jueves, 24 de mayo de 2007

Just like in the movies VIII

Era de noche, como siempre, y todo iba a pasar en un bar, como siempre. Estaban los acólitos de Manolito Palomares, ebrios de un ambiente prebélico, expresión de la que les gustaba apropiarse cada vez que uno de sus guías espirituales se emborrachaba, salía a la calle, y soltaba proclamas espirituales al viento. Hay que evitar los hombres libro enseñen palabras que lleven al pensamiento, porque pensar lleva a ser uno y si eres uno no puedes ser parte de un grupo. Somos un haz, somos fuertes, repetían los acólitos al unísono, coro que se hacía monótono en el bar, que llegaba a desorientar a quien allí se encontrara, rumor incesante que ahoga todo cerebro, forma extrema de tortura que consiste en repetir un eslogan hasta que se haga dueño de la situación. Algunos, es de noche y hay bar con jazz, como siempre, ya han caído. También, están, han llegado como siempre, Ivana, J., Aurora, Antoin, y Alicia que, como siempre, había dejado atrás los espejos. Ivana pensaba en una habitación, en palabras que volvieran a conquistar su mundo, el de él y el de ella; Aurora y Antoin, que volvían a ser uno, y habían dejado atrás un reino para crear el suyo, pensaban en el sur, en su casa, y en la sensación placentera de que Víctor e Ivana volvieran con ellos para ser rey y reina si así lo querían o, sencillamente, para reconocer sus raíces. J. pensaba en todo lo que los acólitos de Manolito Palomares le habían arrebatado, pero esa es otra historia que no será contada hoy. Alicia piensa en los espejos rotos, en labios no besados, en cárceles no deseadas. Todo es poético en su cuerpo. Y entran en el bar; allí está, por fin, Ivana sonríe, Víctor. Los acólitos de Manolito Palomares no piensan, sólo repiten una idea constante que aturde a todos los que allí están. J., sin embargo, ha estado varias veces ante ellos y sabe que no hay mejor manera de deshacerse de ellos que los libros que Ivana lleva en sus labios. Ante el intenso run run de los acólitos aparece la voz de J., que lee con calma, saboreando cada palabra fragmentos de El hereje de Miguel Delibes. La prosa pausada de Delibes, poco a poco, se va imponiendo a ese absurdo, impacable sinsentido de un grupo de acólitos que sólo comprenden el olvidado arte de la repetición, pero hasta la repetición se agota. Agotados, deciden irse; saben que han fracasado y el odio a Delibes quedará con ellos mucho tiempo. Ivana sonríe, ahora que se han ido. Todos la observan, se acerca a Víctor y no puede evitar alguna lágrima; Víctor, ahora, no la reconoce. Todos lo saben: están ante un hombre roto.