lunes, 29 de enero de 2007

Hombres libro IV

Pasaron los días de frío en la patria de Manolito Palomares y las ideas para calentar al pueblo son claras, en palabras de Federico, yo pienso lo que digo, escuchadme, comunistas. La gente, la buena gente tenía que acercarse a las hogueras donde ardían los hombres libro que habían contaminado estas calles de odios y pensamientos nocivos. Pensar es, también la calle, nuestro tesoro. Contemplar la vida, la televisión, los barrios donde se apagan vuestro tiempo es vuestro ocio. Y allí estaba todos, viejos, jóvenes, niños a los que los padres habían guardado un lugar privilegiado, gente, obviamente, de bien y alta alcurnia espiritual, el pueblo, nuestro pueblo. Pan y circo, decían algunos, aunque el espectáculo era otro. Era saber, como decían tantos de los que nunca fueron míos, que pensar, ese dolor agudo en la cabeza que tantos adolescentes habían dejado de tener se había convertido ya en un mal hábito. Nadie parecía saber por qué estaba allí; sencillamente, alguien, una autoridad, les había dicho: estas calles son vuestras, visitadla para observar nuestra obra y podréis sentiros orgullosos. Es cuanto tenéis y cuanto tal vez vayan a tener vuestros hijos, más de lo que soñaron vuestros antepasados. Más de lo que soñaron los que estuvieron en estas calles cuando Tito Paco y Manolito Palomares escribían cartas a Dios, con la mano derecha, naturalmente, para pedir que en los rincones en los que habitaban los suyos nunca crecieran las malas hierbas. Amigos y jovencitos, ¿qué no podrían conseguir si se lo propusieran? Consiguieron, entre otras cosas, una casa una, grande y libre. Y no quieren que nadie se la arrebate, pero el tiempo, nada termina nunca, hará que toda casa caiga. Siempre ha sido así. Yo, ahora contemplo, con pena, como mis libros arden, mientras gritan pensad, por favor, pensad. Pero parece difícil si a la puerta de la plaza les han ofrecido a todos, el espectáculo iba a ser largo, palomitas. Y ahora comprendo que hay formas, innumerables formas de traicionar a la revolución pero quedarse quieto, ahora, en estos momentos, no puede ser una solución. Pensar, otra vez, abrazar las palabras que me han traído hasta aquí parecen, de nuevo, la solución. Dormiré pensando en ello, viviré pensando en mi venganza.