miércoles, 7 de febrero de 2007

Hombres libro VII

Había noches en que no había oscuridad en calle alguna. Si no habían encontrado hombres libro que enviar a las hogueras, los acólitos de Manolito Palomares buscaban en las casas, en todas las casas de la ciudad que visitaran ese día, libros moralmente dañinos para todo aquel que se considere un buen patriota. De todas formas, como eran todos unos caballeros si se llevaban algunos libros, le daban a su dueño libros de la profundidad intelectual de Mis ochos años en la Moncloa; De la noche a la mañana; Esperanza, de noche y de día, textos en los que todo ser humano podría encontrar las teorías más arrebatadoramente inteligentes que ellos pudieran imaginar. En algunas hogueras, cuyas llamas podían ser vistas desde el otro lado de la ciudad, se podían encontrar algunos libros de poemas de Antonio Machado, Ocnos, de Luis Cernuda, un libro que, afirmaban, hablaba con odio de los habitantes del mismo país donde ese maricón, decían, se había criado. Insultar así a tu propia gente merece la hoguera, decían. También algunos libros de Abel Martín, Ida había presenciado esa escena con lágrimas en los ojos, habían sido devorados por el fuego acólito de Manolito Palomares. Incitaban, decían, a caminar por calles que no eran las nuestras. En momentos como estos, el cariño de Ida hacia su cansado profesor crecía´; él le había enseñado tanto. Cuántas veces le había dicho: Ida, sólo puedo enseñarte a pensar, lo demás es cosa tuya. Y, al pensar, un día había descubierto que el conocimiento es una herida abierta; una vez empieza a sangrar es imposible parar. Y había querido escuchar la música que nunca había escuchado en las calles, había leído libros que estaban prohibidos, encontrando palabras que le destrozaban el corazón y la invitaban a la vida tantas veces. Pero ahora era de noche y su profesor siempre, amigo ahora, estaba dormido, tal vez cansado, pensaba Ida, de que su esfuerzo hubiera sido inútil. Le hubiese gustado despertarlo, hablar con él y decirle: yo te debo mucho. Mírame, ahora soy porque lo quise, tú me abriste la puerta, así. Y pensaba en todos los hombres libro que habían perdido cuanto tenían al amparo de una idea en la que sólo ellos creían.

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