domingo, 4 de febrero de 2007

Otras formas de conocer el mundo

Grazie mille per la foto, sorellina.

Estás en casa, leyendo un libro. Y, de repente, una ciudad diferente se acerca a tus ojos. Más allá de la Sevilla aparente e hipócrita, esa que dice que la Feria es de todos pero a la que es difícil acceder sin invitación, más allá de la Sevilla de Semana Santa donde la religión y la muchedumbre se apropian de una ciudad que se pierde en algunos ritos, hay otra ciudad, otras calles, otros tiempos que no son las calles del sol y el calor. Hay una Sevilla, en estos primeros días de febrero, en la que la lluvia adquiere importancia y poca gente camina por la ciudad. Desde algunas ventanas podemos ver el río y decidir, entonces, porque la vida nos invita, caminar por su orilla, sin paraguas, sólo por sentir que la lluvia puede despertar nuestro sueño y una Sevilla solitaria, nostálgica, por la que tantas veces caminó Luis Cernuda, sí nos parece una invitación a unas calles estrechas en la que, alguna vez, el mundo nos invita a estar en paz con nostros mismos. Caminamos, además, mientras el hombre invisible nos llega a los oídos, nos invita a vivir, no podía ser de otra manera, con un poquito de satisfacción. Se pierde el río, las calles estrechas, la Giralda a lo lejos y queda un pequeño sentimiento de nostalgia que podríamos llamar, en nuestro caso por lo menos, la verdadera Sevilla.