lunes, 14 de mayo de 2007

Just like in the movies II

Nada más alejado de la realidad, le dijeron a la camarera, que había visto en una semana más gente de la que podía ver en un año. ¿La realidad? Todo le parecía extraño. Podía ver en un año, y no exageraba, a unas diez personas como mucho. Increíble, pero cierto y esta semana, de repente, se habían acercado a este bar perdido en medio de la nada personas a las que no conocía. Hacía años que no sabía ni lo que era la realidad, aquellos primeros días en que necesitaba, de alguna forma, reinventarse, y decidió largarse a cualquier sitio, ser una desconocida durante años. No le gustaba su nombre así que también se lo había cambiado. Una reinvención total, le recordarían alguna vez. ¿Y qué? Lo necesitaba y se movía por necesidades, nada más. Y allí estaban ellos, con la foto en la mano, y ella sabía que el chico de la foto era el que había estado aquí hace días, pero no era, como él creía, así se lo decían ellos. Eran cuatro personas: J., que había estado buscándolo durante meses en la patria de Manolito Palomares, Antoin de los Lobos y Aurora, que querían mostrarle el valor de ser rey en un reino que exigía de los suyos un rey cada cierto tiempo. Le había tocado a él, pero no quería escapar de su vida sencilla, de sus tardes de lectura y música. Un rey, ¿por qué? Que cada cual domine su propia vida, solía decir. No quería que nadie le arrebatara esa vida, así que decidió irse de Cutrelandia para acabar en las tierras de Manolito Palomares; allí, cansado de ver la estupidez en la que pueden acabar las ideas totalitarias decidió convertirse en un hombre libro. Allí, después de numerosas torturas, conversaciones banales en Marina D´ors, lecturas a todo volumen de las memorias de Federico, perdió la cordura. Y, le dijeron los que allí estaban, mientras tomaban café: ha olvidado su propia realidad; cree que está enamorado de Rose pero ella no existe. Sólo nosotros y esperamos encontrarlo. La chica que estaba con ellos parecía tranquila, aunque, de cuando en cuando, se le escapaba un suspiro. Parecía a punto de llorar pero no lo hacía, nunca. Demasiado orgullosa para ello, pensaba la camarera. Llevaba un libro en sus manos y decidió presentarse: me llamo Ivana, y yo también quiero encontrarlo. Yo no necesito un rey, o un reino, o pequeñas tierras. Sólo quiero alguien que me lea palabras por las noches y ahora no hay nadie para hacerlo. Para mí todas las estrellas están apagadas. Y allí seguía el libro en sus manos, cansadas de esperar que otras manos se acercaban a ellas. Estaba harta, dijo, de esperar en su casa, era mucho mejor salir a intentar encontrar a alguien que esperaba no haber perdido. Allí estaban, Aurora y Antoin; J. e Ivana, intentando saber dónde estaba el hombre que había desaparecido hace meses sin dejar rastro. Víctor Noguera se llamaba aunque no supiera escribir su propio nombre en su espejo. Debían encontrarlo: le esperaban un reino, la gratitud de haber luchado por algo en lo que muchos creían, un libro, sonrisas y algún silencio de medianoche, aunque ahora fuera un exiliado. La camarera sólo pudo decirles que se había ido hacia el norte. Poco más. Uno de ellos sonrió, la camarera le preguntó por qué, no sé, dijo él, ayudas a la gente a que salgan de aquí, a que encuentren su vida, pero tú llevas años sin salir de aquí. Deberías salir, saber si el mundo merece la pena, comprender que la vida no se reduce a este espacio. La camarera pensó que tal tuviera razón y decidió irse con ellos algún tiempo, saber adónde les llevaría la búsqueda de su amigo, qué lugares conocerían. Un viaje iniciático, tal vez cambiara un poco. Nunca se sabe. Cómo te llamas, le preguntó alguien y, por primera vez, después de mucho tiempo, se encontró en paz consigo misma. Cómo me llamo, se preguntó: Alicia, dijo, y, después de mirar su cara en el espejo, salió con ellos. Los esperaba la duda, la incertidumbre, la búsqueda, la esperanza, acaso la desesperación; en resumen, la vida. Y ninguno de los cinco, ahora, parecía dispuesto a renunciar a ella...
To be continued

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