viernes, 9 de febrero de 2007

Hombres libro VIII: J.

Con los primeros días de febrero, después de años al sur de todas los lugares, J. volvió a una tierra que no pudo reconocer en los primeros momentos. Habían sido años difíciles, en los que había decidido viajar al sur, a Cutrelandia en un principio para viajar posteriormente a sitios que estaban más al sur, plazas en las que la gente hablaba en las calles con cuarenta grados a la sombra y bochorno en las manos. Había sido uno de los más brillantes alumnos de Abel Martín y sabiendo que los ciudadanos de estas tierras estarían en buenas manos, decidió llevar sus ideas a otras tierras, una visión del mundo en la que todos tenían su parte de la responsabilidad en los asuntos del mundo. Solía decir: si os duele la cabeza, no os preocupéis, significa que estáis pensando. Y sabía, porque su intuición se lo había dicho, que enseñar a pensar a una persona entre treinta podía suponer todo un logro, una conquista inesperada. Su paso por Cutrelandia fue breve, mucho más de lo que le habría gustado: compartió algunas tardes de charla con Carlos en el único bar de la ciudad; vio alguna que otra película, pocas, casi ninguna en realidad, en el único cine de la ciudad. Recordaba haber visto El apartamento, película imprescindible en todo crecimiento emocional, pensaba, a la que algunos de sus estudiantes imaginaba una historia que empezaba allá donde terminaba Billy Wilder. Sabía, como tantos otros, que la labor de alguien que nos enseña el mundo no es más que abrir las puertas adecuadas a la gente que así lo desea. Cosas que pasaron al sur de todos los lugares, donde el exilio le ganaba a veces y la tristeza en otras. Había otros como él y algunas cosas se hacían menos difíciles. Sin embargo, las escasas noticias que le llegaban de la tierra en la que él había crecido, en la que se había hecho el que era hoy le apenaban. Se decía, al sur de todos los sitios, que los acólitos de Manolito Palomares se habían hecho con todas las calles en las que había aprendido, de todos los libros que él había recorrido. Que las conversaciones entre Manolito Palomares y Walt Disney iban a hacer de su tierra un parque temático en el que Mickey Mouse iría vestido de flamenco, y habría postales de sevillanas en relieve en cada valla. El horror de ser los mismos en cualquier parte del mundo. Le dolía escuchar estas cosas y necesitaba saber si cuanto escuchaba era verdad. Tenía, era una necesidad vital, que volver a las calles en las que había nacido para comprobar si todo cuanto él había conocido hace años era otra cosa, era una casa tomada por gente que sólo tenía ojos para libros cuyas páginas invitaban a la monotonía. El viaje fue largo, cansado pero, después de semanas de recorrer muchas tierras, con los primeros días de febrero, después de años al sur de todos los lugares, J. volvió a una tierra que apenas pudo reconocer en los primeros momentos. Necesitaba, y así lo haría, encontrar hablar a Abel Martín, hablar con él, intercambiar dos visiones del mundo que se acercaban la mayoría de las veces. De todas formas, J. tenía claro que sería difícil encontrar a un hombre al que pronto supo que los acólitos de Manolito Palomares llevaban semanas buscando.

2 comentarios:

Ana Rosa Quintana dijo...

¿Puedo plagiarte, digo, homenajear esta historia? Gracias.

Moi dijo...

Plagia, plagia, quiero decir: homenajea, homenajea. Un abrazo.