miércoles, 3 de enero de 2007

Tristezas animadas de ayer y hoy II

Para el Pitronki

Vienen. Con los primeros fríos de este enero, se acercan, la brisa nos señala su llegada, una brisa helada que viene del norte, las hermanas de Cactus, que saben de su nostalgia en estas horas. Hay tristezas que se conocen desde lejos, silencios que se oyen a mundos de distancia. Pétalo y Burbuja, hace años que no se ven, quieren hoy saber de su hermana, creer que está bien aunque las dos sepan que hay nubes en sus ojos y amenazan lluvia. Pétalo y Burbuja saben, su hermana se lo ha dicho a ambas que le gustarían que llegaran de la forma más discreta posible. Así que esa brisa que indica su llegada es, para los habitantes de Cutrelandia, una de esas ráfagas de hielo que suele haber en estas fechas. El lugar de encuentro no ha de ser otro que el árbol que da sombra y entrega amor. Y los besos hacen más dulce el reencuentro, aunque, un rato después, la conversación es fluida, tienen la sensación de que se han visto hace cinco minutos. Pétalo y Burbuja sienten la tristeza de su hermana en sus besos tranquilos: no hay una furia de vida en sus abrazos, algo que hiere a amabas, acostumbradas como están a la violencia juvenil de su hermana. Has crecido, le dicen, esperemos que para bien. Alguna de ellas, todas llevan esperando algún tiempo, la misma palabra, dice Utonio, Cactus ha preguntado segundos antes, Utonio está bien, te envía recuerdos y no saben si reír o llorar. El sur de menos sombra ahora. Los domingos, cuando paseamos tranquilamente por las calles de la ciudad que nunca nos vieron crecer, te echa de menos. Cómo estás, pregunta Pétalo, aunque sepan la respuesta. Todo parece hoy tan lejos, las calles en las que estábamos juntas, las palabras de Utonio, el ánimo. A lo mejor echo de menos algo que nunca tuve, cuando aquí tengo un mundo. Sus palabras, sus hermanas la escuchan con atención, se hacen cada vez más pausadas, adquieren la madurez de aquellos que saben que pocas veces podrán obtener lo que desean. Confórmate, se dice, con tu pequeño rincón del mundo, lo sé, pero hoy es tan difícil. Nos gustaría, Burbuja sonríe, que vinieras con nosotros: Townsville aún nos necesita, pero Cactus se niega al instante. Es absurdo, vivir en una ciudad en la que se necesitan héroes, absurdo. Ese es nuestro papel, responde Burbuja, pero Catus tiene claro que es desdichado el pueblo que necesita héroes. Nadie debería ayudarlos, ellos deberían hacerlo, deberían aprender a crecer, saber que no hay poderes para superar un desamor, una pequeña tragedia, un gran naufragio: son nuestras casas, nosotros tenemos las llaves. Nadie debería ayudarnos. Somos nosotros, sólo nosotros. Pero, dice Pétalo, no podemos decir no a quien nos pide ayuda. Deberíamos, si queremos que el mundo crezca, que la vida les pertenezca, si queremos que lleguen a casa y la cama sea sólo de ellos. Habrá un porción de vida en sus ojos y tantas cosas que palpar en sus dedos. Todo será mejor entonces. Tal vez puedas hacerlo aquí, hermanita, pero la ciudad en la que vivimos es otra y allí, por ahora es imposible; Utonio, dice Cactus, ¿os ha dado algo para mí? Sí, creo que sabes que sí, el tiempo pasa, las palabras continúan, el mundo sigue, y Pétalo saca una pequeña carta de su falda que pone en las manos de Cactus. Caminan por las calles de esta ciudad, Cactus les habla de su chico, del dolor que crece cuando las palabras separan a la gente. Lo amo, pero hoy un poco menos. Y Pétalo le habla a Cactus de un chico que conoció hace poco, se llama Antoni, y se enamoré de mí, me dijo, porque mis ojos me hacen parecer japonesa. Han olvidado, Antoni me lee haikus, en tantas ocasiones, la ciudad en la que vivían y Utonio también parece más lejos hoy; las calles son otras pero hemos pasado tantas noches en casa. Burbuja se siente sola, cuando la única habitación en la que vive son las charlas con Utonio, el dolor por la pérdida de aquellas que tanto significan para él y ahora no están. Nos echa de menos, insiste Pétalo, Cactus se siente más débil ahora. Acaba de entender que hay cosas que no pueden ser y, además, son imposibles. Se levanta un rayo del sol, se acercan al cine y con el año nuevo, ha llegado una nueva película, cómo no, en blanco y negro. Jennie es la escogida, y las tres se dicen, casi al unísono, deberíamos ver la película juntas. La magia de poder estar en dos sitios a la vez. Me gustaría, Cactus habla, no crecer, ser, siempre, esa niña asustadiza que Utonio cogía en brazos para tranquilizarme. No podrá ser, replica Pétalo, es mejor así, ahora eres toda una mujer; hablas de gente que ha de ayudarse pero te gustaría que te ayudaran. El mundo es extraño, Cactus, el mundo es extraño, aunque alguien nos quiera; aunque alguien nos lea poemas japoneses y nos haga ser parte de su mundo. Tienes una carta, deberías olvidarla, ir a la casa de quien te escribe con sus dedos y empezar hoy lo que hoy has olvidado. Deja de pensar, Cactus, nunca lo hiciste; nos enseñaste a vivir, tienes que hacerlo ahora, por favor, por nosotras, por ti. Te espera una cama y un cuerpo con caricias. Y una película que compartir en pareja. Nosotros estaremos siempre para ti; Cactus lo sabe y dice: soy fuerte, un poco más fuerte ahora, a pesar de que sus dedos siguen sujetando con fuerza la carta que le han entregado sus hermanas. Te espera, le han dicho, una cama con caricias, ella sabe que sí, pero caminar, caminar un poco más, su casa está cerca, es necesario. El olvidado placer de hablar mientras recorres las calles de tu ciudad, un lugar, Cutrelandia, que Cactus siente como suyo. Y recuerda a Carlos: nuestros sentimientos cambian cada día, y desearía tanto, en este momento, decir que es mentira pero nadie se acerca a ella para dedicarle alguna palabra, alguna señal: no te confundas, el amor es eterno, algunas cosas son para siempre, pero sólo hay pena en sus piernas, y el paseo se hace más largo. Han tomado un café, compartido tantas anécdotas, el tiempo, Cactus, el tiempo pasa y crecer es complicado. Y los dedos de Cactus sujetan con melancolía, tal vez sea la última oportunidad de ser por un tiempo una niña, las letras, tan sencillas como claras, de Utonio. A lo lejos, se hace de noche, el sol se agota, alguien imagina una historia.

1 comentario:

Irene dijo...

Que alguien nos haga formar parte de su mundo...o que su mundo nos haga formar parte de alguien...