, las casualidades no existen, nos ha dicho tantas veces Carlos en Cutrelandia, vivir es grato en ocasiones, ciudades en las que las calles más sencillas dejan huellas en nosotros. Tal vez no sean demasiadas cosas, pero lo son todo. Los detalles más insignificantes nos ayudan a comprender que la vida, aunque este mundo en tantas ocasiones no, merece la pena. Y encontramos las palabras necesarias para acercarnos a alguien, para saber que hay mucha más gente de la que creemos con las que podemos compartir un vaso de vino, tinto con limón, por favor. Siempre con limón. Y libros que traen consigo ilusiones de un mundo más habitable donde todo el mundo tiene derecho a una vida que no tuvimos nunca, a disfrutar de lugares que parecen lejanos desde casa, al alcance, sin embargo, de nuestros dedos. Palomar, Comala, tantos lugares que visitar desde el sillón de nuestras vidas si nuestros dedos quieren, si nuestros hábitos nos permiten descansar un día, disfrutar de la calma de un día en que nosotros podemos estar con nosotros. Al otro lado de la casa hay chicas que viven en otras calles aunque la ciudad sea la misma. Calles que coinciden en algunos momentos: el placer del roce de dos pieles que hablan en silencio. A lo lejos, el mundo sigue girando pero sólo la noche importa ahora. La noche, palabras y la sensación de saber que todos hemos crecido un poco al amparo de amigos que volverán a reunirse en alguna ocasión. A lo lejos, al sur, muy al sur, la Navidad se acerca y los amigos se alejan un poco en estas fiestas aunque sus huellas permanezcan con nosotros en horas alegres y nostálgicas como éstas.

viernes, 15 de diciembre de 2006

Veinte años

Hay personas, dijo Cactus, que hacen la vida más interesante, más agradable. Las tardes pueden ser magníficas y las noches no tan largas. Es difícil encontrarlas porque, en innumerables ocasiones tienen la puerta de su casa cerrada y nadie parece encontrar la llave que lleva a ellos. Tengo mi mundo, afirman, y muchos esperan en la acera, por si en algún momento salen, para hacer más confortable la ciudad. La experiencia, siguió Cactus, los hace tan ilusos; no comprenden que la puerta puede estar tan abierta, abierta a todos aquellos que quieren compartir una taza de café con ellos, café sin palabras. Tanta experiencia para saber tan poco. Sólo necesitamos, no es demasiado, una buena llave, que podemos encontrar, por ejemplo, en un beso en las mejillas, en una mirada, en la crueldad dulce de dos vidas que se rozan durante algunos días para permanecer durante años en el pensamiento. La intensidad de compartir sentimientos mientras no tomamos café puede abrir todo un mundo, una noche a otras tierras, tardes a otros ojos, un sol de diciembre con el que reconocer que el mundo es ancho y nosotros vivimos en casas donde compartir una llave, un vino tinto, una invitación a tardes de sol y siesta en una azotea en cualquier lugar del sur.

miércoles, 13 de diciembre de 2006

Hasta pronto

Cuántas veces la vida, un día, después de haber construido las calles por las que esperábamos caminar, nos lleva a lugares diferentes. La vida sigue, es obvio, las cosas cambian y el mundo, el mundo sigue girando, ajeno a todos aquellos que, a este lado de la vida, le piden que las cosas queden quietas un momento, que puedan saborear durante breves momentos la felicidad que un día tienen para perder poco después. Infinitos y efímeros, el tiempo nunca será nuestro. Es dulce, entonces, recordar una canción, una ciudad, una conversación, palabras, un chocolate caliente y tranquilo, una imagen con la que tener dulces sueños, con la que disfrazar tantos momentos de crueldad en la que no tuvimos nada, nada más que un silencio difícil y poca luz en los zapatos. Y el mundo, el mundo sigue girando: hay gente que camina al otro lado de la calle y nos sonríe, aunque estemos cansados para devolver la sonrisa; hay cuentos que se escriben para ser leídos e historias que se dan para ser vividas. Hay calles estrechas donde parejas se abrazan para que el mundo sea mayor, para que todo aquel que lo desee pueda compartir su felicidad y hay árboles que dan sombra y entregan amor en las lejanas calles del sur, en un reino al que algunos llaman hogar y otros Cutrelandia. Y hay camas donde personas que se quisieron un día vuelven a amarse hoy: las segundas oportunidades se dan en reinos lejanos donde el tiempo es diferente, donde existen horas de siete días y meses de treinta segundos. Reinos a los que un día llegó alguien que quiso contar las cosas de este reino: su único bar, su cine en blanco y negro, las palabras de Dylan. Y, ahora, es de noche, estamos cansados, y el frío invita a ser acariciado, el escritor sabe que pronto habrá de contar otras historias aunque alguna vez vuelva a este lugar. Pero hoy sabe que pronto, la noche tiene estrellas y la cama besos, sabe que pronto se irá a otros lugares, a otras vidas que también merecen ser contadas. Abrazos y besos para todos y todas.

