domingo, 11 de febrero de 2007

Hombres libro IX

A veces, pensaba J. nuestra percepción del mundo puede cambiar por completo. Uno cree que este mundo, esta porquería de mundo, decía siempre, no es algo que merezca la pena pero conocemos a alguien que cambia nuestra perspectiva. En el caso de J. había sido Abel Martín, uno de los amigos íntimos de Antonio Machado, maestro para Abel de tantas generaciones posteriores. Abel había sentido, todo fue tristeza en él en aquellos días, la muerte de Antonio Machado en una tierra que no era la suya, cuando su tierra estaba siendo arrasada y durante tanto tiempo no fue más que una larga noche de piedra. Entre estas piedras áridas, J. estaría eternamente agradecido a su profesor Abel que le enseñara a pensar por sí mismo. Ya nunca más fue un número de serie; era, y así se lo hacía saber a su maestro cada vez que podía, alguien que pensaba en sus actos, en aquellos que nos hacen ser como somos. Más allá de ideologías, más allá de actitudes grandilocuentes, sólo nos puede definir como seres humanos, solía repetir J., las pequeñas decisiones que tomamos día a día; son, añadía, las que nos hace ser como somos. Lo demás son tonterías, sombras estúpidas para creer que la bondad del hombre se encuentra en sus grandes decisiones. La poítica es humo, sólo humo. Y ahora J. había vuelto a la ciudad que lo había visto crecer para encontrar a sus amigos, para saber si la larga noche de piedra y las hogueras que asolaban la ciudad desaparecerían alguna vez. En Cutrelandia pidió amor y estabilidad al árbol que da sombra y entrega amor pero por entonces este árbol parecía tristemente influido por la sombra inmensa de las nostalgias de Antoin de los Lobos, así que decidió ir más al sur sólo por encontrar gente con la que compartir palabras. Necesitaba salir de casa para volver sin raíces a las calles en las que había jugado. Un hombre sin raíces, había escuchado en algunas partes, era un hombre sin miedo.
Al otro lado de la ciudad Abel Martín seguía en casa de Ida, una de sus más brillantes alumnas, que, cada noche, observaba a su viejo profesor con preocupación. Le dolía saber que la sinrazón en que se había convertido esta ciudad, estas tierras, sumía a su viejo profesor, amigo ahora, en una melancolía brutal. Saber que la luz se apaga en ciertos lugares siempre es duro. La noche anterior Ida había tenido el valor de decirle: Abel, no creas que lo que no has hecho no vale para nada, has enseñado a muchos a pensar, a dudar de las verdades que nos muestran. Ten paciencia, Abel, ten paciencia. Y era cierto, todavía tenían la estrella para purificar las palabras y sabían que en algún momento, cuando las cosas se calmaran un poco, podrían usarla. Era difícil en estos momentos ya que la casa de Abel Martín había sido arrasada por completo. Cuando J. llegó, fue terrible contemplar semejante espectáculo; la casa de Abel estaba vacía, muchos de sus libros estaban desparramados por el suelo, sino habían sido completamente quemados; quedaban pequeños restos de la correspondencia que había mantenido con sus amigos. Era obvio que los acólitos de Manolito Palomares habían ido a la casa de su profesor para buscar algo, tal vez, si él no recordaba mal, la estrella para purificar las palabras, de la que habían hablado algunas veces, la estrella que Ida le había traído desde las tierras de Italia, encontrada por Marco Polo en uno de sus viajes, una estrella que había acabado en las manos de una de sus más brillantes estudiantes, robada luego por los acólitos de Manolito Palomares, con la que disfrazaron tantas y tantas palabras. El espectáculo era descorazonador: libros quemados, cajones destrozados, el caos de aquellos que no tienen ideas. J. espera, intuye, que no han encontrado a Abel pero sabe que debe darse prisa. Sabe que muchos de sus estudiantes darían su vida por él y piensa en los más brillantes. Hablaron muchas veces de Ida, con total discrección, eso sí, así que imagina que poca gente sabrá, si se ha ocultado allí, dónde se encuentra. Mira una última vez la casa en la que se han quemado muchos libros, han intentado destruirse muchas ideas y sabe que tiene que irse antes de que alguien decida volver a esta casa. El criminal, ya se sabe, suele volver al lugar del crimen. Al salir a la calle, vuelve a ver hogueras de libros que se apagan y gente que vitorea la estupidez humana; hay pantallas grandísimas donde la gente mira la realidad para no ver la realidad. Pero es algo bueno: le permite, por ahora, pasar totalmente desapercibido porque la realidad televisada parece la única que llama la atención en estos momentos. Así es, piensa J., la porquería de mundo en que vivimos.

1 comentario:

¿Estudiante? de ESO (eso, eso) dijo...

Me gusta musho lo k ezcribes. T kagas! Pero kuando sale Dany del Kanto dl loco? Thank you!