miércoles, 14 de febrero de 2007

Catorce de febrero

No quiero, dijo Cactus, que me quieras en días como éstos, cuando el amor está en todas las manos y el cariño sólo es una de tantas mercancías. No me compres nunca, añadió, en días como hoy un frasco de amor con que conquistar mi casa. Quiéreme cuando me levante y no haya nadie cerca, en tardes en las que los bombones de chocolate hayan desaparecido de los centros comerciales; regalarme unas palabras será suficiente entonces. Antoin, dijo Aurora, nunca le prestamos la más mínima atención a estos días pero estar a miles de kilómetros de distancia hace que cada día en que me despierto a tu lado sea una mañana más a la que decir hola, la vida está aquí con nosotros. Antoin, quiero que me beses, quiero que me ames porque no estamos muertos. Y no importa el día. Quiero que me ames porque miles de parejas saborean sus cuerpos en sus camas en estos momentos y son estos los gestos que me demuestran que estoy viva. Viva, a tu lado. En otras calles de Cutrelandia, dice David, habrá chicos que dejen su currículum en las puertas de las chicas que deseen amar, y chicas que pasarán la tarde leyendo las líneas que les han escrito para saber si el contrato que han de firmar sus chicos será en algún momento será indefinido. Quería regalarte algo, Ana, algo que nos hiciera saber a ambos que aquí encontramos una segunda oportunidad, así que aquí tienes, le dice mientras algunas parejas ven en el cine, por enésima vez, Jennie, una película muy bien recibida. Ana abre el regalo con impaciencia y sonríe. Un poco más al norte, en calles donde los libros arden y la realidad de un mundo que parece acabarse se ve en las pantallas más amplias, Ida empieza a pensar que tal vez Abel Martín sea algo más que un viejo profesor para ella y no deja de sentirse perpleja al sentir cómo estos sentmientos hacia Abel empiezan a crecer en una, J. lo ha dicho con precisión, en una porquería de mundo como éste. Enamorarse en unas calles que arden, en una ciudad donde pensar es un crimen y poseer ciertos libros te lleva a la hoguera parece absurdo. J. imagina que una de las causas que nos hace viajar a todos de un lugar a otro es un corazón roto, además de la irremediable ambición, dirá él, de intentar cambiar la pequeña parte del mundo en que hemos crecido. Abel, sencillamente, saluda a J., prepara un café con leche y poca azúcar para Ida y empieza a hablar con J. de todo aquello que no han hablado en los años en que el sur atrapó a J. Ninguno de ellos recuerda, ahora mismo, el día en que están viviendo.

1 comentario:

Sorel dijo...

Odio estos días en que todo el mundo juega a ser Romeo y Julieta, pero no, no a la buena e inolvidable versión para disléxicos...
(Ya sabes, "Romeo and Juliet, the dyslexic version")

Un abrazo