martes, 12 de diciembre de 2006

Una despedida

Y ahora qué, preguntó Cactus. Ahora, dijo Carlos, la vida sigue, pasan cosas y nos dejan huellas, raíces y alas, una sonrisa que creíamos perdida en los labios y aroma a fresa en el cabello. La vida sigue, es ley de vida, el camino, esperemos será corto si hay amigos, si hay amor. Si alguien, al otro lado del mundo, puede contar que estuvimos aquí, que fuimos luz en algún momento, luz a la sombra de un árbol que da sombra y entrega amor. Pasan tantas cosas, que sólo los idiotas parecen no observar, dijo David. El mundo sigue girando y nosotros, ahora más que nunca, deberíamos caminar con él. Habrá tristeza, dolor, pero estaremos cerca por si alguna vez, un momento, un pequeño momento, breve e insignificante se hace mágico para tener luego el placer absoluto de contar que estuvimos viviendo un día y tuvimos cosas que contar. Si existe ceniza, dice Carlos, es porque hemos vivido en el fuego, tendremos una existencia excitante en algunas ocasiones. Nada que decir, dice Ana, que escucha con tristeza a sus amigos. Hay días así, en que todo es bueno, en que todo es armonía, pero todo es efímero, de ahí su tristeza, su dolor ante las cosas que se van, que se han ido. Todo termina, amor, todo termina, y cuanto tuvimos un día se pierde en nuestras manos. Arena en las manos y dolor en los dedos; nunca podremos tocar, pensó Luisa, las cosas que ya se han ido, aunque dejen huellas en nuestros pies. Pasarán otras cosas, gritó alguien, pasarán otras cosas y alguien debería contarlas.

lunes, 11 de diciembre de 2006

Un piccolo regalo



Per Lisa.
Praga 1965. La vita in bianco e nero. Il ponte Carlo lungo il quale hai camminato in novembre. Una cartolina e parole. Sempre parole. Ciao e addio. Vivere, già lo dicemmo, ripetendo a Salina, vivere dall’inizio e separarsi. E lettere da leggere quando arrivano: l’eco di una vita lontana che, a volte, possiamo sentire vicina. Quello che basta vicino come per tornare a sorridere. L’Austria, già te lo dissi, è così lontana. Un piccolo sorriso, e la vita continua. E cammini per una città sconosciuta fino a quando una bella città, con freddo nelle braccia e curiosità nelle dita. Gli amici sempre servono per questo. La libertà, la abbiamo anche detto, di sapere che non siamo altro che noi e a noi appartengono i nostri giorni, la libertà di camminare per le strade quelle dove non siamo nessuno, nessuno se non altro che qualcuno che gode del proprio tempo, dei propri amici, delle proprie passioni. E sai che ebbe un altro ponte nella tua vita,più al sud, molto più al sud e che un giorno ti dissero ciao.
Per apprendere dunque che tutti i ciao racchiudono un addio, un arrivederci, un ci vedremo presto. La solitudine di tornare alla nostra propria vita e non incontrare nessuno nel tragitto. E sempre al filo delle nostre conversazioni Kiko Veneno: se non ti rendi conto di quello che vale il mondo è una sciocchezza. E il mondo è Praga, è Tisens, è Sevilla, un fiume dal quale dividere un sorriso, felice di conoscerti: la vita continua; continua sempre, la vita.
Baci e a presto. Riguardati: Kiko y yo te esperamos, siempre que quieras.

