martes, 13 de febrero de 2007

Incertidumbre

Hay papeles en el suelo y un montón de palabras que no hemos sabido escribir; sobre la mesa, un pastel a medio terminar, una taza de café apenas empezada; un teléfono sin llamadas al que miramos con resignación, un reloj en la muñeca cuyo latido nos confunde, algunos lápices con los que contar un trozo de vida, alguna foto en blanco y negro y algún folio en que nos perdernos. A veces somos tan pequeños. A lo lejos se escucha el silbido de un tren; sería bueno estar en cualquier otra parte.
Después de un sueño intranquilo, se acerca un jueves cualquiera y deseamos que todo siga igual, aunque es otro ya el mundo en que vivimos. Curioso, las mentiras que nos contamos para seguir cuerdos. Las hemos escrito en un papel que hemos arrojado al suelo. Hay que seguir adelante, hay que ser fuertes, imaginar que todo tiene un sentido. La felicidad es la peor de las cárceles. Cada gesto adquiere un significado desconocido.
Entonces nos llegan viejas palabras, el eco de algunas voces que no supimos escuchar, de voces que tal vez no gritaron lo suficiente. Contemplamos el mundo, desde lejos. Mientras nos ahogamos en nosotros mismos, sin entender cómo el mundo puede seguir. La gente sigue tranquilamente con sus vidas sin saber de las nuestras. Gente que actúa como si nada hubiera sucedido. Porque nuestra vida duele a veces. Y sólo nosotros parecemos ser conscientes. Alguien en la calle debería saber que nosotros estamos en casa, deberían llamarnos, a gritos, pronunciar nuestro nombre, y esperar con alegría a que salgamos a la puerta.
Aturde la luz del sol cuando salimos de la casa. Y, pensamos, es el sol el que nos hace tomar las calles equivocadas, el que hace que nos golpeemos con paredes que nunca existieron. Es otra la ciudad, otras sus calles, otros sus rincones. Y nosotros hemos sido expulsados. La soledad del que ha sido expulsado a su dolor. Sería bueno volver a casa, agotados de encontrar en la calle más desconcierto, saber que alguien nos espera para decirnos Buenas, te eché de menos, aquí tienes un vaso de agua. Hogar, dulce hogar. Hay sed en la garganta, dolor en las pupilas y un vaso vacío en el que nadie ha echado agua.
Repetimos los gestos que dan normalidad a nuestra expresión. Buscamos un trozo de nuestra historia en los bolsillos, el indicio de que nuestras manos expresan una rutina. Todo aquello que un día nos hizo ser quienes somos. Somos tan frágiles, nos desgarramos fácilmente. Imaginamos que nuestra vida está en el suelo, inconclusa en algún papel que no deseamos observar.
Y miramos por la ventana. La gente pasea por las calles, se agarran de la mano, mueven sus labios ante nosotros pronunciando su alegría, o caminan en silencio. Mientras miramos por la ventana, la gente camina por las calles. Dirigimos nuestra mirada al suelo, incapaces de entender cómo el mundo puede continuar sin nosotros. Hay papeles en el suelo, fragmentos de una historia que suponemos fue nuestra un día. Y la vida, la vida sigue.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Esa sensación, por desgracia, a todos nos resulta familiar.
Manolo Lay