viernes, 9 de marzo de 2007

Relatos hiperbreves X

Imaginaba J., hace algunos años, la primera vez que salió de la patria de Manolito de Palomares que las cosas cambiarían. Volvería, se dijo entonces, pronto. Pero el sur, siempre el sur, cayó en sus dedos y se escribieron otras historias. Imaginaba J., en sus primeros meses en Cutrelandia el porqué de la tristeza de Antoin, el Príncipe Amargo, escribiéndole una vida imaginaria que nunca supo si era real; intuía la melancolía repentina de Cactus que, en ocasiones, le llevaba a desaparecer durante días sin causa aparente. Eran tardes perfectas para sentarse en el único bar de estas tierras que algunos llamaban hogar y observar cómo la gente caminaba hacia destinos que esperaba llegaran en algún momento. A J. le habría encantado ser escritor, narrar las historias inacabadas de aquellos que se cruzaban con él en una calle, que tomaban una cerveza a su lado en un bar desnudando sus penas, sus alegrías, contar los finales de vidas de las que sólo conocía apenas los cinco minutos que sus oídos habían escuchado para ellos, crear una noche feliz en la que dos cuerpos se amaban intensamente a pesar de la tristeza inmensa con la que algunas bocas podían hablar en los bares. En el sur, siempre había una historia que contar, una vida que escuchar, unas líneas que podían ser escritas de nuevo si el viento permitía que los papeles siguieran en su sitio. Sin embargo, al sur, muy al sur, un cuerpo, una historia que no pudo cambiar, hizo de J. un apátrida, alguien sin una causa a la que aferrarse. Todo fue extraño entonces y decidió volver al lugar del que había partido sólo para ver cómo las hogueras se encendían hasta extinguirse. Eran tiempos convulsos y aunque J. había perdido su pasión por escribir seguía imaginando cómo serían las cosas si pudiesen ser de otra manera. Algunas noches, eso sí, si la luz no es demasiada, crea algunos cuentos con los que imaginar otras tierras. Cuentos del montón, decía J., pero no me importa porque todo el montón era mío.