domingo, 10 de diciembre de 2006

Una cama ajena

Si alguna vez has estado, se besan con calma, en una cama que visitas por primera vez, Antoin, la sensación es extraña. Quise, ayer estaba demasiado cansada, decirte tantas cosas pero mis labios sólo querían saborear tu sonrisa; hacia tanto tiempo, intuí ayer, que no reías y pareces no creer que estoy aquí a tu lado, con alas y raíces como todos aquellos que crecieron por amor. Y me hablas hoy, ayer fui incapaz de escucharte, el cansancio me pudo, Antoin, de tristezas que han estado contigo tanto tiempo, de sombras que crecieron en tu piel hasta hacerte escribir en blanco y negro: no había colores vivos para ti. Sólo la irremediable tristeza de todos los que perdieron algo por primera vez. Y sonríes, no puedo creerlo, dices, estás aquí, como prometí, Antoin, como te prometí. No creas que somos nda nuevo, niño de sonrisa melancólica, sólo un hombre y una mujer que naufragaron hasta encontrarse al otro lado de la orilla. Al sur, más al sur, donde tanta gente, ayer, parecía observarte porque tu semblante no era triste; todos querían ser partícipe del milagro. Pensé entonces que mis raíces te hacían cosquillas en los pies pero era la vida, la vida otra vez te llamaba la atención; querías dormir, después de años en una cama ajena, y pronto, quiero estar semanas contigo, me has repetido tantas veces, pronto saldremos a la calle y saludarás a las calles donde me esperaste con nostalgia, donde todo era gris. Nunca quise mentirte, te digo, un día estaremos juntos, te dije, y aquí estamos, comiéndonos a besos en una cama donde lloraste tantas veces mi ausencia, donde nunca hubo carmín de labios ni alegría al despertar solo. Sólo hoy todo ha sido diferente: toda la noche a mi lado, mis alas sentían tus brazos, mi cuerpo sentía el dolor alegre de vivir otra vez. Pronto saldremos a la calle, volveremos a ser tantas cosas, y la gente te sonreirá mientras tú los saludas, pero hoy, en esta noche fría, cansada, me gustaría, quisieras dormir juntos un poco más.

viernes, 8 de diciembre de 2006

Raíces II

Y todos volverán a casa, la noche ha sido larga, y el cansancio puede con tantas otras cosas. Se abrazarán, manosearán sus cuerpos al haber comprendido que están vivos. Es suficiente. Son días confusos, piensa Aurora, con algunas raíces en sus pies. La cama de Antoin, su sonrisa, están cercas y ella necesita comprender que sólo parecen importar las cosas que están pasando. Y ahora tiene alas, puede volver a volar, crecer para su amado si su amado crece. Para ellos, para todos, ha sido una enorme sorpresa observar la sonrisa, jamás pudieron verla, de Antoin, su felicidad recuperada. Aurora vuelve a estar en sus brazos. StrangeLove parece lejano hoy, cuando hace meses siguió, eran órdenes de la familia, los pasos de Aurora por todos estos caminos; jamás creyó que podría encontrarlo, jamás, pero nada parece difícil para unos pies que pisan charcos para alcanzar las estrellas. Un frasco de amor, tan sólo un frasco habría bastado, pensaba StrangeLove, para que los pies de Aurora durmieran en otra cama, pero fue imposible. Sólo las sábanas de Antoin esperaban a Aurora, las sábanas y una profunda tristeza que acabaría cuando la luz, le dijo alguien a Antoin, cuando era niñó, envolviera a la mujer que amaba. Y el árbol que da sombra y entrega amor produjo otro milagro, y Aurora nació en sus raíces. Hola, Aurora, hace cuánto tiempo, no me lo esperaba, una sonrisa y la perplejidad de cuantos allí estaban. Cicatrizada la herida, era necesario saber si Aurora todavía tenía alas. Estaba cansada, todavía y una parte de su cuerpo, su corazón tal vez, necesitaba un poco de cama y mucho cariño; recuperar las palabras que se agotaron hace tiempo, hablar de vidas que crecieron, para bien y para mal, durante meses, acaso años. El tiempo, siempre lo advertía StrangeLove, nos pertenece, debemos hacerlo nuestro: hay días de seis minutos, horas de siete días. Una parte de ellos se pregunta si StrangeLove estará todavía en esta pequeña ciudad y un pequeño escalofrío recorre las sábanas en las que los cuerpos se acurrucan para escuchar los sentimientos del otro. Es ternura, dice Antoin; David y Ana parecen escucharlo. Son tantas las preguntas pero no es ésta la noche. Aurora se ha dormido, no deberíamos despertarla: dulces sueños, mañana será otro día, duerme un poco más.

