martes, 15 de mayo de 2007

Just like in the movies III

Eran buenos tiempos. Al sur de todos los lugares Ivana, hace años, podía pasarse horas viendo llover. En el sur cada vez llovía menos así que solía ser un gran espectáculo, que mucha gente solía contemplar con alegría; a ella le encantaba la sensación de frescor que aparecía en sus dedos. Podía dibujar durante un rato siluetas con las gotas de la lluvia. Se acercaba al árbol que daba sombra y entregaba amor y miraba a la gente pasear. Uno de los escasos días en que chispeaba -una lluvia fina, que colmaba tus labios de vida y dejaba en tus manos una sensación de humedad que podía calar el corazón- Víctor, que, ignorando la lluvia, leía con total tranquilidad un libro mientras caminaba, llamó su atención. Se acercó a él y se besaron. No hubo nada más; días después, cuando él le preguntó por qué lo había besado, no sé, dijo Ivana, sólo por el la curiosidad de saber cómo se sienten dos cuerpos unidos por la lluvia. También ayudó, ella lo tenía claro, el hecho de que Víctor estuviera leyendo ya que ellas llevaba siglos esperando a alguien que le leyera palabras cada noche al acostarse, que le hiciera volver a sentirse a una niña, alguien con quien poder subirse a los árboles y no pedir nada a la vida. Ivana, además, nunca le ha preguntado a Víctor qué libro leía el día que se besaron. Sería, suponía, uno de tantos que le leyó a altas horas de la noche. Con Víctor muchas cosas parecían fáciles: estaba trabajando pero no tenía papel alguno que lo demostrara, así que cada tarde, al volver del trabajo, ambos se buscaban. Necesitaban el uno del otro: Ivana buscaba palabras en Víctor y Víctor buscaba la sencillez de una conversación que ambos pudieran mantener. Sabían, estaba claro, que engañarían a la soledad y empezaban a sentirse parte de este mundo, parte de un reino perdido al sur de todos los reinos. Entonces recibieron una noticia que habría alegrado a muchos otros pero que trajo la melancolía a Víctor: le había tocado ser rey. Era obvio que no quería, sólo deseaba estar allí, en su pequeño rincón de esta ciudad, disfrutando de los silencios, y palabras, de Ivana. A ella lo de ser reina tampoco le entusiasmaba ahora que sabía que podía ser todo un mundo para alguien. ¿Una reina o un mundo? La decisión estaba clara. Víctor decidió marcharse creyendo, además, que volvería poco después. Pero acabar en la patria de Manolito Palomares con libros en sus manos fue un gran error. Y no hubo poemas en la cama, ni fragmentos de un libro que le hiciera olvidar la realidad a Ivana. Sólo desgana y desilusión al comprender que muchas palabras, si ella no iba a buscarlas, desaparecerían. Apenas días después de llegar allí detuvieron a Víctor Noguera, lo torturaron y él, lo necesitaba para seguir cuerdo, olvidó quién era. J. decidió buscarlo pero acabó siendo parte de una de las rebeliones que hacen de la patria de Manolito Palomares un caos incierto en estos momentos, donde la gente todavía no sabe demasiado bien qué quiere ser. Después, se reencontró con Aurora y Antoin de los Lobos y llegaron a un bar perdido en medio de la nada y ahora sólo saben que Víctor va hacia el norte y ahora la música es su gran pasión. Eran buenos tiempos, piensa Ivana, aunque en el sur no esté lloviendo ahora.