martes, 20 de febrero de 2007

Relatos hiperbreves en la patria de Manolito Palomares

Algunas cosas han cambiado en estas tierras, como podemos ver en las azoteas que rodean a las bibliotecas. Antes la gente, parece obvio, sólo llevaba en sus manos los libros adecuados, los libros que todo ciudadano responsable debería tener ante sus ojos, libros como Mis ocho años en la Moncloa; De la noche a la mañana, con la camisa puesta; La última botella en que fui pura; La calle y otras libertades,... libros de cabecera en los días en que Manolito Palomares poseía el poder absoluto (la estrella para purificar las palabras nos pertenecía) y la gente lo admiraba como un estadista extraordinario. También hoy, en estos días de oscuridad para nuestro pueblo hay ciudadanos que llevan esos libros, que tienen la decencia de saber que el mundo en que vivíamos volverá. Sin embargo, hay otros que podemos contemplar desde estas azoteas que llevan en sus brazos libros que antes habrían sido considerado heréticos, dignos de unas hogueras cuyas llamas empiezan a apagarse en toda la ciudad. Luis Cernuda, Cortázar, Machado aparecen en las portadas de gente que camina tranquilamente. Pero nosotros somos muchos todavía y recordamos las palabras de Federico: no pasa nada si se pierde esa gente, son mala hierba. Algún loco, dirán. Dispara siempre al corazón; la sangre de los comunistas siempre es roja.

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