miércoles, 6 de diciembre de 2006

Raíces

Antoin, ¿estás ahí? Si la muerte alcanzara mis zapatos alguna vez, sé fuerte, recuerdo haberte dicho, vive, por favor, es cuanto tenemos. Pero tu rostro tiene lágrimas y dolor tus dedos. Hace poco, tan poco tiempo, estábamos tan cerca; yo había crecido y tú quisiste recuperar tu vida, imaginé que estaríamos juntos. Y ahora te siento cerca, inevitablemente cerca, pero mis brazos no consiguen alcanzarte. Y siento que mis alas me abandonan, no puedo volar para alcanzarte, hay dolor en mi espalda y mis brazos me pesan. StrangeLove estaba cerca, todavía está cerca. Y su odio ensangrenta mi espalda. A miles de kilómetros de distancia no te han olvidado; ahora Antoin es tristeza y así ha de quedar hasta que pida volver a casa. Sus padres me lo pidieron. Lo lamento, Aurora, pero esta ciudad no es para ti. Morirás bajo las raíces de este árbol y nadie, nunca, podrá recordarte. Antoin no volverá a sonreír, prometí a sus padres, hasta que vuelva a su reino, hasta que sus pies vuelvan a la alfombra de Lisa. Lo prometí. Pronto te llorarán sus ojos y su rostro nos pertenecerá. He perdido mis alas, Antoin, no sé volar. Aquellos que te conocieron un día, Aurora, dijo StrangeLove, te olvidarán. No sé volar. Hace tiempo que no sé de ti y he olvidado caminar; un último abrazo, un café sólo. Y nosotros de nuevo. Sonríe para mí, una última sonrisa, y todas mis raíces serán tuyas.
El árbol que da sombra y entrega amor tiene raíces en mis pies, quiero crecer, quiero que crezcamos juntos, una sonrisa sólo, una última sonrisa, para que puedas decirme te he esperado durante tanto tiempo. Estamos aquí. Cactus y David, Carlos, tú, estáis aquí. Cactus sonríe, tal vez se acuerde de mí otra vez: una sonrisa triste, cuántas palabras compartidas: una noche de diálogos y silencios, me recuerdas tanto a... Y ahora se abraza a David, se lo merece, está muy bien eso del cariño, lo dijimos tantas veces. Una última sonrisa, ahora sí, sonríes, y mis brazos, la herida se cierra, no hay sangre en mis alas, podrán alcanzar tus brazos, sonríes un poco más, déjame descansar, que tus manos acudan a mis raíces, que tu vida me lleve un poco. Sonríe, por favor, estoy aquí, otra vez, contigo. Hola, Antoin, te eché tanto de menos, vine a buscarte. Y tú, por penúltima vez, como los que están contigo, sonríes, y yo me levanto un poco, todavía me pesan las raíces, caigo cansada a tu lado y dentro de poco descansaré en tu cama: no olvides traer tu sonrisa.

lunes, 4 de diciembre de 2006

Días extraños

Difícil comprender que la noche puede ser más corta si nos dedicamos a contar las estrellas, difícil creer que la noche pertenece a dos si yo hablo, se dice Auora y nadie me escucha. Tus ojos, puede escuchar a los lejos, es Antoin, cuentan tantas historias y nos gustaría leerlas. Hay raíces en mis pies y árboles que me protegen del viento. Cactus observa cómo árbol y Aurora empiezan a ser un mismo ser, luz y raíces, luz y mañana, apetito y vida. Y Cactus mira a los ojos tranquilos de Aurora. Hay algo en ellos que le desconcierta: una mirada que le lleva a otro lugar, a otros caminos. Y Aurora, Aurora está lejos, a semanas de distancias, a diálogos que no llega a comprender. Ahora StrangeLove está a su lado, quieres un poco de café, pero ellos nunca se han conocido. Hay algo extraño en estos cafés, la gente parece otra, ahora que Aurora camina sola y la noche la hace más solitaria todavía. Y hay gente que habla de sus vidas en cines que ella no ha pisado nunca, fotogramas en blanco y negro, Antoin en sombras.
A veces quiere llegar a algún sitio, pero no recuerda a cuál. Si alguna vez quisieras, dijo una vez, cambiar de vida, te esperaría pero nadie contestó. Acaso alguien contestara y su memoria le traiciona hoy. Ayer fue una noche extraña, volví a ver, piensa, ha pasado tanto tiempo a StrangeLove y todo pareció ser igual. Hola, dijo, pronto no tendrás problemas. Había cerca un árbol, un árbol, luz y raíces, y StrangeLove dijo: incluso aquí, incluso a años de distancia, te echan de menos. No te han olvidado. Y hay dolor en mis raíces, el tiempo se detiene, aunque el mundo siga girando. Sólo quiero verte otra vez, una vez más. Antoin, ¿estás ahí?

