viernes, 27 de abril de 2007

Just like in the movies

Eran días cansados de calor gris y suciedad interminable. La ciudad en la que yo había crecido se había convertido, lamentablemente, en un lugar solitario con muchos edificios. Eran tantas las pérdidas que sentía que nada me ataba a las calles en las que había vivido los últimos años. Ahora entendía realmente qué significaba la expresión andar sin rumbo, ahora que llevaba conduciendo más de tres horas hacía ningún sitio en concreto, sólo por el placer de sentir cómo el viento golpeaba con indeferencia mi cara, sólo por la incertidumbre de saber adónde me llevaban mis ruedas. Escuchaba el piano de Art Tatum, como Rose había dicho tantas veces: el jazz es tu casa, no vives en ningún otro sitio. Ahora Rose se había ido y yo había dejado atrás demasiadas cosas. Enumerarlas me parecía imposible. Atravesaba pequeños pueblos del sur hasta que sentí la inmensa necesidad de una copa, una copa y alguna conversación, aunque intuía que sería difícil: la gente de los pueblos había dejado de ser comunicativa hace siglos y la llegada de un extraño sólo despertaba suspicacias. Me detuve al ver el cartel del bar: The Gift, y aunque no tuve la sensación de que era una señal, una de esas señales que Dios suele enviar a la gente que no cree más que en sí misma, el nombre me resultó divertido. Como me imaginaba, había poca gente en el bar: apenas dos camioneros que discutían sobre las posibilidades reales de salir de este pueblo, una pareja de ancianos que observaban con tranquilidad mi aparición, y el alcalde del pueblo, que insistía una y otra vez en que le sirvieran pronto. Tenía muchas cosas que hacer; el pueblo no sobreviviría sin él. Los viejos se reían, diciéndole que el pueblo estaba antes de que él llegara y allí seguiría cuando él no estuviera. El alcalde, dolido en su orgullo, optó por largarse. No sé por qué, pero la sed se hizo más intensa entonces. Necesitaba un café, para despertar al día, para despertar a la vida. Allí estaba yo, en un pueblo perdido de no sé que parte de este mundo, sin saber qué camino tomar, que perspectiva adoptar, total y absolutamente desorientado.
- Hola, ¿qué desea?, preguntó la camarera, y todo se hizo más irreal. Llevaba un vestido a cuadros rosas y blancos, un pequeño delantal y su nombre en una pequeña chapa. Su chapa estaba sucia y era imposible ver su nombre. Siempre he pensado que si no nos gusta nuestro nombre hacemos todo lo posible por ocultarlo, aunque sea de forma inconsciente.
- Hola, ¿qué desea?, repitió la camarera.
- Café, sólo café.
- Perfecto. Ahora mismo se lo pongo. Me había sentado en una mesa con ventana, que me permitía observar el pueblo, y tuve la sensación de que, desde esta ventana, podía observar todo este pueblo. Sólo la sensación.
- El café. Esta vez tampoco la oí. Seguía distraído con las escenas idílicas que sucedían en la calle. Parecía un pueblo olvidado por el tiempo, de esos que aparecían en la serie de los años sesenta donde los crímenes se reducían a no sonreír al vecino de enfrente. El café, repitió ella. Yo le di las gracias mientras ella se sentaba a mi lado.
- Pareces muy distraído, me dijo. ¿Te preocupa algo?
Era una buena pregunta pero hace días que yo no tenía respuestas. Las había perdido una semana antes intentado decirme qué iba a hacer con mi vida. Había renunciado a un trabajo, una mujer había renunciado a mí y yo empezaba a pensar en renunciar a todo. Pocas cosas hay que me importen ahora, pensé y sentí miedo.
- No sé, qué difíciles son algunas cosas, es cuanto pude decirle.
