sábado, 23 de junio de 2007

Just like in the movies XV

Divertido, piensa Alicia, ahora que trabaja en el único bar de este reino que algunos dan en llamar Cutrelandia. El mismo trabajo, se dice, y ríe; alguna vez tengo que ir al cine, uno de esos cines de verdad, no uno de esos horribles multicines en que las películas no son más que productos de mercado. Aquí hay semanas en que se convierten en verdaderos acontecimientos sociales y además, no suele fallar, todas las películas que se proyectan son en blanco y negro. Películas olvidadas por el tiempo que aquí vuelven a cobrar vida. Además, las cosas parecen mejorar: Ivana ha salido algunas veces de casa, se ha tomado algún café con ella, a su salud, y sabe que en algún momento, le ha susurrado Ivana al oído, no quiere hacerse ilusiones que luego le rompan el alma, Víctor volverá con ella. En algún momento. Es extraño, pero todavía, se dice Alicia, no he podido descansar un poco bajo el árbol que da sombra y entrega amor del que tanto hablan. Quiere hacerlo bien, estar bajo su sombra, durante horas si es posible, y sentirse protegida por sus ramas. Quiere hacerlo bien. También ha coincidido con Aurora y Antoin, que se han tomado alguna copa de vino con ellas, aunque no ha dejado de observar algo en las manos de Aurora. No sabe qué, un poco de miedo, tal vez. Ahora conoce toda su historia y es normal, cree, que haya un poco de desesperanza en sus dedos. Han pasado por tantas cosas, pero Antoin parece vivir ahora sólo para ella. No hay nadie más. La única mujer de un reino del que pudieron huir hace años. Un poco de desesperanza. También ha conocido a gente como Carlos, el filósofo del pueblo, con el que ha hablado de las diferencias entre hombres y mujeres, entre pueblos y ciudades. El tiempo vuela, piensa, y recuerda a David. Estas parecen ser las calles de todos aquellos que buscan una segunda oportunidad. Lo mejor de todo, ahora se da cuenta, es que conversar, aquí, supone, mirar a los ojos, que te miren, saber que hay unas manos que demuestran preocupaciones, alegría, dolor; hay en las miradas una dulzura invevitable que ella había olvidado. Aquí no hay móviles, las comunicaciones parecen ancladas en otro tiempo y, a pesar de los incovenientes de no poseer Internet, móviles y otras cosas, todo parece más sencillo. Más humano. Y todo el mundo tiene, con sus labios, con sus manos, con sus gestos, historias que contar. Hay tantas historias detrás. También ella tiene una historia, un bar en medio de la nada, y unos pecados de los que alguna vez le gustaría hablar pero hoy parece difícil. Está cansada y necesita, las llaves del bar ya son suyas, ir a casa, dormir un poco y pensar en todos aquellos que todavía no ha conocido pero espera encontrar en estas escasas calles de las que ya empieza, para bien, a formar parte. Sin embargo, hoy, ahora, le gustaría que alguien la tomara de su mano, la llevara a su casa y durmiera junto a ella sólo por no dormir sola una noche más. Una noche menos.