El mundo gira

Es de día en tus pupilas y amanece. Andas anclada en tus raíces y la mañana tiene más calor hoy. Me gustaría, tantas veces lo hice, sonreírte una vez más pero es difícil. Se fue todo nuestro tiempo y nadie pudo encontrar una cura para el amor. Ha pasado otra noche y ahora sólo eres luz con raíces. Cuántas veces te dije: quiéreme un poco más, una última vez, hasta que mi sangre, tan azul entonces, se haga roja, hasta que me hagas vivir. Strangelove, el doctor de la corte afirmó tantas veces que todo era producto de la nostalgia por no ser rey para, añadir, Lisa lo curará, Lisa hará que su piel, muerta en tantos días venideros, vuelva a ser tersa, la piel de un hombre que no ha trabajado jamás. Ahora, es de día, amanece, estoy entre extraños, junto a ti, pero tú estás demasiado lejos. Quién, Aurora, bajo el fuego, puede saber que las llamas que la muerte deja en nuestros dedos es la señal inequívoca de que hemos vivido y tus dedos son ceniza. Qué hiciste en los días en que yo rechacé mi vida, en que tú me esperabas. Sabías, estoy seguro, que yo vendría a buscarte pero otra vez fue tarde, demasiado tarde para sonreírte, buscar tus dedos para que me hicieran cosquillas. Para decirte: tenías razón, vine a buscarte. Y me gustaría enseñarte una última sonrisa, pero estás aquí a mi lado, y todo es más difícil ahora. El mundo sigue girando, la gente camina, vuelve a sus cafés, a sus trabajos, hay gente que espera en sus casas, pero yo estoy aquí, entre extraños, todo se ha detenido y todo parece tan lejos. Strangelove también dijo, quise creerle, que algún día, si el sol nos encontraba juntos al mediodía, yo volvería a reír en tus pupilas, pero todo parece absurdo ahora. Qué hacer cuando el reloj que nos despierta nos quiere dormidos. El tiempo, decías, el tiempo pasa; no llegues tarde. Y otra vez, otra vez, llegué tarde a mi vida. Raíces y luz es cuanto, esta fría mañana de invierno, me esperan. Y extraños que me encuentran hoy un poco más humano. Pero no hay consuelo en sus palabras; no hay consuelo en el tiempo que pasa. Aunque tus ojos quieran contarme tantas historias.

domingo, 3 de diciembre de 2006

En los ojos de Aurora VII

Fuera hace frío, amenaza lluvia y Aurora necesita un descanso, saber de nuevo que vivir es encontrar en nuestro camino las huellas que han de definirnos. Pasó el tiempo de príncipes de sangre azul y mejillas rojas, de palabras que no llevaron a ningún sitio. Hoy, sencillamente, está cansada; la vida es un poco menos y el deseo de ocultarse en cualquier sitio en un poco más. Hay días en que lo más fácil es dejarse llevar, que los demás decidan. Es sólo un día, poco podría pasar. Fuera hace frío y dentro los corazones parecen apagados. Le gustaría sentir una vez, sólo una vez, los olvidados labios de Antoin, tan lejanos ya en la memoria. Y le duele saber que una piel tan conocida entonces podría ser extraña ahora. Al menos, lleva en su mochila todos los lugares imaginarios donde ellos podrían, cuántas veces lo intentaron, ser felices. Hoy todo son callejones polvorientos, desterrados, gente que ha vivido hasta no saber nada, después de haber olvidado todo lo aprendido. Hay un lugar al que debe ir, un sitio al que llamar hogar, donde recuperar las primeras luces de la mañana, donde pensar que Antoin la buscará con una sonrisa, una última sonrisa para ella. No se agotará la luna entonces ni las nubes serán efímeras. Sólo un hombre y una mujer que aman y son amadas. Nada de sangre azul y coronas sin espinas. Pero queda tanto y estoy tan cansada.
Hace frío y todas las casualidades parecen agotadas; todo el tiempo del mundo que tuvimos en algún momento se desvanece. Hace frío y algunos lugares hoy parecen un poco más lejanos.