- Supongo, pero hay otras muy fáciles, ¿no te parece? Mira: estos dos ancianos, Marvin y Otis, llegan cada día a las ocho de la mañana, piden lo mismo desde hace más de cinco años, y después se ríen de la vida y del pueblo que ayudaron a construir. El alcalde llega a las nueve y siempre se queja de lo que tardamos en prepararle el desayuno. Normalmente, se enfada y apenas come algo. Y los dos camioneros que están en la barra, siempre en la barra, piensan que se irán de aquí definitivamente algún día. Pero todo sigue igual. ¿Es aburrido? Sí, pero es fácil. Necesitamos esa normalidad. Hace que las cosas sean fáciles.
- Y, ¿si has perdido esa normalidad? ¿Si ya no sabes cómo son tus días al despertarte? Hueles tu almohada pero allí no hay nadie. Hace semanas que tu almohada sólo huele a ti. Y no sabes qué hacer cada mañana. Entonces, ¿qué?
- Supongo que será difícil, pero en pueblos como estos aprendes a ser prácticos. No hay tiempos para pensamientos, para dudas. Buscas otra almohada; seguro que habrá otro olor entonces.
- Sí, pero no el que tú quieres.
- Encanto, no eres tú el que busca el olor, el olor te busca a ti. Tú sólo debes tener bien despierta la nariz. Como los domingos, cuando te tomas el primer café de la mañana y sabes que no cambiarías por nada ese momento. Se te olvida todo lo demás.
- Sí, supongo que sí. Es sólo que es un momento difícil. Época de cambios. Da miedo, ¿no?
- No lo sé, poco ha cambiado en este pueblo desde hace treinta años. Tú eres lo más nuevo que ha pasado en semanas.
- No sé si sentirme halagado. Es extraño, yo una novedad. Hacía tiempo que nadie me decía algo así. Es...
- Es una realidad. En pueblos como esto nunca pasa nada, excepto las estaciones. Primavera, verano. Sólo eso...
- Crecí en un pueblo como éste. Siempre me decía: iré a una ciudad. Y una vez allí me sentí solo demasiadas veces. El ser humano es estúpido.
- Estúpido, no. Sólo humano, lleno de contradicciones. En este bar, este pequeño bar de pueblo he oído de todo. Es un universo diminuto, te lo prometo. Todo el mundo tiene problemas, secretos, soledades, pero sé que los únicos que los han solucionado son los que no se han quedado aquí pensando, quejándose, maldiciendo su suerte. Los que lo han hecho son los que han salido por esa puerta. Y algunos han vuelto, es verdad, y se han dicho: nunca debía salir de este pueblo. Pero hay otros que salieron y no han vuelto jamás. Los recuerdo, recuerdo cada una de sus caras al irse, sus miedos, sus preocupaciones, y me siento orgullosa por ellos. Supieron seguir.
- Tal vez tengas razón.
- Ya lo sé, soy una camarera, sólo una camarera. Pero escucha: el café que te estás bebiendo no es más que una pausa, un respiro y todos necesitamos ese respiro. Pero después hay que seguir. La vida lo exige. Uno no puede vivir siempre en este bar a no ser que haya crecido en él.
Tenía razón. Toda la razón. Había muchos caminos que tomar. Todo era casi como un libro abierto en el que yo podía escribir nuevas líneas que contar a mis nietos, si alguna vez llegara a tenerlos, en el que yo podía volver a ser el protagonista de historias que ya creía olvidadas. Se trataba simplemente de recordar algo que no había hecho en las últimas semanas, dejar que las cosas se acercaran a mí. Ya decidiría cuáles me interesaban. Le di las gracias, un último beso en las mejillas y observé con más atención su chapa. Seguía sin poder ver su nombre. Sus piernas, pálidas como el sol que me esperaba fuera, parecían cansadas. El peso del mundo, pensé y me acerqué al coche. Se despidió de mí desde lejos, feliz al verme salir. Me acerqué al coche, en el que me esperaban Art Tatum y un largo camino, otra vez, hacia mi vida. Una última mirada y allí estaban sus ojos, su delantal a cuadros. Una escena típica. Art Tatum tocaba al piando, delicadeza sueña, Someone watch over me. Me pregunté, no sé si ella también, si alguna vez volveríamos a vernos.

1 comentario:

Un beso dijo...

Me gusta el guion! Cuando son los castings? Cuenta conmigo para hacer la segunda parte, el retorno.