lunes, 19 de febrero de 2007

Hombres libro XII

Para Javi
Nunca entendimos cómo funcionaba la estrella para purificar las palabras; pensábamos que podía comprender las motivaciones de los que se encontraban cerca de ella y a estas motivaciones se aferraba. Tampoco, dijo Ida, sé cuál es el valor de esta estrella. Creo, sencillamente, que será útil para que estas calles sean un poco diferente. Es cuanto deseamos ahora: un pequeño cambio, la sensación de que vale la pena levantare cada mañana en esta cama. Nada más, decir hola a las personas que pasan por la puerta de tu casa sin que un gesto pueda llevarte a la hoguera, caminar con un libro en los brazos sin que puedas perder todas las páginas de tu historia en el paseo, en cualquier rincón. La vida, ya se sabe. Una estrella para purificar las palabras que se hace brillante en las inmensas pantallas de las esquinas de las tierras de Manolito Palomares y los suyos. Nadie sabe qué sucede; todo el mundo, simplemente, después de varios años, escucha y recibe cada palabra como la imagina. Si alguien dice franco, se entiende sinceridad, sí, pero en otras sillas algunos entienden muerte; otras, que perdieron a sus hombres libro en una lucha absurda, se sienten inmensamente tristes al escuchar soledad. Si alguien dice una grande y libre, se oye libertad, sí, pero hay calles en las que los niños dejan de jugar en las calles porque tienen miedo y una sensación repentina de terror se hace por primera vez con las paredes blancas, y puras, de esta parte del mundo, en la que, una vez, hace poco tiempo, la única historia que se escribía era aquella que se narraba con manos derechas, al dictado de voces que sólo sabían embestir. Ahora, por las calles caminan hombres, mujeres, niños, desorientados, con el dolor, J. lo había dicho, a vece duele, de quien tiene se enfrenta a sus ideas por primera vez, la nostalgia de gente que no podrá encontrar las arenas calmadas por las que había caminado toda su vida. Ida sabe, ahora que la estrella se ha apagado, que el cambio puede empezar; Abel Martín espera que no sea uno de esos cambios que se dan para todo vuelva a ser lo mismo; J. se siente cansado -son ya demasiados lugares a los que no pertenece-. Recuerda entonces la sentencia de su amigo Abel: un buen profesor es áquel que se va haciendo progresivamente innecesario. Y sabe qué va a decirle su amigo Abel antes de iniciar la pregunta.
- Y, ¿ahora qué, Abel, ahora qué?
- Ahora, esperamos que sea suficiente, pensar. No tenemos otra cosa. Sólo pensar.
Ida, a su lado, sonríe al comprender que si el mundo merece la pena es en, muchos momentos, por la gente que ahora tiene a su lado; su mano busca, Abel está lejos, la mano de su profesor pero no la encontrará hoy.

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