martes, 6 de febrero de 2007

Hombres libro VI

Abel, dijo Ida, si alguien descubre alguna vez que nuestras vidas transcurren ahora en la misma casa, se agotará el tiempo en que vivimos. Abel, no quiero perder tu estrella, quiero que el sur sea mi norte, no perder jamás la ilusión de creer que las aceras de esta calle nos servirán para abrazarnos en público. No lo olvides, nunca. Si hemos llegado hasta aquí, todavía queda un poco de esperanza. Algunos hombres libro salen a la calle y hablan con la gente y, aunque hay televisiones que gritan que no hay más realidad que la que aparece en sus pantalllas hay gente que aún habla con otras personas por la calle, hay gente que sale a las calles sólo por escuchar la lluvia; otros salen a la calles sólo por escribir las cosas que pasan en el mundo. Estamos hechos de palabras, dijiste en clase un día, para añadir después, ahora lo pienso también, de las palabras que escuchamos en las plazas, de las conversaciones con las que apagamos el televisor para escuchar fragmentos de vidas que todavía existen. A este lado de las estrellas todavía hay esperanza, tú me lo enseñaste Abel, no te rindas ahora, no lo olvides nunca. Cerca, se escuchaban las sirenas enloquecidas de los acólitos de Manolito Palomares buscando una estrella con que purificar, a su manera, el mundo, buscando un hombre, como tantos otros, que había enseñado a los demás a pensar, terrible delito. Abel, tristemente, ensordecido por las sirenas, apenas podía escuchar las palabras de una de sus más brillantes estudiantes, una gran amiga ahora. Miraba fuera, hacia el mundo en que vivía y pensaba, con nostalgia, con dolor por los amigos que habían caído intentando cambiar esta patria que Manolito Palomares y sus acólitos habían convertido en su cortijo, si todo este odio hacia él convertiría a Ida en una víctima, si no haberse ido a Cutrelandia con su gran amigo Carlos había sido un gran error. Pensaría en ello muchas veces en las noches siguientes mientras decía a Ida, intentando alejarse del terrible mundo que habitaban en estas largos días de piedra: buenas noches, dulce niña.

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