miércoles, 4 de abril de 2007

Relatos hiperbreves XVII

J. supo que las tardes de sol y azahar quedaban lejos ya. Algunas flores habían caído al suelo y la ciudad empezaba a amanecer. El mismo mundo, otra vida y la sensación agridulce de que todo cambio se construye únicamente para volver a las mismas puertas. Al otro lado de la pared, Ida acariciaba a Abel Martín buscando en sus arrugas la imagen de una tranquilidad que se iba haciendo dueña de las sombras de una patria que había dejado, hace poco, de pertenecer a Manolito Palomares y sus acólitos. Todo era un juguete nuevo en las manos de personas que habían olvidado ser niños durante largas noches de piedra.

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