lunes, 12 de febrero de 2007

Hombres libro X

Ida se había despertado hace poco tiempo, minutos tal vez y tenía la sensación de que Abel Martín, su viejo profesor, llevaba allí, despierto, toda la noche, eterno guardián de sus estudiantes. No podía evitarlo: en clase, parecía tener ojos, oídos para todo aquel que le escuchase; podía estar en tres conversaciones diferentes, pidiendo silencio a algunos, diciendo a otras que hablar a gritos no era intercambiar ideas y diciendo a los terceros que despertarse, a veces, era la mejor de las opciones en clase. Despertad y observad el mundo en que vivís, siempre, si estáis atentos, os sorprenderá. Ida, por entonces, iba ya a pocas clases pero jamás se perdió una de su admirado Abel. Poco a poco, se fueron haciendo amigos ya que a Abel le encantaba la gente curiosa e Ida era de las chicas más curiosas que había conocido; siempre tenía una pregunta en su boca, siempre una reflexión, siempre una certeza. Y aquí estaban ahora, en casa de su estudiante, con una estrella entre las sábanas, y un café en los labios, cansados del mundo en que vivían, de la estupidez que podían contemplar en las calles. J. está en estas calles, dijo Abel Martín. Cómo, respondió Ida. No me preguntes por qué, Ida, pero sé que J. está en estas calles; hay cosas que sabemos porque sí. Y esta es una de ellas. La última vez que se habían visto Abel y J., uno de sus grandes amigos, habían hablado de la importancia de hacer ser honestos en la pequeña parte del mundo en que vivían. J. estaba cansado de estas calles y decidió irse al sur, a un lugar al que mucha gente acaba convirtiendo en su hogar, Cutrelandia, pero siguió más al sur, como le dijo en algunas de sus cartas. Y ahora había regresado, tenía esa certeza, aprendida tal vez en la estrella para purificar las palabras. Ida conocía la intuición de Abel y pocas veces le había fallado así que sabía que J. estaría por aquí; ella también le conocía ya que habían coincidido alguna que otra vez, aunque habían intercambiado pocas palabras pero si hacía sonreír a Abel por primera vez en estos días sería bueno verlo. Ambos, Ida y Abel, esperaban que los acólitos de Manolito Palomares, parecían más tranquilos en estos días, descansaran de tanta hoguera y libro en cenizas. La calma antes de la tempestad se temían. En momentos así toda la tristeza del mundo se apoderaba de Abel Martín, que pensaba si ayudar a los demás a encontrar su propio camino era la opción más inteligente en estos días, la libertad de elegir en un tiempo en que elegir no parecían una opción. A lo lejos, las últimas hogueras de libros parecían apagarse. Cuando llamaron a la puerta, ambos sabían que era J.