viernes, 16 de febrero de 2007

Hombres libro XI

Un abrazo fue suficiente para saber cuánto cariño había entre Abel Martín y J. Un abrazo que significaba el reencuentro de dos amigos después de más de tres años; Ida miraba con curiosidad la escena, la curiosidad de aquellos a los que la vida le sigue asombrando en todas sus formas. Había amistades, era bueno saberlos, que parecían inquebrantables. Frente a J., que tenía uno o dos años más que Ida, Abel Martín parecía cumplir años por momentos a los ojos de Ida, a la que, de todas formas, no parecía importarle demasiado el aspecto de Abel Martín. Era, Antonio Machado se lo había dicho muchas veces, un hombre, en el buen sentido de la palabra, bueno. Y aquí estaban dos grandes amigos, que se llevaban más de diez años, frente a frente, hablando, pronto lo harían, de las cosas que habían sumergido a sus calles en un pequeño infierno, en que tener ideas significaba, desde el primer momento, un viaje a las hogueras, donde las ideas y los libros tenían el más cálido de los recibimientos.
-Hola, J.- Abel Martín fue el primero en romper el silencio.
- Abel, ¿qué ha pasado? ¿qué está pasando? Estas calles parecen otras.
- Han decidido, J., que pensar es un vicio que ayuda a romper la grandeza, la unidad, la libertad de estas tierras. Todo es diferente ahora.
- Abel, antes también existían los acólitos de Manolito Palomares, ¿por qué ahora? ¿por qué pensar es ahora un peligro?
- No lo sé, J., no lo sé. Sencillamente, Manolito Palomares se ha ido radicalizando con su edad. A sus 142 años quiere que las calles sean suyas y cree que la influencia de los hombres libro, de la gente que piensa hace que las calles puedan ser visitadas por todo el mundo cuando, piensa, y lo dice en voz alta, sólo los suyos deberían tener las llaves de ciertas casas. Pero, ¿cómo han sido estos años para mí? Hace más de tres años que no sé de ti.
- He estado viviendo. Aprendiendo a vivir, aprendiendo a ser yo. Pero tenía nostalgia de mis calles, nostalgia de los lugares en los que crecí, nostalgia de amigos que tienen más años que yo. Imaginaba cuando llegué a tu casa, y la vi destrozada por la estupidez humana, que alguno de tus alumnos te ofrecería su hogar. Imaginaba que irías a casa de Ida, una de tus estudiantes más brillantes. Ida, me gustaría darte las gracias.
- Es un auténtico placer tenerlo en mi casa. No te preocupes. Y también me alegra verte. Compartimos algún café hablando de nuestro viejo profesor.
- Tienes razón, dije J., nuestro viejo profesor siempre fue una puerta para mundos que nos encantaron después. Y aquí estamos ahora, escondidos en una casa cuando deberíamos caminar por las calles. Este mundo es aterrador.
- No tanto como otros, J. El problema es que es nuestro mundo.
- ¿Qué podemos hacer? Algo deberíamos hacer, cambiar, no este mundo, no, pero sí la pequeña porción del mundo en que vivimos.
- Tienes razón, J., si todos lo hiciéramos no habría problemas.
- Deberíamos hacerlo, obligarles a ver la verdad, enseñarles a pensar como nosotros.
- ¿Qué nos diferenciaría entonces de ellos, J.? ¿Cuál sería la diferencia?
- Deberíamos enseñarles a pensar, dijo Ida, nada más, enseñarles a pensar.
- Sí, aunque ahora parezca un milagro. Es lo único que podemos hacer.
- No sé, rspondió J., si será suficiente, pero está claro que debemos hacer algo. Pero, ¿qué podemos hacer tres personas contra las huestes enloquecidas de un anciano y sus calles?
- Todavía, dijo Ida con un poco de esperanza, tenemos la estrella para purificar las palabras. Nos resultará de gran ayuda. Algunos de nuestros amigos han perdido cuanto tenían para que la estrella llegara a nuestras manos; algunos siguen exiliados en Marina D´or y su inteligencia ha sufrido daños irreparables. Pero la estrella está en nuestras manos.
- Ahora entiendo, dijo J, qué buscaban en tu casa. Es genial que esté en vuestras manos. Hay una oportunidad, una pequeña oportunidad. Tenemos que luchar por ella. Aunque luego nadie se acuerde de nosotros.
- Veo, J., que los años en el sur te han convertido en el escéptico que eras antes. Si el mundo mejora, siempre es gracias a la gente que nadie recuerda, la gente invisible. Perdidos en las calles, nadie les dará las gracias pero lo hacemos, hablamos tantas veces, porque creemos que es justo.
- Aunque no sepan verlos, aunque luego puedan mirarnos con caras de odio, al comprender que el mundo ha cambiado y ellos con el mundo. Sólo quieren una casa, un lugar seguro en que vivir.
- Crecer es difícil, duele, pero hay que hacerlo. Hay que conocer, aunque no queramos, el lugar en que vivimos.
- Abel, en el sur aprendí que no existen los hechos aislados. Creemos abandonar una ciudad, unas tierras pero sus huellas quedan en nosotros. Y nosotros quedamos en la piel de mucha gente. Aprendí que llevar a la gente en los dedos te enseña que las manos tienen algo que decir, siempre. Pensar, tenías razón, es necesario.
- Tenemos una pequeña oportunidad: la estrella para purificar las palabras, repitió Ida, mientras Abel y J. seguían hablando.
Sería una noche larga, llena de anécdotas, de palabras, de silencios con sentido en los que los tres se sentirían cerca, en los que los tres pensarían, casi al unísono, éste sería un mundo maravilloso si no fuera por algunas personas que lo habitan. Cerca de ellos, ansiosa, la estrella para purificar las palabras, estaban agotados, dormidos, empezaba a tener un brillo tenue al saber que su hora se acercaba.

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